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El número de lectores, o al menos de visitantes, de este blog ha ido en aumento con el paso de los meses. Sin embargo, hay algunos lectores, muy fieles, que han estado presentes desde el inicio de estas crónicas, algunos más a la vista (con sus comentarios o mis referencias), otros detrás de bambalinas.

Entre estos últimos se encuentra el caso de Paulita, que no sólo es lectora de este diario, sino analista y crítica filosófica del mismo, al punto de, quizás sin saberlo, ser impulsora de algunos de los temas que a lo largo de tantos kilobytes se tratan en estas líneas.

La semana pasada, sorbiendo un té en nuestra cocina (de Nuria y mía), fue ella la que puso en mi mente, quizás sin querer, la materia de esta semana.

 

Espero, entonces, poder responder de manera honrosa, como un agradecimiento a todos estos lectores discretos, que sin embargo se oyen, cada tanto.

 

Epistemología

 

Cuando estudiaba Comunicación Social, en la Escuelita de Ciencias de la Información de la UNC, en el último año de carrera había una materia que a nadie pasaba desapercibida, sobre todo por su solemne nombre: “Epistemología de las Ciencias Sociales”.

A pesar del miedo generalizado, personalmente la materia me pareció llevadera y parte de ello puede deberse a que tenía a mi lado a Juan Manuel, un amigo y compañero de clase experto en filosofía, y además, en nuestro horario, la asignatura contaba con un profesor que era muy bueno (su nombre era Horacio Etchichurry).

 

Si mi recuerdo no me engaña, el eje de aquella misteriosa materia eran las llamadas “Teorías de la verdad”. El objetivo de estas teorías no es definir la verdad en sí misma, sino la forma en que se determina que algo es o no verdad.

Las “teorías de la verdad” son variadas y son motivo de estudio filosófico desde hace tiempo. Del espectro de opciones que nos fueron mostradas en aquel entonces, recuerdo algunos nombres e ideas sueltas que sólo valdría la pena nombrar si quisiera hacer gala de vanos conocimientos.

Reprimiendo esa tendencia, me limito a enumerar unas pocas opciones que sirven para ilustrar estas teorías: 

Por ejemplo, hay teorías que afirman que una proposición es verdadera si es evidente, es decir, si se presenta con tanta claridad y distinción a nuestras mentes que éstas no pueden por menos que aceptarla (el criterio de evidencia).

Por otra parte, la teoría del consenso sostiene que la verdad es cualquier cosa que es acordada por algún grupo específico.

El criterio de utilidad, en cambio, establece que una proposición es verdadera si resulta útil o funciona en la práctica

También, hay verdades subjetivas y objetivas; verdades relativas y absolutas, y cada una de éstas tiene una doctrina que las soporta argumentativamente.

Agradezco a wikipedia por la resumida información, y quien quiera más ejemplos, puede verlos aquí.

 

No hay dudas de que cada nueva teoría de la verdad es motivo de discusión y debate. De hecho, yo no tenía intención de meterme en este lío. Al menos, no hasta que Paulita sacó el tema, tan tranquila con su tibia taza entre las manos.

 

 

Mentiras Piadosas

 

Todo empezó con un debate sobre la validez de las así llamadas “mentiras piadosas”, aquellas mentiras que se pronuncian teniendo una supuesta buena intención como fondo.

Inevitablemente apareció en escena una “teoría de la verdad” que entraría en la categoría de absolutista, y es la que dice que hay ciertas afirmaciones que son completamente falsas o verdaderas siempre y para todos, por ejemplo “Mentir está mal” o “Siempre hay que decir la verdad”.

 

Yo, que si no creyera en Dios y en la filosofía espiritual, creo que sería discípulo del filósofo Kant (con sus imperativos categóricos y su deber moral universal), tengo tendencia a estas afirmaciones absolutas, sobre todo porque tengo en gran estima a la Verdad.

De todos modos, debido a lecturas y explicaciones recibidas a través de los años, siempre desde el punto de vista espiritual, esta vez me puse del otro lado.

 

Trataré de explicar mi visión: La verdad es una cualidad positiva, y desde el punto de vista espiritual, es también un atributo Divino (como el amor, la armonía, la paz, la sabiduría).

Siendo la verdad un atributo Divino no debería por ende causar daño. Incluso quitándole el ribete teísta, si aceptamos que la verdad es meramente una cualidad positiva, entonces no tendría que generar efectos negativos, por una simple cuestión de oposición.

