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Rameswaram

Una vez que Hanuman, el dios mono, llegó con la noticia de que Sita estaba cautiva en la isla de Lanka, en manos del rey Ravana, los ejércitos se alistaron para la batalla final, con Rama al mando, en lo que hoy se conoce como Rameswaram.

 

Puente

 

La distancia que hay desde Rameswaram a la isla de Sri Lanka es de aproximadamente cuarenta kilómetros.

Según el poema épico Ramayana, para cruzar el Golfo de Mannar, los vanaras, hombres-monos, construyeron un puente con piedras que permitió al príncipe Rama y su ejército llegar hasta el reino de Ravana, donde después de una larga batalla Rama lo mató, y la rectitud prevaleció.

 

Dicho puente aún existe y se conoce actualmente como Adam’s bridge (el puente de Adán). El puente, al parecer, está formado por bancos de arena y si bien la mayoría del tiempo está bajo el agua, la profundidad que tiene es muy poca. De hecho, el puente se puede ver desde el aire uniendo las dos costas.

Hay análisis geológicos y de todo tipo, que explican este puente natural como el resto de una antigua unión territorial entre la isla y el continente, lo cual es muy probable.

De todos modos, yo estoy convencido de que el puente lo hizo Hanuman y su ejercito, por supuesto.

 

 

Adam's Bridge visto desde el aire

Adam's Bridge visto desde el aire

 

 

Isla

 

Paradójicamente, Rameswaram también es una isla en sí misma.

Yo, como tantos otros, creía que era una península, pero estaba equivocado o mal informado. Se trata de una islita de sesenta kilómetros cuadrados que está separada del continente por unos dos kilómetros.

No sé si en la época de Rama está isla estaba unida al continente o si todo el ejército cruzó nadando o en barco, pero aquí no hizo falta construir un puente de piedras.

 

Lo que sí hizo falta construir fue un puente ferroviario, aunque esto fue hecho por los ingleses hace cien años. Luego, hace treinta años, se construyó el puente de carretera de manera que los autobuses y automóviles también estén comunicados. Ambas versiones se llaman Pamban bridge.

 

La llegada a Rameswaram es muy linda, al menos en tren. Por un lado, se ve el puente carretero, que está más elevado y cuyas columnas de cemento se hunden en el mar. Por otro lado, el tren va muy cerca del agua y como en todo tren indio, uno puede asomarse por las puertas abiertas y observar todo el entorno con mucha cercanía.

Además, a la entrada de la isla hay algunos barquitos y ya se vislumbra la arena. Pero no hay que engañarse, estamos en la India y es difícil ver idílicos paisajes de playas tropicales, sin al mismo tiempo, ver todo perturbado por una montaña de basura o por las chabolas que también nos dan la bienvenida a la isla.

 

 

Pamban Bridge visto desde el tren

Pamban Bridge visto desde el tren

 

 

Peregrinaje

 

A esto se suma el hecho de que Rameswaram no es un sitio turístico, sino un sitio de peregrinaje religioso. De peregrinaje religioso hindú, agrego.

 

Como ya he dicho, Rama venció y mató a Ravana. Ravana, además de ser un demonio y un rey, era un brahmín (perteneciente a la casta de los sacerdotes) y un gran devoto del señor Shiva, merced a lo cual había adquirido sus poderes, que luego mal usó como hemos visto.

Según las antiguas escrituras védicas del Hinduismo, matar un bhramín es uno de los peores pecados que se pueden cometer, pues se trata de la casta más elevada, justamente porque está dedicada a la vida espiritual.

 

Aquí, más de uno argüirá, no sin razón, que no importa si era un brahmín o el presidente de la nación, pero que su muerte era justificada debido a que había raptado a Sita, y además había ofendido y desafiado a los dioses.

Una vez más, para demostrar su total adherencia al dharma, es decir, a las leyes universales que regulan la forma correcta de actuar, Rama decidió expiar su falta por haber matado a Ravana, lo cual no quiere decir que no haya sido un acto justificado.

Es decir, el deber de Rama como guerrero, esposo y defensor del bien era matar a Ravana; a la vez, que su deber como devoto, respetuoso de la tradición y las escrituras, era el de hacer un acto de expiación.

 

Ramanathaswamy

 

Se trataba, en realidad, de un acto de expiación piadoso, nada grave.  Debido a que Ravana era un gran devoto del Señor Shiva, Rama se dispuso a hacer una puja (ritual) a un Shivalingam, el símbolo oval del Absoluto, relacionado con el dios Shiva (detallado justamente en el post “Shivalingam”).

Ante la ausencia de un verdadero lingam, Sita construyó uno de arena, que Rama adoró como símbolo de respeto y devoción a Shiva.

 

Se dice que el sitio donde Rama realizó esta puja, es donde está construido el templo de Ramanathaswamy, principal atracción del pueblo de Rameswaram.

Como sabemos, en la India hay infinidad de sitios sagrados. Sin embargo, el templo de Ramanathaswamy, está entre los templos más importantes del país. Rameswaram es una de las cuatro moradas sagradas del Hinduismo, de hecho.

 

A este respecto, en la tradición hinduista hay una gran separación que se cataliza en dos vertientes religiosas: Shaivitas (o Shivaitas) y Vaishnavas.

Los primeros son quienes consideran a Shiva como Ser Supremo y se identifican con su imagen, que está más relacionada con la vida ascética y desapegada.

Los Vaishnavas, en cambio, consideran a Vishnu como el Señor de Todo y sus encarnaciones (Rama y Krishna principalmente) son las imágenes más reverenciadas. Esta corriente está más relacionada a conceptos como el amor universal, ya que Vishnu es considerado originariamente como el preservador del Universo, al contrario de Shiva, que es el destructor.

 

Evidentemente, está distinción es una cuestión de gustos. Como en cualquier religión, los seguidores pueden tener más atracción o afección hacia un dios o un santo particular. De todos modos, en la India, esta diferenciación es importante e incluso puede ser motivo de polémica y luchas.

El Hinduismo puede ser una religión poco dogmática en algunos sentidos, pero siempre habrá seres humanos que son capaces de argumentar que Vishnu es mejor que Shiva, o por el contrario, que Shiva es un mero súbdito de Narayana. 

Aquí es donde se olvida que ponerle un nombre y una forma a la Divinidad tiene solamente un fin práctico, y no es una competencia para ver quien es el más poderoso.

 

Dicho esto, vuelvo al templo de Ramanathaswamy, que ostenta una condición especial:

El hecho de que el templo haya sido creado merced a un acto de Rama (parte del Vaishnavismo) pero en adoración a un Shivalingam (parte del Shaivismo), convierte a Ramanathaswamy en un lugar obligado de peregrinaje para las dos vertientes. Demostrando, así, que aunque los caminos sean diferentes, llegan siempre al mismo lugar.

 

 

Una de las entradas al templo de Ramanathaswamy

Una de las entradas al templo de Ramanathaswamy

 

 

Arquitectura

 

El templo, como la mayoría de los templos de la India, es muy grande y muy diferente a lo que uno está acostumbrado, que quizás sería, una iglesia o una catedral católica.

Por un lado, la estructura no es tan lineal; cuando uno entra, apenas ve un décimo de la totalidad del templo. Solamente después de recorrer, dar vueltas, pasar por el mismo sitio tres veces, uno comienza a ubicarse. Este templo, sobre todo, tiene algo de laberíntico.

 

Otro de los detalles destacables del templo son los thirtams (aguas sagradas) que posee.

Se trata de veintidós thirtams diferentes, que pueden ser en forma de aljibe, pozo o piscina. El peregrinaje tradicional consiste en bañarse con las veintidós aguas, que se dice son todas distintas. De esta forma, los peregrinos van acompañados de un “aguatero” que porta un balde (o cubo), ya que en muchos casos, el pozo con agua es tan estrecho que hace falta, justamente, sacar el agua con el balde, para luego verterlo sobre la cabeza de los devotos.

 

Por ende, la mayoría de los suelos del templo están mojados y el hecho de ir descalzo, obviamente, hace que al principio uno tarde en habituarse.

 

Una más de las características de Ramanathaswamy son sus corredores. La zona que sería de adoración está rodeada de corredores con columnas. Hay corredores interiores y exteriores todo alrededor del recinto.

Según parece, estos corredores son los más largos del mundo y uno puede tener una perspectiva ininterrumpida de hasta doscientos metros a través de ellos. Parece una tontería, pero un largo corredor puede ser muy lindo.

 

De todos modos, lo más importante está dentro del templo.

 

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Ofrendas

 

Esta visita a Rameswaram fue hecha hace poco tiempo, en febrero 2009. Y por primera vez iba a la India en pareja, o sea, con Nuria, mi novia.

A ella le gusta particularmente la historia de Sita y Ram porque es una historia de amor, y a mí porque es la historia de un guerrero que defiende el dharma, porque hay un demonio de diez cabezas y porque hay hombres-mono…

 

Por fortuna, los viajes a la India ya me han enseñado algunas cosas correctas que se han de hacer al visitar un templo. Un paso esencial es comprar una ofrenda en la entrada, para tener algo que ofrecer a la deidad. No está bien llegar con las manos vacías ante la Divinidad.

Incluso si uno no cree en esa deidad, yo diría que puede estar bien hacerlo como forma de respeto.

 

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La cuestión es que llegamos hasta un altar de Shiva y, después de la cola de rutina, hicimos nuestra ofrenda, que consistió en dar nuestras guirnaldas de flores a los sacerdotes que ofician el ritual, para que ellos las lleven hasta el altar (hay una especie de valla que separa el altar de los devotos) y nos las devuelvan bendecidas.

Uno si quiere le deja una moneda de donativo a los sacerdotes, pero de todos modos, ellos nos pusieron una gran marca de kum-kum (polvo rojo ritual) en las frentes y nos colocaron las guirnaldas al cuello.

 

La verdad es que estábamos un poco ridículos, parecíamos dos hawaianos en carnaval, y a pesar de mi supuesta experiencia en templos indios me sentí un turista total por unos minutos, al menos hasta que me quité la guirnalda y reduje la marca de la frente a menos de la mitad.

Ya está bien con tener cara y ropas de occidental, no hace falta destacar todavía más. Además, la verdadera devoción se supone que va por dentro.

 

Paréntesis

 

Esto de dejar para la próxima semana parte de la hisoria me está gustando (aparte de ser una necesidad por falta de tiempo), así que lo que queda de la estancia en Rameswaram, junto a mi Sita personal, lo reservo para entonces, con vuestro permiso.

Hace unas pocas semanas (en el post “Hanuman, el dios mono”) hice breve referencia a la famosa y hermosa historia de Sita y Rama, una de la épicas centrales del Hinduismo.

 

Hoy, como introducción a otra parte del recorrido personal, tanto en palabras como en tren, quisiera ahondar un poco más en el tema.

 

Ramayana

 

Toda la historia de Rama y Sita está contada en el poema épico llamado Ramayana, que fue escrito por el poeta Valmiki hace aproximadamente seis mil años. El original fue escrito en sánscrito, aunque yo lo leí en castellano, por supuesto. No sé cuán editada pueda estar dicha versión, pero sigue siendo muy larga y llena de detalles.