 

Con este criterio, y postulando una “teoría de la verdad” basada en la filosofía espiritual, sólo se puede considerar como Verdad a aquello que genere consecuencias positivas, es decir que ayude a las personas a ser más felices; que en el sentido espiritual del término sería conocer la propia esencia, realizar ser parte de la energía universal, alcanzar la iluminación…

 

 

No Duele

 

Tal como experimentamos la idea de verdad en el día a día, es evidente que la verdad para unos (ya sean muchos o pocos), puede traer el perjuicio para otros (ya sean muchos o pocos). Esto no se pone en discusión porque, en general, consideramos verdad lo que nos parece objetivamente demostrable, un hecho en que la mayoría estamos de acuerdo.

De allí nace la frase popular que dice “La verdad no duele (o no ofende)”.

 

No hace falta analizar demasiado para darse cuenta que esta sentencia popular, al menos en la forma en que está usada, es errada. Digo que no hace falta analizar mucho, porque basta que uno piense cuánto le duele o le ofende que le digan una “verdad” negativa para darse cuenta.

¿Cómo es posible, entonces, que una cualidad positiva como la verdad me hiera así?

 

Quiero ser claro para no crear malentendidos: Hay situaciones que son dolorosas y no es culpa de nadie; decirlas no nos hace verdugos, y no decirlas es grave. Se me ocurre: “Se nos acabaron los ahorros” o “Hubo un terremoto en tal ciudad”.

No estoy hablando de estos casos. En realidad, me refiero siempre a cuestiones que están muy relacionadas con lo que entendemos como el compromiso moral, que es el terreno en donde la línea de la verdad se puede volver más ambigua.

 

Es justamente en el ámbito moral en donde la verdad, considerada como hecho objetivo, muchas veces sí duele. Por ejemplo, si hay una persona que es objetivamente fea, basándonos en los estándares de belleza de nuestra sociedad de hoy, ¿tiene uno derecho a decirle a esa persona que es fea, sencillamente porque es verdad? Alguien puede argumentar que ir a decirle a alguien que es feo por motu proprio no es verdad, es maldad.

Supongamos entonces que esa persona nos pregunta si es o no fea. Uno está obligado a contestar, ¿qué hace? ¿Se escuda en la bandera de la verdad objetiva o dice una “mentira piadosa”?.

 

No creo que haga falta hacer una encuesta para saber que en la mayoría de los casos, todos, instintivamente, optamos por deformar la verdad objetiva para así no herir al otro, aunque sea sólo para sentirnos mejor nosotros mismos.

Sin embargo, esta actitud no es cobarde ni, creo yo, equivocada.

La enseñanza espiritual dice que hacer hincapié o destacar las cualidades negativas de una persona no es correcto (al menos como regla general). Esto no se justifica, ni me absuelve, por el solo hecho de ser verdad. En un caso como el anterior, decir algo que no es “objetivamente verdad”, puede ayudar al otro a ser más feliz o mejorar (por ejemplo, tener más autoestima).

 

 

Parábola

 

En la ladera de una montaña de los Himalayas vivía sentado en postura de meditación un sabio asceta hindú. Después de muchas vidas de renuncia y penitencias, el hombre había llegado a la que sería su última encarnación en la tierra, ya en los umbrales de la iluminación.

Un buen día llegó corriendo un desesperado hombre, que dijo ser perseguido por una banda de enemigos, luego de lo cual se subió al árbol que servía de cobijo al asceta, pidiéndole por favor que no delatara su escondite.

 

A los pocos minutos llegaron los perseguidores, armados de machetes, y le preguntaron al asceta si había visto pasar al fugitivo. El asceta, ajeno a todo, prefirió no responder, evitando así entrometerse en un tema que no le concernía.

Sin embargo, los perseguidores no eran tipos blandos y amenazaron con cortarle un dedo de la mano si no hablaba. El asceta, siempre teniendo en mente que somos alma y no cuerpo, se mantuvo callado.

Los perseguidores le cortaron el dedo meñique de un machetazo.

 

Nuevamente, le inquirieron sobre el paradero del fugitivo. Ahora, el asceta empezó a pensar en responder. Sopesando el dilema de decir la verdad, lo cual implicaba la segura muerte del hombre trepado al árbol, o estar callado, lo cual implicaba perder más dedos, el asceta tomó una decisión que creyó neutral: Sin decir una palabra, sin casi moverse, hizo un gesto claro con los ojos y las cejas, indicando hacia arriba, en dirección a las ramas del árbol.

Los perseguidores lo captaron enseguida e hicieron bajar al pobre prófugo, que inevitablemente fue conducido a su muerte a fuerza de machetes.

Por su parte, el asceta quedó satisfecho, no había mentido, tampoco había “dicho” la verdad, al menos de su boca no había salido ni una palabra.

 

Cuando al tiempo, el asceta murió y ascendió a las esferas superiores, se encontró con Brahman, quien le informó que debía reencarnar una vez más (si la parábola fuera católica, aquí estaría San Pedro y le informaría que en lugar del cielo le toca el purgatorio, como mínimo). El asceta estaba muy desencantado, incluso enfadado, después de tantas vidas de penitencia tener que seguir esforzándose.

“¿Por qué?”, dijo el asceta. Entonces, Brahman le recordó aquel episodio del fugitivo, el árbol y los machetes. 

“Yo no dije ni una palabra”, se excusó el asceta ingenuamente, y agregó, “Además, me hubieran cortado todos los dedos”.

A lo que Brahman contestó, “Ni todos los dedos valen más que la vida de un hombre”, y continuó, “Si tanto los querías hubieras señalado en otra dirección”.

El asceta replicó, “¡Pero eso hubiera sido mentir!”.

Brahman concluyó, “Mira lo que sucedió por decir la ‘verdad’, aún cuando haya sido sólo con un gesto: un hombre murió y tú perdiste un dedo”.

 

 

Correcto

 

Por un lado, el asceta se dio cuenta del dilema y quiso escabullirse dando una respuesta a medias, sin “decir” la verdad, pero tampoco mentir. No funcionó. 

La pregunta es, ¿qué harían ustedes en un caso así? ¿Es la verdad, tal como la conocemos, tan importante como para merecer, en caso extremo, la muerte de alguien, o menos trágico, la ofensa de alguien?

 

Es desde esta perspectiva espiritual que yo adopté, en la cocina de casa y hablando con Paulita, el estandarte de “Decir la verdad no siempre es lo mejor”.

Una vez más, para que quede claro que no hago apología de la mentira y el engaño, quiero explicar que desde la visión espiritual que estoy postulando, la verdad es relativa; es decir, depende de lo que sea correcto e incorrecto.

Qué es correcto, también es relativo, y se puede definir simplemente como aquello que es bueno para nuestra felicidad a largo plazo (llámese conocimiento interior, acercamiento a Dios, evolución espiritual). Asimismo, lo correcto para nosotros siempre ayudará a la felicidad de los demás, ya que nuestra felicidad a largo plazo no puede estar separada de la felicidad ajena, teniendo en cuenta que todos somos parte de una misma energía universal.

 

Todo esto me lleva a cambiar la frase y postular entonces que, “Decir la verdad es siempre lo correcto”.

Aunque pueda no parecerlo, esta forma de ver la verdad puede ser mucho más difícil de cumplir que la forma tradicional. En este sentido que realmente “La verdad no duele”.

 

Crudeza

 

Desde el punto de vista espiritual, el concepto de Verdad, con mayúsculas, está indisolublemente unido a la idea de Dios. Para Mahatma Gandhi, por ejemplo, el objetivo de la vida era la búsqueda de la Verdad, y así lo llamaba él. En este sentido, el gran santo Swami Vivekananda, por ejemplo, hablaba de la búsqueda de la Libertad.

 

Volviendo a la verdad, la búsqueda cruda y honesta de ella, sin poner filtros a las heridas y las ofensas, sólo estaría considerada como correcta si uno la aplica, por propia decisión, hacia uno mismo, a nadie más. Es decir, si uno decide evolucionar espiritualmente y está dispuesto a enfrentarse a sus defectos de manera directa y sin desvíos.

Asimismo, dentro de esta opción se puede incluir la relación del Gurú con el discípulo, el cual admite, al menos tácitamente, que su maestro espiritual lo haga enfrentarse a las verdades más duras de manera de avanzar en el camino espiritual de forma más rauda.

 

Y hablando de maestros espirituales, me gustaría cerrar con unas palabras de Swami Premananda (en “La verdad”, Premananda Satsang Vol. II):

“La oculta mano de la Divinidad es en sí misma la verdad. Aférrate con firmeza a la soga de la verdad. No la sueltes, ni por un momento. No permitas que las ideas de clase, religión, raza, idioma o nacionalidad, manufacturadas por el hombre, te confundan. Permite que sólo te controle el deseo por la verdad”.