En cierto punto, me recuerda a los poemas épicos griegos, que son los más conocidos para el mundo occidental. Cualquiera que haya leído “La Odisea” o “La Ilíada”, habrá notado que hay una minuciosa descripción de los árboles genealógicos de cada protagonista de la obra y que cada nuevo evento merece un circunloquio de varias páginas.

Depende a quien, esta longitud literaria y descriptiva puede llegar a cansar y aburrir, llevando a dejar la lectura a medias.

 

Repito, el Ramayana tiene sus momentos difíciles, para los que, como yo, queremos avanzar en la trama de manera constante. Sin embargo, también tiene un ingrediente del que carecen, o al menos no abunda, en las obras griegas, por ejemplo.

Me refiero a la devoción. El Ramayana, además de ser una gran historia de aventuras, amor, intrigas, luchas, héroes y dioses, está impregnada de devoción. Su escritor, Valmiki, era un sabio y no sólo un poeta.

Siempre recuerdo que en varios pasajes del poema, se dice algo como “el nombre de Rama es tan poderoso, que su sola pronunciación llena de bendiciones…incluso aunque sea dicho entre bostezos”. Este estímulo era muy importante para mí, por que me hacía seguir adelante con la lectura.

 

Por supuesto, no todo son bostezos; hay momentos del Ramayana que son muy atrapantes. Pero teniendo en cuenta que se trata de una historia que puede ser resumida en algunas líneas (como haré más abajo), la cantidad de hojas dedicadas a ella me parecería excesiva, sino fuera por, una vez más, el carácter devocional que se desprende de la obra en su totalidad. Convirtiendo su lectura en una especie de práctica espiritual.

 

Valmiki_Ramayana

 

Exilio

 

Rama (también conocido como Ram) es un profeta del Hinduismo, que vivió aproximadamente cuatro mil años antes de Jesucristo. Es considerado como el séptimo avatar (encarnación) del dios Vishnu (el aspecto Preservador de la trinidad principal del Hinduismo) en la tierra.

Rama nació en la ciudad de Ayodhya, al norte de la India, una ciudad que todavía existe y que, por supuesto, es considerada sagrada. Rama fue el primogénito del rey Dasharatha y la reina Kausalya, y por ende era príncipe heredero del reino.

 

Por su parte, Sita (o Sitha) es la fiel esposa de Rama, que es considerada una encarnación de la diosa Lakshmi (consorte de Vishnu). Sita era hija del rey Janaka, que reinaba sobre lo que en nuestros días es Nepal.

 

Cuando el rey Dasharatha comunica su intención de coronar a Rama como nuevo rey, todo el pueblo está muy feliz, excepto por la reina Kaikeyi (otra de las esposas de Dasharatha) que, fomentada por una malvada sirvienta, teme insensatamente por la suerte del siguiente hijo menor del rey, Bharata (también hermano de Rama).

 

En el pasado, Kaikeyi había salvado la vida del rey Dasharatha, y éste le había prometido dos deseos. Ahora, ella decide pedirlos: Enviar a Rama al exilio en la jungla durante catorce años y coronar al hijo menor, Bharata, como rey.

Nadie está de acuerdo con esto, ni siquiera Bharata. Pero, arguyendo que un hombre jamás debe romper sus promesas, Rama insta a su padre a cumplir los pedidos.

Rama, entonces, decide emprender su marcha al exilio. Sita, a su vez, se une a su esposo a pesar de la negativa de él, argumentando que el deber de una esposa es estar junto a su esposo siempre.

A ellos se suma Lakshmana, el hermano menor de Rama,  que es como su mano derecha, lleno de fe y fidelidad.

 

Rama exilio

 

Dificultades

 

Al día siguiente de partir Rama, Dasharatha no puede soportar la pérdida de su hijo amado y muere. A pesar de la tristeza y el ruego de todo el reino, Rama insiste en cumplir las palabras de su padre y ordena a Bharata gobernar en su ausencia, en lugar de dejarlo unírsele en el exilio, como deseaba el hermano menor.

 

Durante su permanencia en el exilio, Sita y Ram deben enfrentar diversos obstáculos y problemas, pero ninguno tan duro como el rapto de Sita por parte del demonio de diez cabezas Ravana, rey de Lanka, núcleo central de esta historia.

Rama no sabe quién ha raptado a su esposa, ni sabe donde se encuentra. Durante todo un año, él la busca infructuosamente, mientras ella resiste en cautiverio, sin noticias del mundo exterior, para conservar su castidad y honor.

 

Es sólo con la ayuda de Hanuman, el dios mono, que finalmente llegan a conocer el paradero de Sita (en la isla de Lanka), y luego de una ardua batalla, que es metáfora de la lucha del bien contra el mal, de la rectitud contra la incorrección, Rama recupera a Sita.

Una vez cumplido los catorce años de exilio, regresan a Ayodhya donde Rama es coronado rey y comienza un reinado de prosperidad y felicidad para su pueblo.

 

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Dharma

 

Hay varios aspectos que se desprenden de esta historia, con carácter de enseñanzas, digamos.

Por un lado, Rama es considerado la encarnación del hombre ideal. Su vida y su viaje en búsqueda de Sita, representan su  impecable adherencia al dharma a pesar de todos los obstáculos.

 

Dharma es un término sánscrito que se refiere al deber o a la ley universal, que regula todo lo que es correcto y virtuoso. Para el Hinduismo es fundamental la idea de dharma.

Por ejemplo, obedecer las premisas paternas es parte del dharma de todo hijo. Y es por eso que Rama decide irse al bosque aunque le rueguen lo contrario.

El Bhagavad Gita (a veces considerado como “La Biblia” del Hinduismo) ya lo dice: “Es mejor cumplir el propio deber de manera incorrecta, que hacer el deber ajeno a la perfección”.

 

Por otro lado, el ejemplo sentado por Sita es, para el Hinduismo, el resumen perfecto de las virtudes de la mujer: amor y devoción a su esposo; castidad, fe y honor frente a todas las dificultades.

 

Final feliz

 

De la misma forma, Sita y Ram son así vistos como el ideal de una pareja. A fin de cuentas, es una historia de amor, pero de amor espiritual.

De todos modos, la historia es buenísima y tiene, como han visto, todos los ingredientes necesarios (incluso si muchos los he omitido) para ser un éxito también en nuestros días.

En esencia, la trama no es tan distinta que la de un culebrón latinoamericano; sin embargo, la diferencia no radica tanto en la presencia de hombres mono, demonios que vuelan o dioses encarnados en la tierra, sino que la diferencia está en el mensaje de la historia.

 

Cada situación, cada evento, es regido por las leyes espirituales eternas de la India. Cada hecho tiene su justificación en dichas enseñanzas, y no es dictaminado por los caprichosos designios de algunos volubles dioses.

Incluso el demonio Ravana, el malo de la película, es un gran devoto del Señor Shiva y sus poderes se deben a largos años de austeridad y penitencia. Luego, el mal uso de esos dones resulta en la derrota ante Rama, por ejemplo.

 

A lo largo de la historia, a través de los diálogos y parábolas, los protagonistas o el poeta, explican las verdades espirituales de la India y entonces, el lector o espectador, se va involucrando no sólo emocionalmente con la trama, sino también espiritualmente.

Y entonces el final de la historia no es sólo “comer perdices”, sino que es un ejemplo de cómo hay que vivir desde el punto de vista espiritual.

 

Siguiendo ese rastro, detrás del ejemplo de Rama, es que llegué a un nuevo punto de viaje, el mismo lugar donde la batalla final del Ramayana tuvo su inicio.

 

Lo veremos, después de la publicidad…

Hoy voy a contar una historia corta. Una historia simple. Una historia que sigue la línea trazada en el post de “los dentistas indios”, y que remite a como ciertas profesiones y oficios son llevados en la India. O mejor dicho, a como yo personalmente experimento dichos oficios cuando estoy en la India, que a fin de cuentas la historia que cuento es siempre sesgada, para bien y para mal.

 

En el tiempo

 

Hay bastantes cosas que uno ve cuando está en la India que se pueden calificar de “exóticas”, otras como “fascinantes”, muchas como “espirituales”, bastantes como “sórdidas”, y así sigue la lista de epítetos; pero hay una cierta cantidad de fenómenos que yo calificaría como “quedados en el tiempo”. Se trata de los fenómenos que en mi imaginario (y en el de Occidente, creo) pertenecen a épocas pasadas.

Esto pasa con la moda, por ejemplo. O sea, con la moda occidental que se va insertando en la cultura india. Entonces, se pueden ver actualmente a muchachos indios llevando sus pantalones nevados con pata ancha (o pata de elefante) como si fueran los años 80’. Bueno, como la moda se recicla cada veinte años, hay veces en que los indios están a la moda, aunque siempre atrasados, técnicamente hablando.

 

Otro ejemplo de elementos “quedados en el tiempo” son los argumentos de las películas indias. Para empezar, el musical es un género más propio del pasado (aunque actualmente esa sea la principal gracia de una buena película de Bollywood, y eso hay que valorarlo). Lo más notorio son los argumentos inocentes y básicos que recorren las películas, totalmente previsibles, que en muchos casos son una copia burda de lo peor del clásico cine de Hollywood.

 

Pero mi conocimiento de cine en general no es grande, así que paso a otro ejemplo: los bigotes.

El 87 % de la población masculina de la India lleva bigotes[1]. El bigote es evidentemente un símbolo de virilidad, de madurez, y además, es considerado un elemento estético.

En conclusión, en la India el hombre que no tiene bigote, “no existe”.

Los jóvenes, apenas logran despuntar sus primeras pelusas sobre el labio superior, las lucen con todo orgullo; todo lo contrario a Occidente, donde los compañeros de escuela te aconsejan empezar a afeitarte ni bien sale a la luz unos de esos “bigotes de pubertad”.

 

Lo que quería decir, entonces, es que para encontrar pruebas del bigote como absoluto signo de hombría en Occidente, debemos empezar a buscar a partir de treinta años atrás, al menos. En la India, los hombres todavía llevan un peine en el bolsillo de atrás, se peinan con gomina y tienen un bigote bien cuidado. Para mí, estos detalles pertenecen a viejas fotografías del álbum familiar y a películas de época. En el más cercano de los casos, tengo un recuerdo de niñez, de ver a mi abuelo con estas características. Pero en este último caso, esos detalles pertenecían a alguien mayor, y no como en la India, que son patrimonio de todas las edades.

bigote

Barberos

 

De los bigotes no me cuesta nada trasladarme a la historia particular que quiero contar hoy: mi historia con los barberos de la India.

 

Desde chico he ido al peluquero a cortarme el cabello, pero jamás había ido al barbero antes de estar en la India. De hecho, con esfuerzo retengo en la mente algún viejo local donde además del cabello se cortara también la barba (por ejemplo, en la calle Fructuoso Rivera, casi esquina Vélez Sarsfield en Córdoba, si es que todavía existe)

La imagen de la barbería es para mí, también, una imagen de película antigua. Una imagen en blanco y negro. Un lugar donde van los abuelos o los mafiosos o los hombres pudientes (como ven, sobre este punto tengo una mezcla variada en mi cabeza) a llenarse de espuma la cara.

 

Pues bien, esta imagen se actualiza en la India y cobra nuevos tintes. La primera imagen que trae toda aquella visión del pasado, sin escalas hacia el presente, es detonada por un barbero callejero en la ciudad de Calcuta. Una silla, un espejo colgado de la pared y unos pocos utensilios cosméticos son suficientes para crear una “barbería al paso”.