 

 

Fuentes Imágenes:

http://imagenes.hola.com/
http://schriftman.files.wordpress.com/
http://4.bp.blogspot.com/
http://www.norcalblogs.com/

Hace mucho tiempo que vengo dándole vueltas al tema del trabajo. Con mucho tiempo me refiero a años. Sin ninguna intención de ser original, he analizado desde varios puntos de vista porqué el ser humano tiene que trabajar.

Para ser honesto, el primer motivo de este análisis es la búsqueda de una escapatoria. Es decir, una sólida argumentación que me sirva de justificante para desbaratar el sistema laboral reinante en el mundo, de manera de no tener que ir cada mañana a trabajar.

Evidentemente, suena inmaduro. Más que un análisis filosófico esto parece un capricho adolescente. Pero esto ya lo avisé.

Está bien aclarar que los momentos de mayor reflexión sobre este asunto me asaltan con el sonido del despertador, apenas nacido el día, en un estado de duermevela que en teoría no es el más apto para sacar lúcidas conclusiones.

De todos modos, con el pasar de las horas, ya algo más consciente, sigo indagando en la materia, en busca de respuestas, de explicaciones, mojando la punta de mi croissant en el té con leche, en busca sobretodo, de un salvoconducto.

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Trampa

Quizás todos hayan pasado por este mismo proceso en algún momento, más que nada antes de “madurar”; pero claro, cuando uno lo está viviendo se cree que es el pionero, el descubridor.

En este proceso de investigación sobre la naturaleza del trabajo mi primera conclusión fue radical: el ser humano se ha tendido una trampa a sí mismo.

Pudiendo decidir por sí mismo qué tipo de dinámica implementar para la actividad laboral, el hombre había decidido trabajar varias horas por día, varios días a la semana, siempre en aras del progreso. Ese era mi razonamiento.

Con el amargo recuerdo del despertador ya un poco olvidado, mis ideas tratan de situarse en un punto de vista objetivo. Por un lado, pienso que en el pasado el ser humano tuvo que trabajar muy duro para convertir este mundo semi-habitado en el lugar que es hoy. No había tiempo para descansar, pues había todo un planeta que civilizar.

Me gusta creer que hubo un punto en que los imperios estuvieron ya formados, los reinados en su lugar, los gobiernos en funcionamiento, y por ende no había necesidad de continuar la afanosa carrera del progreso. Sin embargo, puede que esta creencia sea muy sesgada.

Por un lado, supongo que el “progreso” siempre puede continuar, incluso cuando parece que todo ya se ha alcanzado. Por otro lado, está sensación mía (al menos) de que el trabajo “civilizador” necesario ya ha sido hecho, probablemente se limite a los últimos cien años aproximadamente.

Quiero decir, que el mundo tal cómo lo conozco hoy, con sus avances y comodidades, es muy distinto al mundo de hace diez o quince décadas atrás.

Para empezar, en las sociedades agrícolas de antaño el régimen laboral era dictado por la naturaleza, más que por el hombre, por lo tanto no sé si cabe, en este caso, culpar al ser humano de haberse tendido una trampa.

Por otro lado, gran parte de aquellos que en el pasado trabajaban interminablemente no podrían ser considerados “empleados”, sino más bien súbditos, esclavos, vasallos; por lo tanto no era una elección propia, sino una imposición de los estratos más poderosos.

Es en este punto, claro, donde afloran mis raíces como estudiante de la Escuela de Ciencias de la Información de la U.N.C y sus influencias izquierdistas.

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Marx

Ya es hora de comer, mi enojo con la alarma matinal se difumina, por ende voy a aceptar que la marcha del progreso sea ineludible, aunque de todos modos mi crítica se centra en la manera en que esa marcha transcurre.

Tratando de darle un enfoque más científico (aunque sea de Ciencias Sociales), teorizo que la mayoría de las personas no están de acuerdo con este sistema y que más que una trampa a sí mismo, el ser humano medio está subyugado por las desigualdades sociales y la lucha de clases.

Es decir, aquellos que tienen el capital son los que fomentan un sistema laboral en que la mayoría trabaja mucho y gana poco. De otro modo, pienso, cómo sería posible que el hombre decidiera por iniciativa propia vivir así.

Con las ideas de Carlitos Marx repiqueteando en mi cabeza, también tengo la objetividad de entender que es en esta época, cuando uno tiene menos derecho que nunca en la Historia para quejarse. O sea, hasta el siglo XIX y la llegada de la Revolución Industrial, las sociedades eran netamente agrícolas y los tiempos de trabajo eran aún más extensos. De hecho, la aparición de la reforma industrial fue la impulsora de grandes modificaciones en las leyes laborales occidentales, especialmente la reducción de la jornada laboral a ocho horas, y la media jornada de los sábados.

revolución industrial

Derecho

Asimismo, es sólo en la época moderna que el concepto de ocio se introduce de manera masiva en la sociedad (antes restringido a ricos, aristócratas o artistas), trayendo entre otras consecuencias, una pérdida de peso del concepto de “trabajo” en la consideración social.

En nuestros días, el cambio de las leyes laborales, más la exaltación de los derechos individuales, llevan a considerar al trabajo justamente como un “derecho”, cuando antes, especulo, éste era una porción (grande) de la vida que simplemente se llevaba adelante sin tanta reflexión (quizás más como una “obligación”).

En el carácter del trabajo como “derecho”, se hallaría intrínseca la opción personal de ponerlo en práctica o no. Ante la más popular elección de no ponerlo en práctica, pero ante el difícil cumplimiento de dicha elección por razones más bien financieras, el trabajo vuelve a ponerse en la categoría de “obligación”.

Ya es hora del té, y una vez más, los conceptos sobre la acumulación del capital y sus consecuencias en el proletariado, me sirven de ayuda para explicar cuestiones de la situación presente, aunque no me cierra del todo.

Dinero

Trato de juntar los retazos para así armar una trama clara. La situación actual del mundo laboral en Occidente (siempre vista desde mis ojos de rebelde sin causa) es relativamente nueva. Las condiciones laborales generales son mejores que en el pasado, a pesar de que sigan siendo malas en muchos casos.

Evidentemente uno se queja de lo que tiene ahora y no se consuela con un pasado peor que nunca conoció. Por otra parte, el caso particular de hacer un trabajo que no gusta o satisface profesionalmente, de seguro tiene influencia en ver la dinámica laboral como errada.

Ya ha sido dicho, mi rebeldía contra el trabajo no es original, más aún en estos tiempos. Mis análisis no me llevan a buen puerto, solamente acrecientan mi rechazo al sistema imperante.

Es entonces, calentando la sopa de calabaza para la cena, con el ánimo más apaciguado, que recurro como tantas otras veces, a la filosofía espiritual de la India, en busca de alguna explicación.

En este sentido, Swami Premananda dice (al igual que cualquier teoría económica) que el dinero fue creado para facilitar el intercambio (de bienes y servicios) entre las personas. Es decir, fue creado como una ayuda para el ser humano.

Como novedad, Swami dice que la razón de la existencia del dinero es evitar la pereza humana, ya que sólo trabajando uno conseguiría dinero, esencial para vivir, de la manera convencional al menos.

O sea, el trabajo existe porque si no los seres humanos nos pasaríamos todo el día sin hacer nada.

Ante este concepto, lo primero que viene a mi mente es: “Si yo no trabajara emplearía mi tiempo en otras actividades útiles, como ayudar a los demás y cultivar mi lado artístico/cultural”.

Siendo honesto, puede que este sea un pensamiento algo utópico; no porque no sea mi real intención, sino porque conociéndome (y, con perdón, me uso de posible muestra del género humano), también pasaría gran parte del tiempo durmiendo u holgazaneando.

hamaca

Acción

Por su parte, el Bhagavad Guita, gran libro sagrado del Hinduismo, postula que cada ser debe cumplir con su función en este mundo, siempre a través de la acción. La ausencia de acción, aún cuando uno se crea más allá de este mundo material y no sea debido a vagancia, es considerada tan negativa como la indulgencia. Según las escrituras, el ser humano está siempre actuando.

A este respecto, Swami Premananda dice[1], “¿Por qué habrías de sentir tensión porque tienes demasiado trabajo? ¡Entiende que todo lo que haces en la vida es trabajo! No deberías ser perezoso para vivir y hacer todo tu trabajo… Bañarse, vestirse y comer, ¡todo es trabajo!”.

Bueno, a decir verdad yo también, a veces, siento que todo lo que hago en la vida es un trabajo, casi una carga. Sin embargo, aquí Swami se refiere a otro aspecto.

En su discurso agrega: “Entiende que todo en este mundo es shakti, la energía sagrada, y es divino. Incluso bañarse es una acción divina”.