Más que “sacado del tiempo”, este fenómeno podría entrar en categoría “exótico”. Junto a edificios victorianos, vestigio de la colonia británica, un indio afeita a otros en plena acera. Es difícil decidir con certeza la categoría justa, ¿verdad?

En aquel momento no me preocupé de las categorías, simplemente lo apunté en mi diario, sin saber que el tiempo me llevaría, en cierta forma, hacia el pasado.

 

Carne propia

 

La primera vez que fui al barbero fue más profesional que un puesto callejero.

Un amigo que estaba conmigo en el Sri Premananda Ashram me pidió que lo acompañara a la ciudad de Trichy, pues se tenía que rasurar la cabeza. De paso, me dijo, te podrás hacer afeitar.

Hay que aclarar que estando en la India, generalmente dejo crecer mi barba mucho más de lo habitual. Por ende, cuando decido afeitarme, el trabajo siempre es más arduo que lo normal. En ese sentido, la idea de ir al barbero era práctica.

 

De todos modos, mi primera respuesta fue más bien negativa, pues al pensar en un barbero indio, mi occidental mente me traía la imagen de un Sweeney Todd de raza tamil.

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Nada de eso. La rasurada de mi amigo fue exitosa, siempre con una navaja, nada de máquinas eléctricas.

Entonces yo decidí probar mi parte. No fue grave, todo salió bien. Sin embargo, no me sentí cómodo, acostumbrado a afeitarme yo mismo, pero sobre todo, supongo, por el hecho de tener a un extraño pasándome una navaja por la cara.

En aquella primera ocasión, el barbero era un chico joven, y no un hombre curtido como hubiera sido acorde con mi ideario.

Digamos que estaba satisfecho por el resultado, pero no me había gustado demasiado pasar por el trance correspondiente.

 

A pesar de ello, para próximos viajes decidí no llevar más a la India mi kit de afeitar y ponerme en manos de los barberos, cueste lo que cueste.

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Masaje

 

En otra ocasión, después mi viaje a los Himalayas, de regreso en la ciudad de Rishikesh, fui otra vez a afeitarme a una barbería india. Esta vez el puesto era algo más rústico que el de mi primera experiencia, pero yo bajaba de las montañas, me sentía más rústico también.

En este caso el barbero era un hombre curtido, como yo imaginaba.

 

El trabajo del barbero fue muy bueno, desde mi punto de vista. No me cortó, ni me dolió. No me sentí excesivamente incómodo y hasta me hice fotos. El error, que sirve para el futuro, estuvo al final.

De hecho, en la primera ocasión también se habló del tema, pero no sé muy bien cómo quedó en el olvido.

La cuestión es que una vez afeitado, el barbero (todos los barberos) pregunta si uno quiere el “masaje facial”. Al parecer, los locales no se hacen un “masaje facial” de forma habitual, sino que es una oferta más bien para los visitantes, que ingenuamente podemos llegar a decir que sí.

Yo, pensando que se refería a poner algo así como una loción de después de afeitar, dije que sí. Entonces, el barbero me puso en la cara una serie infinita de cremas y lociones, a la vez que me masajeaba el rostro. Quitaba una crema, me secaba, y ponía otra, y de nuevo con el masaje.

Fue un masaje extremadamente largo y muy cansador, sobre todo porque yo tenía el rostro sensible después de haber sido afeitado a navaja.

 

Cuando todo finalmente terminó y llegó la hora de pagar, el barbero me dijo que le diera “lo que me pareciera que se merecía”. En lugar de cobrarme poco, me hizo un masaje tremendo y ahora, claro, esperaba una recompensa. Bueno, lección aprendida para la próxima vez.

01 - Barbero

02 - Barbero

03 - Barbero

04 - Barbero

Conclusión

 

La última vez que me afeité en la India lo hice en Fathimanagar, el caserío cercano al Ashram. Allí sí que la barbería es bastante rudimentaria, aunque aún no es callejera, pues se trata de una pequeña habitación con techo.

El padre y su hijo, de unos dieciséis años y que aprende el oficio, son los barberos del lugar. El padre se encarga de los clientes más importantes. A mí, por supuesto, me atendió el hijo.

A esta altura, ya medianamente acostumbrado a las barberías, todo me resultó más fácil. Al fin del trabajo, el padre se acercó para dar los últimos retoques.

 

Como conclusión, debo decir que siempre prefiero afeitarme yo mismo, no sólo por comodidad o tranquilidad, sino porque ya me conozco la cara y sus trucos, y nadie puede afeitarme mejor que yo.

 

Pero quitando esos detalles, los barberos de la India me han demostrado que hacen su trabajo muy bien, sobre todo cuando uno se habitúa a un método que yo creía perdido en el tiempo.


[1] Esta dudosa estadística no tiene fuente fiable. Incluso podría haber subido al 90%.

Un amigo me reclamó que las últimas ediciones de estas crónicas han perdido el carácter personal original para pasar a centrarse en temas más bien genéricos de la India. Es decir, que no hay tantas anécdotas personales propias sino más bien un relato explicativo de costumbres y tradiciones del subcontinente indio.

 

No estoy 100% de acuerdo con esta declaración, pero puedo ver a que se refiere mi amigo, y entonces pensé en escribir algo menos general, extraído directamente de las gastadas hojas de uno de mis diarios de viaje, escritos en tierra santa.

 

Método

 

Quizás hace un tiempo que no lo diga, pero tarde o temprano siempre lo repito: las enseñanzas espirituales son, en esencia, las mismas; lo único que cambia es la forma en que éstas enseñanzas son expuestas.

Por ende, cada maestro espiritual tiene su forma particular de presentar la espiritualidad. Además, esta forma particular puede tener varias vertientes y no limitarse a un solo elemento.

 

Para utilizar mi ejemplo preferido, Swami Premananda hace hincapié en el servicio social como una de las formas de evolucionar espiritualmente (debido al doble factor: ayudar al prójimo y olvidarse de uno mismo por un rato). A la vez, Swami es una viva personificación del amor Divino, ya que trata a todos con el mismo amor, de manera que quienes están en su presencia, ya sea directa o indirectamente, sienten contentamiento y satisfacción.

Al mismo tiempo, Swami es un paradigma de eficiencia, y no deja ni un minuto de prestar atención a su misión espiritual, desde los aspectos más elevados a los más prácticos.

 

Es decir, que Swami Premananda te puede dar una (o más) práctica(s) espiritual(es) y hablar de las escrituras védicas, a la vez que con su forma de ser te llena de alegría por solo estar en contacto con su energía, a la vez que con su forma de actuar te guía con el ejemplo.

Lo que quiero decir es que ser sonriente y feliz de manera constante no implica que no se pueda hablar con seriedad de temas profundos, ni implica que uno se tome las responsabilidades con ligereza. Una cosa no quita la otra.

 

A estas bellas características de Swami, unas pocas dentro de las tantas que tiene, se suma otro elemento típico que está relacionado con su enseñanza espiritual. Un elemento que no es tan fácil de calificar como bello, sino que es más bien desconcertante y es clave en el sistema pedagógico espiritual de mi maestro.

Swami en el Ashram en 2009

Swami en el Ashram en 2009

 

Vueltas 

Las personas que llegamos a Swami le hacemos preguntas de todo tipo, y gran parte de ellas, quizás la mayoría, son de naturaleza mundana, digamos.

Es decir, son preguntas sobre los típicos temas que trae el horóscopo de la contratapa del periódico, a saber: salud, dinero y amor.

 

Al parecer, Swami ya sabe que esto es así, y no se niega a aconsejar y ayudar en estos aspectos, para nada, aunque siempre que puede vuelve a su tópico favorito: la espiritualidad.

Teniendo en cuenta que Swami Premananda es un maestro espiritual iluminado, lo ideal es ir a él a preguntarle cuestiones espirituales. Sin embargo, y de manera entendible, todos terminamos también preguntando y pidiendo por temas más materiales.

 

Por el mismo hecho de ser un maestro iluminado, Swami también conoce las respuestas correctas y justas para las cuestiones materiales, y repito, no se niega en ayudar en este aspecto.

Lo que sí hace, sin embargo, es no darnos la solución en bandeja.

 

Mientras que a una pregunta espiritual del tipo: “¿Qué tipo de meditación debo hacer?”, es muy probable que Swami responda con un dato práctico y claro, a las preguntas materiales, Swami prefiere responderlas con algo más de vueltas…

 

La versión más sencilla de estas vueltas se resume en una frase del tipo “Haz lo que sientas correcto”, que no es otra cosa que obligarnos a pensar y a auto-analizar, para que así podamos decidir de manera crítica y con discernimiento.

Por lo general, Swami no es un maestro que te diga lo que tienes que hacer, sino que te da algunos indicios y luego te deja que seas tú el que decida. Esto es, evidentemente, no por falta de compromiso, sino como método de enseñanza, como forma de ayudarnos a desarrollar la auto-indagación, el discernimiento y la auto-confianza.

¡Cuántas veces uno preferiría que le dijeran qué hacer, en lugar de tener que decidirlo uno mismo!

 

vueltas

 

Sí/No

 

Como decía, la versión sencilla puede ser ponernos a pensar; en cambio la versión más compleja es la que apela a la confusión. Se trata de una especie de drama, una puesta en escena con elementos no reales, en las que nos involucramos hasta que nos damos cuenta de que todo era, justamente eso, un drama escénico.

 

En más de una ocasión escuché (y también lo deduje) que cuando un maestro espiritual te dice que “No”, entonces eso a lo que se refiere no hay que hacerlo. Pero, sin un maestro dice que “Sí”, no necesariamente hay que hacerlo.

 

Me explico mejor: En ciertas ocasiones un maestro espiritual puede dar el visto bueno a algún pedido o pregunta, simplemente para hacer a esa persona experimentar los resultados de esa decisión.

O sea, en la mayoría de las ocasiones, cuando uno pregunta algo a Swami, ya sabe lo que le gustaría oír como respuesta. Hay ocasiones entonces, en que la respuesta contraria a la esperada sería frustrante y quizás no aceptada por uno. Por ende, el maestro puede dar su aprobación para que uno compruebe en carne propia lo incorrecto de esa opción.

Y aún yendo más allá, puede que el maestro dé su visto bueno porque esa opción debía ser cumplida por la persona, para quitar algún deseo que de otra manera sería un lastre para la evolución espiritual.

 

Por ende, es normal que el maestro espiritual diga que “Sí” a una pregunta, y uno se quede dudando o pensando, si efectivamente esa es la mejor decisión a tomar.

 

Como ven, una situación de este tipo puede traer grandes dolores de cabeza y la confusión mental se hace gigante. Pero la confusión se hace del tamaño de la Gran Muralla China si además hay elementos extras… siempre de la mano de Swami.

 

gran-muralla

 

Personal

 

Aquí es donde al fin llegamos al plano propiamente personal. En enero 2007 mantuve una estadía de dos meses en el Sri Premananda Ashram y en ese lapso tuve la oportunidad de pensar mucho y también de ver a Swami Premananda en varias ocasiones.