Es decir, ya que es inevitable actuar, la forma correcta de hacerlo (ya sea por dinero o no) es como un acto de adoración a Dios (o a la energía cósmica). De esta forma, cualquier trabajo se tornaría agradable y gozoso.

En relación a este punto, en su “Autobiografía de un yogui”, Paramahansa Yogananda cita el caso del gran santo Lahiri Mahasaya, diciendo que su ejemplo “como padre de familia y yogui, es de una naturaleza práctica que concuerda con las necesidades del mundo actual”.

En el mismo libro también se lee: “Un profundo propósito descansa en el hecho [de que seas, Lahiri Mahasaya] un hombre casado y con modestas responsabilidades mundanas que cumplir… Los millones de hombres que se encuentran atados con los lazos de familia y las pesadas labores del mundo recobrarán el ánimo por medio de tu ejemplo, ya que eres un jefe de familia, como ellos”.

De lo anterior se deduce que el obstáculo que presentan las labores mundanas no tendría que servir de justificación para reclamar la inacción, incluso aduciendo argumentos tan válidos como la búsqueda espiritual.

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Batalla

Para agregar un punto más desde la perspectiva espiritual, me gustaría citar a Swami Kriyananda, discípulo directo de Yogananda, de quien me quedó grabado un concepto cuando leí su libro “El sendero”.

Dicho concepto es el de “la vida es una batalla”.

¡Nada nuevo!, me dirán. Cuántas veces hemos escuchado a personas diciendo la frase, “La vida es una lucha”, o utilizando expresiones como “Aquí estoy en la lucha”, o “Tirando para no aflojar”.

Pues bien, la novedad en la visión propuesta por Kriyananda radica en ver esta lucha no como algo negativo, una carga del destino, sino como una herramienta para ser más felices. Cito:

“Piensa en la cantidad de cosas que persigues con la esperanza de encontrar la tranquilidad una vez las hayas conseguido. Te dices: ‘¡Compraré aquel veloz coche rojo!’ o quizá pienses: ‘No pararé hasta lograr aquella casa nueva. ¡Oh, cuando lo consiga podré por fin relajarme!’.

Generalmente, nuestra imagen mental del ideal que deseamos alcanzar es como una pintura enmarcada, tan estática que nunca cambia. En lugar de ser la vía hacia futuros cambios y retos, es un fin en sí mismo. Aún cuando nuestras metas sean sólo medios para conseguir otros objetivos, nuestra visión del futuro nos transporta hacia un momento en que creemos que, por fin, hallaremos la paz.

En realidad nunca podremos hallar la paz fuera de nosotros mismos. Lo que consideramos paz es tan sólo una simple tregua temporal en la batalla de la vida.

Algún día sin duda -piensas- seré capaz de gozar de la vida totalmente. Pero lo irónico del caso es que en el mismo proceso de perseguir la tranquilidad, pierdes gradualmente la habilidad de estar tranquilo. Y en el proceso de perseguir la satisfacción, pierdes la capacidad de disfrutar de cualquier cosa”.

La conclusión es que la batalla no se puede evitar (de hecho, el Bhagavad Guita está ambientado en un campo de batalla, como metáfora), y que el secreto está en la forma en que se pelea esa batalla.

Bhagavad guita

Auto-crítica

Hace un mes aproximadamente, yo mismo (perdón por auto-citarme) publiqué una crónica titulada “La prepotencia del trabajo”, en la que postulaba que “sin esfuerzo no hay recompensa”, si bien me refería sobre todo al aspecto espiritual.

Ahora, sorbiendo lo que queda de mi té de menta-poleo, listo para ir a la cama, sigo creyendo que el esfuerzo es necesario, y me pregunto si también es necesario en el ámbito material, sobre todo si uno no está tan interesado en el supuesto “progreso”.

Lo que saco en limpio de tantas reflexiones es que, por un lado, mi rebeldía parece ir en contra del plan Divino; por otro lado, esta rebeldía no me da felicidad. Incluso aunque no hubiera plan Divino no me da felicidad, y ese es el problema.

Como en tantos otros casos, pienso en hacer el intento de dejar mi rebeldía de lado y poner en práctica la visión espiritual, en este caso del trabajo. Tengo fe en que esa sea la solución, aunque ahora me haga falta la voluntad de llevarlo a cabo.

En la teoría todo me cierra, veremos qué pienso mañana cuando suene el despertador, otra vez. 