 

Para mi primer encuentro con él, yo tenía preparadas muchas preguntas, todas ellas muy personales. Ninguna de estas preguntas era del todo espiritual. Eran más bien sobre el miedo a la vida, la falta de compromiso, la búsqueda de libertad y, también, la incapacidad de enamorarme de una mujer.

 

Este último punto tenía su asidero en mi intención de que mi felicidad no dependiera de nadie más que de mí, pero a la vez el hecho de estar solo no me hacía del todo feliz.

Mi pregunta apuntaba a saber si para mí era mejor pensar en una vida de celibato y sacarme el tema femenino de la cabeza, o simplemente era una cuestión de tiempo, una etapa que yo debía pasar, hasta encontrar una mujer adecuada.

 

Esta pregunta tan personal (y otras) fueron hechas frente a Swami, pero en presencia de algunos otros devotos (que también hicieron sus preguntas en público), ya que no era posible ver a Swami en privado ese día.

A esta exposición pública se sumaba que había una chica del Ashram que traducía las preguntas del inglés al tamil, y luego Swami respondía en tamil para que la chica tradujera nuevamente al inglés, siempre en voz bastante audible. 

 

Tercero en discordia

 

Entre los presentes, que éramos unas diez personas, había un chico de mi edad (27 o 28 años por entonces), que a la sazón iba a jugar un rol detonador en el “drama” que se me avecinaba.

Este chico había venido especialmente a ver a Swami para hablar de su posible futura boda y de su relación con la chica en cuestión. Debido a esto, sus radares estaban especialmente sensibles a todas aquellas cuestiones de relaciones de pareja, celibatos, noviazgos y casamientos.

 

Cuando llegó el momento de mi pregunta sobre las mujeres, yo estaba bastante abrumado, primero porque hacía tiempo que no veía a Swami y eso me daba cierto nerviosismo, y segundo, porque todo el mundo estaba oyendo algo tan personal. La confusión ya empezaba…

 

Objetivamente, la respuesta no fue demasiado larga, pero a mí me pareció un mundo. Lo primero que dijo Swami fue que no era un problema que yo no pudiera enamorarme de ninguna mujer.

A pesar de que la mayoría del tiempo Swami hablaba en tamil y requería la traducción de su asistente, la respuesta a mi pregunta la dio casi toda en inglés, y por ende yo podía entenderla de primera mano.

Sin embargo, supongo que llevada por el hábito, la traductora repetía en inglés lo que Swami decía en inglés. Esta superposición de discursos, diciendo lo mismo, me generó un poco más de confusión, tengo que decir.

 

De entre esa confusión recuerdo haber entendido que Swami decía “no te enamores hasta que te cases” y “esa mujer tiene que ser espiritual y devota”. Es así que una vez terminado el encuentro yo tenía la sensación de que Swami me había dicho, más bien, que yo tenía que casarme (aunque aún no supiera con quién ni cuándo).

 

Fue tan solo por la noche, hablando con el chico que se estaba por casar y que había participado del encuentro, que pasé de un extremo a otro. El chico sostenía, con total seguridad, que lo que Swami había dicho era algo así como “no te digo que no tengas novias, pero no te tienes que casar”.

Y para confirmar su versión, aducía que Swami había hablado en inglés, que había estado muy claro… El drama, ahora sí, estaba plenamente en juego.

 

encrucijada

 

Semana

 

La primera solución que se me ocurrió fue preguntarle nuevamente a Swami, para así sacarme la duda. Sin embargo, el próximo encuentro con Swami estaba programado para dentro de un semana, lo cual era tiempo suficiente para comerse la cabeza hasta dejarla sin siquiera los huesos.

La segunda solución era hablar con la chica traductora, que quizás se acordaría de sus propias palabras con cierta fiabilidad. Pero, la traductora estaba fuera del Ashram esos días, haciendo  ciertos trámites en la ciudad.

Así que allí estaba yo, solo con mis dudas, mis confusiones y mirando las dos caras de la moneda.

 

Durante muchos años yo había considerado que si debía quedarme solo, sin pareja, por toda mi vida, eso no sería un problema, ya que yo me consideraba muy auto-suficiente.

Cuando, durante esa semana, empecé a sopesar la posibilidad de que Swami hubiera dicho que no debía casarme, entonces empecé a pensar en una vida de soltería. Analicé con seriedad cómo sería una vida así, con realismo, por primera vez en mi vida.

 

La primera sensación, que duró algunos días, fue de total pánico. Yo, que me creía tan independiente, temblaba ante la posibilidad de estar sin pareja para siempre. Esta reacción me hizo reconsiderar mis ideas y mis presupuestos. Tanto sobre las relaciones de pareja como sobre mí mismo.

 

A la semana, se confirmó que a Swami no lo podríamos ver y que habría que esperar al menos una semana más. Así, mis chances de re-preguntar y quitarme la duda, se desvanecían otra vez.

En este punto, yo había, de cierta forma, aceptado que mi vida pudiera ser solo. Lo había analizado y había llegado a la conclusión de que, si Swami lo decía, era porque era correcto.

No es que estuviera feliz con esa idea, pero le había perdido el terror, a la vez que había llegado a conocer mis verdaderos deseos (que al parecer eran los de tener una vida en pareja) de una manera más profunda.

 

Entonces, volvió la traductora.

 

margarita

 

Aclarando

 

La chica, gentilmente se ofreció a recordar lo sucedido y no tuvo dudas en confirmar lo que yo había escuchado en primera instancia. O sea, la respuesta que era más tendiente a una vida en pareja.

 

Es decir, toda la semana de excesivo ajetreo mental, miedo, reflexiones y reconsideraciones sobre la vida en pareja, había sido basada en un malentendido, en una confusión de alguien que ni siquiera era yo.

Evidentemente, la semana habría sido reflexiva aunque Swami sólo me hubiera hablado de casamiento. El hecho de que se generara el malentendido y la dicotomía, con oposición total de posibilidades, me sirvió mucho para conocer de manera más profunda mis sensaciones sobre un tema (relaciones de pareja) que hasta cierto punto yo consideraba superfluo.

No puedo decir que ese sólo evento haya determinado la respuesta a todas mis dudas al respecto del tema, pero si que me aclaró mucho las ideas y me trajo tranquilidad en el asunto.

 

Por supuesto, nunca se me ocurrió culpar de toda la confusión al chico aquél; no dudé, ni dudo, ni por un momento, de que todo fue obra de Swami, un maestro espiritual experto en confusiones.

Sin ninguna intención de jactarme por ello, puedo decir que mi prontuario odontológico es inmenso. Tengo dos coronas, tres o cuatro incrustaciones, al menos seis tratamientos de conducto, una muela del juicio sacada, un par de años de ortodoncia y prácticamente ningún diente que no haya sido arreglado debido a alguna caries, por mínima que sea.

Por supuesto, habrá personas con un historial mucho mayor que el mío, no le quiero ganar a nadie. Solamente quiero puntualizar que después de conocer a la abuela de Nuria, que con noventa y dos años conserva todos sus dientes, ¡todos de ella!, yo con mis treinta años me siento vulnerable y víctima, sobre todo en el plano dental, que de eso hablamos.

 

Así como algunos ponen chinchetas en el mapamundi para marcar los lugares donde han estado, yo tengo un registro mental de todos los dentistas, que a lo largo y ancho del mundo me han asistido (para bien y para mal). Fui a un dentista para niños en Villa Dolores, y también a un ortodoncista ya de adolescente; pasé por clínicas universitarias en Córdoba y en Sant Cugat, donde sin importar el lugar uno se pasa mucho rato con la boca abierta mientras le hacen radiografías y se toman apuntes, ¡todo sea por pagar menos! Fui al dentista de la seguridad social en el Reino Unido y a un dentista caro en Barcelona; incluso tuve un dentista manco en Torino… Sí, no es broma, tuve un dentista manco, que hacía todo con una mano; no era malo, si alguien quiere la dirección que me la pida.

 

En resumen, mi salud dental ha sido un tema de toda la vida y, supongo que de manera inevitable, me tocaba también tener mi experiencia en la India, que a fin de cuentas es adonde vuelvo una y otra vez.

 

Primera vez

 

La primera vez que fui al dentista en la India fue en el pequeño pueblo de Puttaparthi, donde se encuentra el ashram de Sathya Sai Baba. Después de un par de noches tomando aspirinas se hizo claro que ese dolor de muelas era algo más serio, no se podían esperar meses hasta volver a Argentina.

Mi madre trató de disuadir mis miedos y prejuicios ante los dentistas indios. Me dijo que los indios que iban a la universidad y estudiaban odontología serían tan buenos como en cualquier parte, y agregó que tendrían la misma tecnología y recursos.

No estaba equivocada.

 

A pesar de que ir a la universidad en la India sea más bien una excepción que una regla (tener estudios en general no es la norma), las facultades indias son buenas (las de ingeniería son muy destacadas por ejemplo) y sus estudiantes también.

Es verdad que las últimas novedades de la ciencia dental no estarán necesariamente en un consultorio de Andra Pradesh, pero tampoco están en Villa de las Rosas. Y además, no es que yo haya crecido justamente junto con la vanguardia odontológica. Mis dientes están llenos de amalgama gris y nada de pasta blanca, por ejemplo.

 

La cuestión es que aquel primer doctor, del cual no registré el nombre, hizo un trabajo rápido e indoloro. Ni siquiera fue torpe, que es lo menos que me esperaba. Me sacó una radiografía, me quitó el dolor y me mandó para casa (bah, para el ashram).

 

Lo único que me llamó un poco la atención es que el doctor estuviera descalzo, lo cual es normal en la India, pero el contraste entre la profesionalidad de un dentista y los pies desnudos, pues me pareció destacable.

 

 

dentista

 

Asistentes

 

En más de una ocasión he nombrado los rituales (pujas) tradicionales de la India, y entre ellos he hablado del abishekam (especialmente en “Adaptación al Ashram”).

Citándome a mí mismo (¡qué coraje!), un abishekam es un ritual tradicional hindú que consiste en bañar una figura sagrada que funciona como símbolo de la Divinidad. Este baño se hace principalmente con agua, pero también con diferentes elementos que son considerados sagrados.

 

Otra de las características de los abishekam (como así también de otros rituales) es que no los realiza una sola persona. Es decir, al menos en las ceremonias oficiales, hay por supuesto una persona que se encarga del ritual, pero también hay al menos un asistente, que se encarga de los detalles periféricos, que depende el caso pueden ser más o menos litúrgicos.

De esta forma, el asistente le puede pasar al encargado del ritual el coco que será partido en dos como signo de auspiciosidad. Y así cualquier otro elemento necesario para el ritual. También puede que el asistente sólo se limite a limpiar y ordenar lo que va resultando del ritual (agua vertida en el suelo, bandejas usadas que lavar, flores marchitas que tirar…)

 

Con este mismo criterio, cada uno de los dentistas a los que he visitado en la India tenían un asistente. Obviamente, esta analogía que hago con los rituales no es la única posible. También en las mesas de cirugía hay un asistente esperando el grito de “Bisturí”.

Por otro lado, estos asistentes son una especie de aprendices de la profesión, y su presencia en los consultorios es, imagino, parte de la cadena pedagógica natural (¡Qué categoría que me inventé!).

 

El problema con estos asistentes es que tienen un gran afán por, justamente, asistir. Por ejemplo, cuando el dentista pone en manos del asistente el succionador de saliva, yo me preocupo.