[1] “Cómo vivir una vida feliz”, en Premananda Satsang Vol. V

Fuentes Imágenes:

http://www.lagranepoca.com/
http://damianvoltes.com/
http://dardo47.files.wordpress.com/
http://personales.patagonmail.com/
http://www.kandamangalam.com/
http://www.biographyonline.net/

Hace más de un año, en este mismo diario digital, escribía sobre mis experiencias con Mata Amritananda Mayi, más conocida con el cariñoso nombre de Amma (“Madre”).

En aquél post (“La santa de los abrazos”), yo describía sobre todo mi visita a Amritapuri, el hermoso y siempre en desarrollo ashram de Amma en la India, exactamente en el estado de Kerala, al suroeste del país.

Aprovechando la próxima visita de Amma a Barcelona (11-12-13 de noviembre 2009), en el marco de su ya clásica gira europea, me gustaría describir brevemente en qué consisten estos programas espirituales y mis sensaciones al respecto

Darshan

En alguna ocasión ya he dicho que la palabra darshan significa “visión”. En el contexto espiritual se llama darshan a entrar en contacto con una persona (o elemento) santa o sagrada. Es decir, que cuando un santo da darshan, lo que está haciendo es permitirles a los devotos que vean, a través de su presencia física, una porción de la Divinidad.

No hay que malinterpretar; esto no se trata de un acto de exhibicionismo o de egocentrismo. Siendo el santo justamente un santo, el sólo hecho de estar en su presencia física otorga bendiciones.

De hecho, según se explica, la presencia de santos en la tierra no tiene otro fin que el de ayudar y guiar a las personas y al mundo hacia una evolución espiritual. Con esto quiero decir que un santo, si es verdadero, no necesita del elogio público o de la exposición a las masas para sentirse realizado en la vida.

De hecho, la única realización que necesita ya la tiene, y se llama auto-realización, que sería llegar al propio y entero conocimiento de lo que uno es, que según la filosofía espiritual de la India, consiste en saberse parte de la energía universal, que con perdón, también podríamos llamar Dios.

Un darshan no se limita a personas, sino que también incluye, por ejemplo, lugares santos, imágenes sagradas de templos, tumbas de grandes almas.

En el caso de Amma, el darshan que da no es sólo la posibilidad de verla, sino que además abraza a todas las personas que llegan a ella.

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Colas

Justamente los abrazos de Amma son lo que la han hecho, en primera instancia, famosa en todo el mundo. Teniendo en cuenta que son, literalmente, miles las personas las que van a verla en cada uno de sus programas espirituales, una de las preocupaciones principales es “¿Habrá una cola muy larga?”.

La primera vez que vi a Amma en el año 1998, en un pueblito del sur de Francia, la cola era breve. En mi visita a Amritapuri, ya éramos más personas. En Milano (2005) y en London (2006) los espacios designados para el programa (generalmente polideportivos y grandes recintos) estaban llenos. En Barcelona pasa lo mismo.

De todos modos, los organizadores y devotos de la misión de Amma se las ingenian para hacer el proceso lo más liviano posible. De hecho, las únicas verdaderas colas que hay que hacer son dos: Una para recoger el número para el darshan (en este caso, refiriéndose al abrazo); otra, para acercarse al escenario donde está Amma, y recibir el anhelado abrazo.

Aunque para algunos este hecho de dar números le suene como ir a la pescadería y le parezca alejado de lo espiritual, tengo que decir que es una forma muy práctica de organizar la gran cantidad de personas que llegan cada día. Esta distribución de números permite que uno solamente haga una cola larga, que sería la primera; pues la segunda, con el número ya en mano, es mucho más corta y hasta placentera, ya que nos acercamos con expectación hacia Amma.

Según entiendo, esto también podría tener un componente de sacrificio. Es decir, ya que Amma se da a todo el mundo, gratis, durante largas horas, abrazando hasta la última persona, el gesto de ir a hacer una cola para buscar el número es lo mínimo que uno puede hacer.

Por un lado, si los números no existieran, las personas llegarían a verla y querrían pasar inmediatamente a ser abrazados. Por otro lado, al uno tener su número bien delimitado, puede dedicar todo el resto del tiempo a hacer otras actividades, ya que en paneles se va marcando el avance numérico permitiéndonos así calcular nuestro turno con mucha anticipación.

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Extras

Aparte de los dos hechos básicos de ver a Amma y ser abrazado por ella, hay una gran variedad de actividades alternativas que se pueden hacer cuando vamos a su darshan, en cualquier lugar del planeta.