En Argentina, y en la mayoría de dentistas que estuve, un asistente no es lo más normal (incluso mi dentista manco italiano carecía de asistente) y el succionador de saliva, particularmente, se coloca en un sitio estratégico y se lo deja que haga su trabajo.

Pues bien, que dentro de la boca haya una mano, un torno eléctrico, una compresa de algodón, aire frío y agua fría, es algo a lo que uno se acostumbra con el tiempo, aprende a lidiar con ello, hasta conoce los trucos…pero que venga un tercer sujeto que te meta otra mano en la boca y además mueva el succionador de saliva de un lado a otro como si fuera un radomante alucinado a punto de encontrar agua, pues no es tan fácil de asimilar.

  

radomante

 

Corona

 

A esta altura, mi dentista personal en la India vive en la ciudad de Trichy. A las manos del doctor Sathya Narayana llegué un poco por azar, pero desde entonces me quedé con él.

A pesar de su asistente, que tiene vocación de excavador de petróleo, sus tratos en general me satisfacen.

No me molesta demasiado que cada vez que le suena el móvil (que lleva en el bolsillo delantero de su camisa) responda, aunque me deje con la boca abierta.

Tampoco me molesta que, como medida ergonómica, apoye su brazo en mi frente, buscando un mejor ángulo de trabajo.

 

El primer arreglo que me hizo el doctor fue simple y sin rastros. Al año siguiente regresé, no sólo por mi confianza en la odontología india, sino porque, también debo admitirlo, sus precios son mucho más razonables que en Europa o Argentina.

Esta vez la tarea era más ardua: resolver una muela que en Europa daban casi perdida.

Como buen indio, el doctor nunca dice que “No”. A lo que le suma una celeridad increíble. Una corona que como mínimo demora quince días en hacerse en Argentina, en la India me la tienen lista en tres días.

No voy a dar detalles técnicos intrascendentes, sólo decir que el tema de la muela quedó resuelto, y ahora, más de un año después, todavía sobrevive.

 

Estética

 

Por otra parte, también tenía un diente delantero con el nervio muerto, que se había vuelto oscuro por las filtraciones de líquido. Para arreglar esto había que limar el diente muerto y luego poner una corona o cápsula.

El problema es que para las cosas funcionales como la muela trasera yo no tenía miedos, pero cuando se trata de algo estético, mi confianza en los indios decrece bastante. No digo que no tengan concepto de estética, sino que el suyo es muy distinto al concepto occidental.

Una vez limado el diente, ya no habría vuelta atrás, así que fui muy insistente con el doctor en que el color del nuevo diente debía ser idéntico a todos los otros dientes originales.

Conociendo la tendencia india por el brillo, y basado en un par de historias cercanas, ya me veía luciendo un diente que de tan blanco encandilaría a mis interlocutores. Pasando así de un extremo al otro.

 

Se ve que insistí mucho con este último punto, porque el doctor hizo una llamada telefónica y gentilmente me pidió que me sentara a esperar. Después de un rato me volví a levantar y pregunté que pasaba. Que me siente, por favor, fue la respuesta.

Un poco después llegó un muchacho sudando, como si hubiera hecho una larga carrera. Traía entre sus manos una cartera. El doctor me hizo pasar al consultorio, abrió el muestrario de dientes que el hacedor de coronas (“mecánico dental” sería correcto quizás) acababa de traer y me hizo elegir el color. Me puso un diente de muestra tras otro, junto a mi dentadura, y me pidió que confirmara el color que yo tanto deseaba.

Después de haberme pasado la responsabilidad a mí, con la muestra ya elegida, el doctor Narayana procedió a limarme el diente delantero, el famoso diente negro…

 

Durante tres días estuve con un semi-diente, a la espera de la corona (dichos documentos fotográficos no son publicables, quien los desee tendrá que pedirlos) Al principio me negaba a esta catástrofe estética, pero pronto comprobé que el doctor no me daba otra opción y que, sobre todo, tener un diente menos no es grave en la India. Es más, pensaba un poco en broma, esto es más bien un signo de integración social.

 

diente

 

En su sitio

 

Pocos días después la nueva y blanca cápsula fue colocada en su sitio y el resultado fue bastante satisfactorio. Mucho más de lo que yo esperaba, a decir verdad.

 

Una vez pasadas estas experiencias odontológicas en la India, lo que más rescato no es la calidad o el precio de los dentistas en la India, sino su actitud.

No sé si tiene que ver con que yo sea extranjero, o con que quizás menos personas van al dentista en la India, pero en cada visita siempre hubo una actitud de total predisposición a ayudar y solucionar la situación, sin tantas vueltas ni peros.

 

Es así como yo, que fui el más crítico de todos, quería alzar una sencilla bandera de reconocimiento para los sospechados dentistas de la India, optimistas trabajadores de la sonrisa.

Detrás de mi mamá y de mi novia, el mayor porcentaje de comentarios de este blog pertenece a Alex, un amigo que siempre se las arregla para hacer algún tipo de acotación, ya sean éstas eruditas, humorísticas o reflexivas.

 

Después de la última entrega, correspondiente a lo s animales sagrados en la India, Alex puso sobre el tapete un tema clásico al comentar: “Es por eso que las vacas son sagradas???”

 

Pues bien, como sabemos, el de las vacas es uno de los grandes estereotipos de la India y aprovechando la pregunta me propuse dar una descripción del fenómeno, para tratar de entenderlo lo mejor posible, yo incluido.

 

vaca sagrada aureola

 

Intocables

 

Digo esto de tratar de entenderlo, porque hay muchas versiones que explican la razón de este comportamiento del Hinduismo hacia este animal.

 

Uno de los grandes argumentos es el que dice que como todas las personas beben leche de vaca, las vacas son consideradas como madres de la humanidad. De allí viene el concepto de que matar una vaca es como matar una madre.

Justamente, la difundida expresión “vaca sagrada” se refiere a algo que es intocable, a algo que debe ser respetado y dejado en su sitio.

 

Esta intocabilidad de las vacas en la India es totalmente cierta, aunque tiene sus matices. Es decir, una vaca puede estar sentada plácidamente en un bulevar de Bangalore entorpeciendo el tránsito y es visto como lo más natural del mundo; con este criterio, muchas vacas deambulan de aquí hacia allá, sin rumbo fijo y en busca de comida, sobre todo en las ciudades.

O sea, de la misma forma en que se las deja vivir, nadie se hace cargo de ellas. Es así como, con frecuencia, las vacas se acercan a las tiendas de alimentos en busca de alguna provisión, sobre todo si las muestras están sobre la acera o la puerta.

Este gesto puede provocar reacciones mezcladas. El tendero puede echar un poco a golpes a la vaca; en otros casos, tratar de empujarla con más diplomacia; y en algunos casos el tendero se puede sentir honorado. Lo cierto es que la vaca es sagrada, pero no todos quieren que se le acerque a comerle la mercancía, por ejemplo.

 

Hay que decir, que este es un fenómeno más bien urbano, ya que en el campo las vacas cuentan con más espacio y lugares de pastoreo, aunque al menos sean arbustos.

 

vaca sagrada calle

 

Cinco elementos

 

Volviendo a las razones de la sacralidad, la más plausible siempre me pareció que era la de simplemente adorar y respetar a un ser que brinda grandes beneficios a la sociedad, sobre todo a la sociedad rural. Teniendo en cuenta que la sacralidad de las vacas en la India se remonta a miles de años atrás, entonces todo era más bien rural.

 

Una aclaración: cuando se dice la vaca también se puede incluir al toro y a otros parientes bovinos (como el cebú o el buey) que reciben un respeto similar.

 

Siguiendo con la vida rural, la vaca & Cia. siempre fueron grandes ayudas para las tareas del campo, como en todas partes. Además, la presencia de una vaca en una familia india es una gran fuente de alimentos derivados, también como en todas partes.

Entre estos derivados hay principalmente cinco elementos que son considerados valiosos en la India: leche, yogurt, ghi (manteca clarificada), bosta de vaca y orina de vaca.

 

En este sentido, la leche, el yogurt (o cuajada) y el ghi son además de alimentos, elementos que se consideran sagrados para los rituales tradicionales védicos. En cuanto a la bosta y la orina, son considerados antisépticos, y son usados para generar productos típicos de rituales como el vibhuti (ceniza sagrada) y el kumkum (polvo rojo ritual). El excremento se usa para quemar y dar calor en invierno, y también para poner en el suelo de las casas como, lo dicho, desinfectante.

Además, estos dos últimos elementos son también usados para medicina por su cualidad antiséptica.

 

vaca sagrada

 

Inversión

 

De todos modos, los beneficios de la vaca india siguen siendo parecidos a los que da en cualquier parte del mundo. ¿Por qué en la India no las matan? ¿Por qué en la India no se las comen?

 

Pues, parece ser que originariamente la ganancia de tener una vaca viva por largo tiempo era mucho mayor a sacrificarla para gastarla en unas cuantas comidas. O sea, además de leche diaria y los demás elementos ya mencionados, servía para arar campos o tirar un carro. Esto hizo que se optara por dejar los animales vivos antes que matarlos, pues el beneficio era mayor, una inversión a mediano plazo, y no la búsqueda del fruto inmediato, que se reduciría a unas pocas comidas.

 

Sin embargo, esta teoría tiene un posible “pero”. Esta decisión de respetar la vida de las vacas debido a su leche o fuerza de tracción, también podría haber sido aplicada en cualquier otra cultura o civilización. Pero no ha sido así.

De hecho, hay civilizaciones que no pierden estos beneficios de la vaca, y para ello mantienen con vida una cantidad de ganado vacuno, a la vez que destinan otra parte de ese ganado para el consumo de su carne. Es decir, que no se pierde ninguna de las ventajas.

 

Entonces, ¿qué pasó? ¿los sabios del Hinduismo no vieron que también podían sacar aún más provecho de la vaca? Es verdad que en el Hinduismo hay una fuerte cultura de vegetarianismo, y eso influye; pero con ese criterio porqué sólo son sagradas las vacas y no también las cabras y las gallinas… Ya que en McDonald’s India no hay hamburguesas de carne vacuna, pero si hay McChicken, por ejemplo.

 

vaca sagrada MCdonald's

 

Gandhi

 

Todas estas preguntas que postulo no son sólo una forma de introducir el tema, son también mis interrogantes…

Una persona que ha vivido mucho en la India y sabe de su cultura me dijo una vez que los antiguos rishis (sabios) de la India consideraban a la vaca como la última encarnación de un animal antes de convertirse en ser humano, y por ende matar una vaca es como matar a un hombre.

Ya sé, uno imaginaría que lo anterior a ser humano es más bien un mono, un delfín, un elefante… Antes de entrar en la polémica, dejo esta vertiente hipotética porque no he encontrado otras fuentes que la corroboren o apoyen.

 

En cambio, lo que he hecho fue investigar en las opiniones de Mahatma Gandhi sobre el tema. Personalmente, todo lo que diga Gandhi lo tomo como algo muy cercano a la verdad, y digo cercano para no sonar tan radical.

 

La explicación de Gandhi me sorprendió un poco al principio. Según sus palabras:

“El hecho central del Hinduismo es la protección de la vaca. La protección de la vaca es para mí uno de los más maravillosos fenómenos de la evolución humana… Para mí, la protección de la vaca no es mera protección de la vaca. Significa protección de todo lo que vive y que está indefenso y débil en el mundo. La protección de la vaca significa protección de toda la callada creación de Dios”.

 

Para entender este punto de vista quizás hace falta saber que Gandhi se basa en uno de sus preceptos fundamentales: ahimsa. Ahimsa es un término sánscrito que se traduce generalmente como “no violencia”, pero cuyo sentido total se asemeja más a la traducción “no dañar”. Pues se trata de una regla de conducta que implica no herir ni matar a ningún ser vivo, de manera física por supuesto pero incluso se puede trasladar a planos más simbólicos. En ese punto, ahimsa perfecto es también no dañar de palabra y de pensamiento, además de acción.

 

Pero centrándonos sólo en el plano físico, la vaca viene a representar un animal desprotegido o débil. De hecho, la vaca puede caernos simpática o no, pero creo que todos estamos de acuerdo en calificarla como un animal más bien apático, que no parece tener demasiadas ansias de rebeldía ni de cambio.

 

gandhi

 

Vaca mirando el tren

 

Por ejemplo, la expresión argentina “como vaca mirando el tren”, hace referencia a alguien que se queda en presencia de algo como si mirara el horizonte, como si fuera un hecho que pasa y no le pertenece, una mezcla de perplejidad con desinterés… Como, justamente, se supone que una vaca al costado de su alambrado, mira pasar el tren raudo mientras rumia unos pastos.

Esta expresión, me parece, resume un poco esta personalidad vacuna a la que se refiere Gandhi. Un animal al que lo pueden llevar al matadero y hasta parece que no se da cuenta.

 

Cuando Gandhi habla de la “callada (o muda) creación de Dios”, se refiere a esos seres que no tienen ni voz ni voto, los que dependen en parte de los seres superiores en la escalera biológica.

 

Sobre el hecho de “no dañar”, Gandhi dijo que “mientras más débil es un ser vivo, más derecho tiene a ser protegido”; o en otra versión “más responsabilidad hay por parte de los más fuertes de proteger al débil”.

Lo que quiere decir Gandhi, creo entender, es que el hecho de no matar un animal tan indefenso como la vaca, usado en este caso como paradigma, es un gesto de compasión que es sinónimo de respeto a esas leyes tácitas de ahimsa, que para él son universales y absolutas.

 

Es en este sentido, que Gandhi se refiere a esta práctica como “fenómeno de la evolución humana”, pues considera que en la India, al menos con este factor, la sociedad se acerca más a su meta de respetar la creación  Divina.

 

vaca mirando el tren

 

Cerrando

 

Está claro, esto es un tema que da para más discusión. Hay muchos argumentos y fuentes, y dependiendo del caso, la balanza se inclina por una versión u otra.

Yo aún no tengo claro cuál es la razón definitiva de esta sacralidad. El argumento de respetar a quien nos ha ayudado a arar la tierra, a tirar nuestros carros, a alimentar a nuestros hijos y a calentar nuestros inviernos me parece válido, aunque con ese criterio, como he dicho, muchos otros animales podrían gozar del mismo status.

 

La idea de Gandhi de que la vaca es un símbolo, un epítome de todas las criaturas vivientes que merecen ser protegidas, me gusta mucho.

Obviamente, el hecho de que yo sea vegetariano me inclina de forma natural hacia esta última opción. De todos modos mi respuesta no es definitiva, lo tengo que analizar un poco más en profundidad. 

 

A lo mejor, todos lo tenemos que analizar.

Ya he escrito en más de una ocasión que en la India es normal encontrarse con “cosas” sagradas. O sea, con ríos y edificios sagrados, con ciudades y personas sagradas, con plantas sagradas, con alimentos sagrados…

Es normal, se trata de una tierra santa.

 

Dentro de esta vasta gama de elementos sagrados hemos de incluir, por supuesto, a los animales. Siguiendo la línea, hay muy pocos miembros del reino animal que se queden afuera del status sacro, y ya sea por una razón o por otra, muchos de ellos son respetados y adorados.

 

Vahana

 

Por otra parte, también he escrito sobre el concepto de vahana. Es decir, el vehículo que se asocia a cada deidad en particular en la mitología Hindú (también ver, “El descenso de la montaña”). Se trata del vehículo, en el sentido de que es el medio de transporte de la deidad, pero esta es sólo una las funciones, la más banal es cierto.

 

En un punto, el vahana representa algunos de las cualidades que caracterizan a la deidad principal. En otro sentido, también representa ciertos aspectos negativos que la deidad es capaz de dominar y “montar”. De allí que una de las formas típicas de representar de manera iconográfica a estos vehículos sea con la deidad viajando, montando, sobre ellos.

 

En muchos casos no es claro si la adoración de cada animal específico se debe a su aparición en las escrituras sagradas de la India, generalmente como metáfora o símbolo de alguna virtud; o si realmente ese animal era considerado sagrado de antemano y por ende tiene un posterior rol destacado en los libros sagrados.

 

Sea como sea, la interrelación entre mitología, religión y sacralidad animal es muy fuerte, y no se puede delimitar de manera aséptica, sino que se basa, justamente, en esa mixtura, lo que la hace más atractiva.

 

Hamsa

 

Hamsa es el nombre sánscrito para el cisne.

Tradicionalmente es el vahana de la diosa Saraswati (y también de su consorte, Brahma), diosa de las artes, el conocimiento y el aprendizaje.

Según la mitología, Hamsa habita en el lago Manasarovar, a los pies del Monte Kailash, en los Himalayas (más detalles en, “Hacia la fuente”)

 

Por su color blanco el cisne simboliza la pureza, por supuesto, y también la excelencia. De todos modos, la simbología principal de Hamsa es su capacidad de discriminación, su sabiduría para discernir lo valioso de lo banal.

Esta idea se basa en la creencia de que el cisne es capaz de separar con su pico la leche del agua, aunque estos dos elementos estén mezclados. Llevado al ser humano, se trata de un tipo de conocimiento que lo capacitaría para discernir lo verdadero de lo falso, en términos de búsqueda espiritual. Es decir, concentrarse en el verdadero propósito de la vida (llámese: conocerse a uno mismo, iluminarse, unión con Dios, etc.) y no detenerse en las impermanentes y materiales tentaciones que se encuentran en el camino.

 

Otro simbolismo es el que respecta a las alas del cisne, que al parecer puede deslizarse sobre el agua sin mojárselas. De la misma manera, un buscador espiritual puede vivir en este mundo material sin mancharse con motas de materialismo.

Por otra parte, muchos santos han obtenido el título de Paramahamsa, que no es otra cosa que “cisne supremo”, y se refiere a la gran maestría que esas personas santas han logrado sobre las verdades espirituales. Eximios ejemplos de ello son, seguramente, Paramahamsa Yogananda y Ramakrishna Paramahamsa, de quienes ya he escrito en el pasado.

 

 hamsa

Rata

 

Ya dije al principio que en la India muy pocos animales se quedan sin categoría de sagrado. Algunos son aceptados de manera más amplia y sin importar la región, otros están más restringidos a una época del año o a un sitio especifico.

Así es como, sin recibir una adoración unánime, también hay lugar en el altar hindú para un animal que por lo general no conoce tratos muy amables, en ninguna parte del mundo: la rata.

 

El templo de Karni Mata, en Deshnoke, estado de Rajasthan, es también conocido como el “Templo de las Ratas”.  Karni Mata fue una mística india del siglo XIV y XV, ya que vivió más de 150 años, y es considerada una encarnación de la diosa Durga.

El templo es famoso, evidentemente, por sus ratas (unas 20.000 aproximadamente según la National Geographic), que son tratadas como sagradas y son cuidadas en el recinto.

 

Esto se debe a que la leyenda dice que las ratas son las reencarnaciones de la santa Karni Mata y los miembros de su clan. Al parecer, hace cinco siglos, el hijo de uno de estos miembros murió y entonces la santa le pidió a Yama, el dios de la muerte, de volverlo a la vida, pero ante la negación del favor, Karni Mata hizo reencarnar al niño como rata, y no sólo a él, sino a todos los miembros de su clan, para tenerlos bajo su protección.

 

Es por ello que si accidentalmente alguien mata un rata, digamos que la pisa, entonces la tiene que reemplazar por una rata de oro o plata, como forma de expiación.

Además, hay un evento especial que todos aquellos que visitan este templo esperan: ver una rata blanca. Entre las miles de ratas negras, se dice que hay unas pocas blancas, y el hecho de verlas es considerado de gran auspiciosidad. Se cree que estas ratas blancas son la manifestación misma de Karni Mata y su familia.

 

Más allá de la impresión que puede causar esta historia, debido al infeccioso prontuario de las ratas en todo el mundo, lo destacable es que en los tantos años que lleva esta práctica nunca ha habido una plaga o una epidemia nacida de todas estas ratas, como si el hecho de que sean sagradas (o tratadas como sagradas) pudiera cambiar el patrón de siempre. Es todo una cuestión de actitud.

 

ratas

 

 

Mushika

 

De todos modos, hay un antecedente mitológico para la adoración de las ratas que está relacionado con nuestra deidad estrella: Ganesha.

 

Como siempre, hay muchas versiones, pero me gusta la que dice que un demonio inmortal estaba disturbando a los dioses; entonces llegó Ganesha y le venció en batalla. Como no podía matarlo, por ser inmortal, lo convirtió en una rata llamada Mushika, que a la sazón es el vahana de Ganesha.

 

De esta forma, se pueden ver representaciones iconográficas de Ganesha montando sobre Mushika (de tamaño equino, por lo general), o también ver a la rata junto al dios de cabeza de elefante, con un tamaño más normal.

 

Ya fue dicho alguna vez que el significado espiritual de la rata es el de representar los deseos mundanos, los cuales Ganesha es capaz de gobernar a su antojo.

 

mushika

 

Así es como pasamos del cisne a la rata, de lo sublime a lo supuestamente sórdido, como siempre sucede en la India. Y como siempre, también, la condición de sacro es omnipresente, a pesar de todo.

 

Para la próxima entrega, entonces, tengo en mente algunos otros animales, sagrados por supuesto.

Cuando era chico, en mi casa había (de hecho, deben estar todavía…) unas revistas de historietas para niños, que contaban las historias espirituales tradicionales de la India, resumidas y con dibujos. Eran del tipo “La Biblia para niños”, una forma de introducir a los niños en la religión, pero en este caso las revistas eran en inglés porque venían directamente de la India.

 

De todos modos, la imposibilidad de entender el idioma no era un problema tan grande, porque los diálogos eran pocos y las imágenes, en la mayoría de los casos, hablaban por sí solas.

Y si no hablaban ellas, lo podían hacer mis papás que me explicaban algún detalle de esas fantásticas historias.

 

Sin embargo, no se trataba de historias de fábula, sino de sucesos que podrían ser considerados reales. Tampoco eran relatos mitológicos propiamente dichos, como cuando uno lee acerca de los dioses griegos, que generalmente es como aprender una lección historia, y hasta en algunos casos, uno tiene la sensación de observar a los rocambolescos personajes de una telenovela helénica de hace treinta siglos.

griegos

 

A este respecto, al menos en la India, las deidades antiquísimas y sus historias (religiosas, espirituales o mitológicas) se mantienen vigentes como si hubieran sucedido ayer. Las deidades, con sus filiaciones y atributos, no se estudian solamente en la clase de historia sino que se viven en la calle cada día, y siguen siendo parte del patrimonio espiritual del país.

 

Una de las razones que se me ocurre para esta larga permanencia a través de las épocas, es que esas historias están todas cargadas de enseñanza espiritual. No son solamente un relato que explica causas y efectos de ciertos acontecimientos pasados e históricos, sino que contienen un basamento espiritual que todavía es válido y, de hecho, puede servir de guía y ejemplo (en relación, echar un vistazo a esta noticia)

 

Vanara

 

La cuestión es que de entre aquellas revistas para niños, hay una en particular que me quedó más grabada en la memoria que las demás. Supongo que sería por la historia en sí, que tenía mucha más acción que otras, y por sus imágenes tan atractivas para un niño. 

Pero sobre todo, creo, esta distinción en mi memoria se debe a que el personaje principal es imposible de no ser querido, más por un niño.

La revista en cuestión es la que contaba la historia de Hanuman, el dios mono.

 

Hanuman es el representante más destacado de los vanaras, una raza de hombres mono que habitaban en el bosque en el Sur de la India. Es decir, los vanaras tienen cara de mono y cuerpo de mono pero tienen intelecto, capacidad de habla y otros atributos típicamente humanos.

Según algunas versiones, se dice que los vanaras eran hijos de dioses que tomaron forma animal. Lo cierto es que eran sin duda valientes, grandes guerreros, fieles, honestos y gentiles.

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En el caso particular de Hanuman se dice que es hijo de Vayu, el dios del viento en el Hinduismo, y que además tiene una gran fuerza física y poderes extraordinarios. Su arma principal es una maza (o gada).

Ya de niño, viendo el sol creyó que era una fruta de mango madura y dio un salto para atraparlo y darle un buen mordisco. Al parecer, Indra, el rey de los dioses, vio la travesura y le lanzó su rayo, que le pegó en la mandíbula y lo mandó de vuelta a la tierra. De ese golpe, a Hanuman le quedó una cicatriz en el mentón, que en sánscrito se dice hanuh, y por ende de allí nace su nombre.

 

Bhakti

 

De todos modos, la popularidad de Hanuman en la India no está tanto basada en su familia, su aspecto o sus poderes, sino en que él es considerado la representación máxima de la devoción hacia Dios (bhakti, en sánscrito). Es decir, es considerado el devoto perfecto, que está dispuesto a dar todo por su Gurú (o por Dios), y además, que lo lleva siempre en su corazón.

De hecho, tan literal es esta idea de llevar a Dios en el corazón, que muchas imágenes de Hanuman lo muestran abriéndose el pecho con las manos para enseñar en su corazón los rostros de Rama y Sitha, sus adoradas representaciones de lo Divino.

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A este respecto, Rama es un profeta del Hinduismo, considerado un avatar (una encarnación) del dios Vishnu (el aspecto Preservador de la trinidad principal del Hinduismo).

A su vez, Sitha es la fiel esposa de Rama, que es considerada una encarnación de la diosa Lakshmi (consorte de Vishnu), y como esposa es el paradigma indio de todas las buenas virtudes de la mujer. La historia de Sitha y Rama, junto con la de Hanuman, es relatada con lujo de detalles en el gran poema épico y espiritual de la India llamado Ramayana.

 

Sin entrar en demasiados detalles, lo importante para destacar ahora de la historia, es que durante el exilio que la pareja tuvo que sufrir en la selva, Sitha fue raptada por un demonio de nombre Ravana, rey de Lanka, una isla al sureste de la costa india, que se corresponde con la actual Sri Lanka.  

Para rescatar a su esposa, Rama se dirigió hacia el sur y en el camino pasó por el bosque donde vivían los vanaras. Entonces Hanuman, enviado como mensajero, lo reconoció, se postró a sus pies y comenzó a ayudar a Rama en su búsqueda y su rescate.

 

Salto y fuego

 

Con esta tesitura, Rama, junto a Hanuman y el ejercito de los vanaras, llegaron a la costa sur del país. El problema ahora era atravesar el agua para llegar hasta la isla, preferentemente sin ser vistos.

Después de las deliberaciones, alguien le recordó a Hanuman de sus virtudes y poderes, y entonces el dios mono se hizo gigante, dio un gran salto y volando sobre el océano llegó hasta la hermosa isla de Lanka (primera gran imagen que tengo grabada de aquella revista para niños).

 

Una vez allí, Hanuman recurrió otra vez a sus poderes para no ser visto y se hizo pequeño como un ratón, de la misma forma en que, con perdón de la comparación, el Chapulín Colorado se toma las “pastillas de chiquitolina”.

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Con la discreción que le daba el tamaño, Hanuman recorrió el palacio hasta encontrar a Sitha, que cautiva en uno de los jardines reales, lloraba la ausencia de su amado Rama. El fiel Hanuman consoló a Sitha, le entregó un anillo que especialmente traía de parte de Rama para recordarle su amor, y le preguntó si quería que la saque de allí.  Sitha se negó pues el honor de su esposo estaba en juego y era él quien debía venir personalmente a rescatarla.

 

Entonces, Hanuman se hizo notar en el reino de Lanka, destruyendo edificios y matando algunos guardias. El rey-demonio Ravana ordenó su captura y Hanuman, que con sus poderes era invencible, se dejó capturar para ser llevado frente al rey.

Una vez frente a Ravana, Hanuman le dio el mensaje de Rama de devolver sana y salva a Sitha. Le advirtió que su suerte sería aciaga si no cumplía con esta demanda, e informó que Rama estaba dispuesto a perdonarlo si enviaba a Sitha de regreso de manera honorable.

 

No hace falta decir que Ravana, un demonio al fin y al cabo, hizo caso omiso de estas advertencias y encolerizado por el atrevimiento, ordenó la ejecución de Hanuman

Sin embargo, como las reglas del protocolo de guerra no permiten matar a un mensajero, Ravana se contentó con prender fuego la cola de mono de Hanuman, para humillarlo.

 

Cuando finalmente los guardias pudieron prenderle fuego la cola, Hanuman empezó a hacerla crecer. Entonces se zafó de sus captores y con su cola larguísima y en llamas empezó a escapar saltando por los techos del reino, a medida que prendía fuego a la ciudad (segunda gran imagen que tengo grabada de la niñez).

Luego, Hanuman apagó el fuego metiendo la cola en el mar y dio otro salto gigante para regresar donde lo esperaban Rama y el ejército.

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Montaña

 

Lo que sigue en la historia son las batallas finales entre las dos fuerzas. Cuando en una de esas batallas, Lakshmana, el hermano de Rama, es gravemente herido, la única salvación es una hierba sanadora que crece en la montaña Dronagiri, en los Himalayas.

 

Entonces, Hanuman va volando hasta el norte y comienza la búsqueda de la hierba, pero el día pasa y no logra encontrarla. Viendo que ya cae la noche, Hanuman toma una decisión radical: agarra toda la montaña y se la lleva volando hasta el campo de batalla, para que los otros vanaras también lo ayuden a encontrar la hierba, tal era su fuerza.

Esta imagen de Hanuman volando con la montaña en una mano, es clásica de la iconografía india.

 

Por supuesto, la batalla se decide del lado de quienes son espiritualmente correctos y eventualmente Rama rescata a Sitha.

hanuman-montaña

Perenne

 

Ahora que ya llegué a la treintena, y que hace bastante que no leo aquellas revistas, me viene un poco de nostalgia. Por un lado, me gusta que algunas imágenes hayan quedado tan marcadas en mi memoria, y me gusta hoy refrescar la espiritual historia del dios mono.

 

Sobre todo, me gusta ver que además del recuerdo y de las imágenes de fábula de mi niñez, se ha sumado otro factor: el de conocer con más profundidad el sentido espiritual de la historia de Hanuman.

Y así comprender que la cosa no se trata solamente de hacerse gigante, de saltar el océano, de estar en llamas, sino, a fin de cuentas, de tener, perennemente, a Dios en el corazón.

Me sorprende que de unos pocos siete días en Gangotri y sus alrededores, yo pueda haber estado escribiendo más un mes de crónicas.

¿Poder de inventiva forjado en los desordenados claustros de la Escuela de Comunicación Social?, ¿O inocultable energía de las aguas de Ganga fluyendo desde los Himalayas?

Supongo, un poco de ambos.

 

La cuestión es que llegó el final, la hora de bajar de la montaña y volver a la planicie.

 

Cocodrilo

Antes de eso, un último recorrido por el pueblo. Siempre a orillas de la Diosa Ganga, que fluye cadenciosa, sobre su cocodrilo, llamado Makara.

 

Alguna vez lo comenté: la mayoría de las deidades hindúes tienen un elemento que se denomina vehículo (Vahana, en sánscrito) . Este vehículo es, por un lado, el medio en que se trasladan las deidades, simplemente.

Así como yo me traslado en mi Suzuki AN 125 para llegar al trabajo, Ganga desciende a la llanura de la India montada en un cocodrilo.

 

Por otro lado, sin embargo, este Vahana tiene un simbolismo mitológico y espiritual.

 

Sobre el primer aspecto, Makara es una criatura híbrida que tiene cuerpo de cocodrilo y cola de pez. Makara es también el vehículo de Varuna, la deidad de las aguas en los libros védicos.

 

Según aprendo ahora, esta imagen se corresponde con el signo de Capricornio en la astrología occidental, que es una “cabra de mar”, cuerpo de cabra, cola de pez.

A este respecto, la verdad que yo había visto la parte caprina del signo, pero no tenía idea que fuera también una criatura acuática.

El único signo del zodiaco que me sonaba como híbrido era el de Sagitario, mitad hombre, mitad caballo, lo que se dice un Centauro, digamos.

 

Perdón, me estoy yendo del tema. En cuanto al simbolismo espiritual, la tradición identifica a Makara con el agua, fuente de toda existencia, y con la fertilidad.

capricornio

Ganga

 

Templo y vasija

En este último paseo por el pueblo recalo en el epicentro urbano: el Templo a la Diosa Ganga. Parada obligada de todo peregrino que llega a Gangotri, el templo es cerrado cada año en el día de Dipavali (la fiesta de las luces que se festeja entre octubre y noviembre, ver “Mi viaje hacia el norte”), para ser reabierto en el mes de Mayo, al inicio de la temporada de peregrinación.

Una vez más, teniendo en cuenta que mi visita era en época pre-peregrinaje, el templo estaba cerrado y por ende la imagen de la diosa Ganga todavía estaba en una aldea vecina.

 

Este detalle no me desalienta. Tengo algo todavía mejor que llevarme. Entonces, me acerco a la orilla del río y lleno una vasija de agua sagrada. Vasija que me acompañará de regreso a Barcelona como recordatorio de mi estadía con Ganga.

 

Además, me doy por última vez un baño con las sagradas aguas antes de regresar.

Swamiji, nuestro anfitrión, me reprocha sonriente: “¿Por qué dices último? Es sólo el primero, muchos más vendrán”.

 

Esas palabras me dan mucho gusto, me ilusionan a pensar que volveré, tarde o temprano, y quizás vea el templo abierto, quizás suba hasta el glaciar de Gaumakh si ya es temporada, pero sobre todo, vuelva para sencillamente “estar con Ganga”.

Ganga-temple

 

Back to reality

 

Después de la breve despedida, sin nada de melodramas, bajamos en el coche de unos visitantes indios que gentilmente se ofrecieron a llevarnos hasta algún pueblo comunicado.

Finalmente nos dejaron en Uttarkashi, ya la mitad del viaje hecha.

 

Allí, finalmente iba a saciar mi necesidad de llamar por teléfono, de comunicarme con el resto del mundo. Recuerdo que hice al menos tres llamadas diferentes, casi todas infructuosas; las líneas ni siquiera conectaban, o se cortaban, o tenían un ruido insoportable que apenas dejaba percibir la voz del otro lado.

 

Casi ningún indio hablaba inglés en ese pueblo, todos me parecían incompetentes, me semi-peleé con todo el mundo…

En tan sólo media hora en el mundo real (o irreal, según se mire) había perdido toda la paz que tanto me había costado ganar en aquella semana en los Himalayas.

 

Nuevamente vinieron a mi cabeza las palabras del muchacho escocés que conocí en Gangotri: “Aquí arriba es fácil hablar de paz, lo difícil es regresar abajo y mantenerla”.

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Hilacha

 

Y bueno, ¿qué quieren que les diga? No todo es tan ideal. Mucha meditación, mucha filosofía, muchas crónicas himaláyicas, y al final uno termina mostrando la hilacha (en España, la expresión justa sería, “vérsele el plumero”).

 

No hay nada que hacer; es parte del aprendizaje, parece. Uno se cree que logró algo, y resulta que todavía falta mucho.

 

Por eso, uno se trae de la montaña una vasija llena de agua sagrada, por ejemplo, para tratar de no olvidarse lo que aprendió. Por lo mismo, uno escribe estas crónicas también.

 

De todos modos, y en mi defensa, puedo decir que quizás los Himalayas no me hicieron evolucionar tanto, que mis defectos persisten, que ya en la planicie todo se vuelve más patente, pero que lo vivido sí que me marcó profundamente en un nivel que se podría calificar como devocional.

 

Es decir, me quedó mucha devoción por la diosa Ganga y por los Himalayas, y mucho respeto y afecto por los buscadores espirituales que conocí allí arriba.

Espero, que como dijo Swamiji,  muchos otros baños estén por venir.

Después de permanecer por tres días en el pueblo de Gangotri, en este caso en el Sri Krishna Ashram, uno ya se siente como parte de la familia.

 

Esto se debe, por un lado, a que en temporada baja hay muy pocas personas, y por ende no se requiere mucho tiempo para identificar los habitantes, temporales y permanentes, del pueblo.

Por otro lado, la mayoría de los visitantes llegan y se van muy rápidamente, de manera que quien, como yo, se queda unos pocos días ya parece que hubiera estado allí desde hace mucho más tiempo.

 

A esta sensación contribuye el hecho de los días se hacen larguísimos, debido a la falta de actividades definidas, que ya explicaba en la crónica anterior.

Por fortuna, durante mi estadía, si bien el clima era frío por las noches, durante el día había sol y eso permitía estar al aire libre, aunque sin hacer ninguna actividad muy determinada.

 

Cocina

 

“Estar con Ganga” se había convertido, como nos habían aconsejado, en la actividad principal de la visita.

Sin embargo, después de pasar unos días en el ashram, también me fue concedido el privilegio de ayudar, aunque modestamente, en la preparación de las dos comidas que proveía el retiro, específicamente el almuerzo y la cena, que en ambos casos eran servidos más bien temprano para mis costumbres (11:30am y 7pm aprox.).

Es verdad, que el hecho de no tener desayuno más la temprana desaparición de la luz del sol, justifican estos horarios de montaña.

 

Por el mismo hecho de ser tan pocas personas, la comida requerida no es demasiada, y por lo tanto el encargado del ashram no siempre necesitaba de ayuda.

Sin embargo, en algún día particular, el número de visitantes que llegaban era mayor que el usual, y si bien era una visita de una sola noche, alguien tenía que alimentarlos. En esos casos, por ejemplo, pude poner en acción mis dotes de limpiador de arroz; es decir, quitar de entre los granos blancos cualquier piedrita, grano negro o impureza que encontrara. También tuve la ocasión de pelar papas.

 

El menú era simple, generalmente arroz con dhal (guiso de lentejas) al mediodía, y por la noche chapati (pan indio) con curry de verduras. A pesar de la simplicidad y monotonía del menú, y supongo que por ser sólo dos comidas por día, estos platos me parecían los más deliciosos del mundo.

 

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Familia

 

Ya he nombrado en las anteriores crónicas a nuestro anfitrión, el muchacho encargado del ashram. Nunca supimos su nombre, pues todos lo llamaban “Swamiyi”.  A este respecto, Swami es un título monástico y el sufijo yi (o ji) es símbolo de respeto.

En realidad, nuestro “Swamiyi de Gangotri” era un brahmacharya, es decir un renunciante, el primer estadio que asume un buscador espiritual según las antiguas tradiciones del Hinduismo.

 

Swamiyi es un muchacho joven, y aparte de amable y servicial, es muy encantador. Habla poco y cuando habla no es en vano. No es serio ni estricto en demasía. Su función es la de cuidar y mantener este ashram, una filial del ashram principal donde reside su Gurú, en otro pueblo cercano.

Esta filial de Gangotri incluye un pequeño templo, que fue construido sobre la cueva donde el Gurú del Gurú de Swamiyi (su “abuelo espiritual” digamos) vivió durante ¡cincuenta años!

Dicha cueva todavía se conserva, y basta abrir un pesada tapa de cemento en medio del salón del templo para ver la pequeña ermita donde aquel santo hizo sus penitencias, su práctica espiritual y encontró la iluminación.

 

Volviendo a nuestro Swamiyi de hoy, entre sus deberes está el de dar alojamiento y comida a los visitantes que lleguen, ya sea con intenciones espirituales o no.

Al principio, a todos nos trata con la misma seca amabilidad. A los que nos quedamos un poco más, pues nos empieza a tratar con más cercanía y poco a poco nos relata cuestiones de la vida en el ashram o de la espiritualidad en general.

A esto también me refería, cuando más arriba decía que uno se empieza a sentir en familia después de unos días de permanencia.

"Swamiyi del ashram", nuestro anfitrión

"Swamiyi del ashram", nuestro anfitrión

Una parte

Por aquellos días, con visita “prolongada” (es decir, más de un día al menos), aparte de Svati y yo, había una chica griega, y dos Swamis.

 

Se trataba de un Swami hindú, vestido de naranja y con el título bien ganado. Este Swami tenía el cabello muy largo, al parecer hacía ¡veinte años que no se lo cortaba! Como consecuencia, se le había formado una gran y ancha rasta, de unos 3 Kg. de peso, que no puede mojar porque le tarda unos tres días en secarse.

Lo interesante del caso es que por ser la rasta tan pesada no puede llevarla colgando (que de hecho ya casi toca el suelo). Como solución alternativa, algunas veces lleva la rasta doblada y apoyada en su antebrazo, como si llevara un halcón que se prepara para salir a cazar palomas.

De todos modos, por lo general el Swami lleva su largo cabello enroscado alrededor de su cabeza, manteniéndolo atado con un elástico de caucho, de manera que parece una especie de sombrero de invierno.

 

El segundo Swami, era un hombre italiano, de barba y cabellos blancos, que iba vestido de azul, como si fuera un sacerdote occidental devenido en seguidor de la filosofía hindú. Entre nosotros, lo apodamos el “Swami azul”, aunque todos lo llamaban también Swami, a secas.

 

A este punto parecía que todos allí se llamaran “Swami”.

Entonces, en una de las tempranas cenas íntimas del ashram, unos visitantes de una noche hicieron una pregunta sobre esta cuestión de los nombres y lo títulos, a la que los Swamis contestaron con concisión: Explicaron que el “Swamiyi” del ashram era un brahmacharya, un renunciante.

 

Y ante la pregunta de cuál era la diferencia entre un “Swami vestido de naranja” y una persona normal, yo me aventuré a responder que era “el renunciamiento, el estar desapegado del mundo material”.

A lo que los dos Swamis acotaron que esa era “sólo una pequeña parte de la diferencia”. No pregunté cual era la otra parte de la diferencia.

Me fui a dormir pensando en ello.

gangotri-swamis

 

Control

 

Al día siguiente los dos Swamis partieron. Entonces, le pregunté al “Swamiyi del ashram” sobre la otra parte de la diferencia.

 

Swamiyi explicó: “Renunciar (al mundo material, digamos) no implica necesariamente controlar todos nuestros sentidos. De una u otra forma, todos somos Swamis porque controlamos nuestros sentidos. Un verdadero Swami es alguien que tiene control sobre todos los sentidos, cuerpo y mente.”

Es por ello que el paso de brahmacharya es el inicial, en donde la renuncia al mundo material es primera, para luego lograr un control de los deseos, un control que va más allá de vivir con lo mínimo. Se trata de un dominio que supera el plano corporal, que es a lo que se limitaba la renunciación a la que yo me refería en la cena.

 

Sobre este aspecto, Swamiyi dijo que vivir sin nada, en Gangotri, puede ser difícil, pero también puede ser fácil, depende de cómo se mire. Por supuesto, a colación salió el tema de la urgencia de las personas por hacer dinero, un dinero que no siempre es necesario.

 

Evidentemente, cuando uno está en el medio de la montaña, sin electricidad ni negocios, solo con la naturaleza, es normal adherirse sin dudas a la filosofía del “vivir con poco”. Hablo por mí, ya que sin dudas, Swamiyi creía en esa filosofía y la aplicaba.

En mi caso, al pasar por esa semana de austeridad, pensé que sería una buena lección, que al volver al mundo mundano no debería preocuparme por cuestiones materiales innecesarias, que ahora ya era más sabio.

 

¿Hace falta decir que lo primero que pensé al volver a Barcelona era cuantos ahorros me quedaban?

Ya lo había dicho aquel muchacho escocés en Gangotri: “Aquí es muy fácil hablar de paz, lo difícil es volver allá bajo y mantenerla”.

 

Bueno, yo no la mantendría siempre, pero quiero creer que esas enseñanzas y consejos, oídos junto a Ganga de boca de los Swamis, hacen mella en alguna parte de mi ser, aunque sea gradualmente.

 

Scrabble

 

Para cerrar mi personal capítulo con los Swamis, en una de las monótonas tardes de Gangotri, alguien tenía un Scrabble (o Escravel), el famoso juego de mesa que consiste en formar palabras sobre un tablero, a partir de letras recibidas al azar.

 

scrabble

En un acto de agudeza, que sigo considerando una de mis mejores jugadas de scrabble de la historia, logré construir la palabra “Swami”. Fue una jugada aplaudida por todos. Más por el simbolismo que por la longitud del vocablo, está claro.

Además, fue mi particular homenaje a todos los “Swamis” que yo me había encontrado en esa peregrinación y que tan buen ejemplo me habían dado.

 

Dicho sea de paso, poco importa que finalmente haya sido la chica griega la que ganó la partida, porque fue seguramente con una palabra que ya nadie recuerda. Y no es que tenga la sangre en el ojo, eh!?, que quede claro…

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