Por un lado, hay muchos pequeños puestos con artículos a la venta, siempre relacionados con Amma: CD’s de música; videos de las giras de Amma; ropa típica india; fotografías de Amma.

También hay puestos de masaje, y otros donde se informa y difunde sobre la obra caritativa de Amma en la India, que es muy vasta. De hecho, todo lo que se recauda en los programas se destina a su obra humanitaria.

Otra buena oportunidad que hay en estos programas espirituales, sobre todo si estamos esperando nuestro abrazo, es el de hacer seva (servicio). Hacer seva es hacer algún tipo de servicio, en este caso para Amma. El servicio en general es una práctica espiritual muy recomendada, porque sirve para dejar de pensar en nosotros mismos, al menos por un breve período. Esto se debe a que el servicio es gratis, no es para ganancia personal, se hace para el beneficio de otros, y no hay recompensa (al menos material) por ello. Además, haciendo servicio uno no sigue estrictamente las propias motivaciones, sino que se adecua a lo que necesita un tercero.

En cada programa de Amma hay un puesto de seva, donde uno puede apuntarse para hacer alguna tarea. Pueden ser varias cosas, pero típicamente es ayudar a preparar la comida; lavar utensilios de la cocina; servir los platos; limpiar la cantina.

De todos modos, para los que quieran alejarse del mundo gastronómico también hay opciones. Lo que pasa es que por alguna razón, cada vez que voy a ver a Amma termino haciendo algunas de las tareas antes citas.

En cuanto a la comida, el ir a un darshan de Amma es una buenísima chance para probar excelentes platos indios, incluyendo el afamado chai, té indio.

chai

Canto

Por otra parte, si uno está presente durante todo el día de programa puede disfrutar de los discursos de Amma y también oírla cantar, en su clásico estilo de trance divino. Cuando Amma está abrazando, son entonces sus discípulos quienes llevan la batuta musical, de manera incansable. Los músicos de Amma son en verdad un grupo muy profesional y es un placer escucharlos.

A este respecto, recuerdo que cuando fui a ver a Amma a Milano, en Italia, tuve la chance de cantar frente a ella, junto con otros devotos italianos. Esto fue posible porque una vez que entra la noche, también se les permite a otros devotos que toquen o canten, ya que el grupo oficial también aprovecha para tomarse un respiro. De todos modos, no se deja a cualquiera hacerse cargo de la música, y generalmente hay que tener ya una plaza reservada.

Una de las personas con las que yo estaba ese día, logró que le permitieran tocar unas cuatro canciones, y entonces yo junto a otras tres o cuatro personas lo acompañamos.

Sin dudas mi voz no se destacaba, pero eso no era importante; el sólo hecho de poder estar muy cerca de Amma, cantando para ella, era ya toda una bendición.

En otro sentido, si lo que uno prefiere es quedarse quieto, sin cantar ni hacer servicio, es también posible, ya que a pesar del murmullo constante debido a las miles de personas, uno puede sentarse cómodamente a meditar bajo la energía omnipresente de Amma.

Si acaso al leer esta descripción, alguien tiene la sensación de que los programas de Amma, de tan masivos, pueden ser caóticos, pues que no se preocupe; debajo de la primera impresión de masividad, está el basamento inmutable de la paz de Amma. No hace falta recibir el abrazo para apreciar esto, basta con observarla por un tiempo para también sentir su energía.

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Devi Bhava

De todo los ingredientes que componen un darshan de Amma, quizás el más especial sea Devi Bhava (Devi es “diosa”, y Bhava “estado o manifestación”). Para muchos de sus devotos, Amma es la representación terrena de la Madre Divina, es decir, la energía dinámica del universo en su aspecto femenino.

 

Devi Bhava es el fenómeno a través del cual este aspecto de Amma se hace más evidente. Según se lee en la página oficial de Amma en español[1]:

“Cuando Amma se presenta en Devi Bhava,  manifiesta un poco más de la gloria del Amor Divino. Se viste, no con el usual sari blanco, sino a la manera de Devi, la Divina Madre del Universo, tal como ella ha sido descrita en la escrituras desde tiempo inmemorial.

En los primeros años de su misión, Amma se dio cuenta de que la gente se abría más cuando se presentaba en Devi Bhava, y eso les ayudaba a tener fe en Dios.

Ella ha dicho que el objetivo de vestirse como Devi era para dar fuerza a nuestra actitud devocional.

Incluso en Occidente, tal practica ha continuado, pues la gente aprecia el gozo y las bendiciones que la Madre otorga en ese momento”.

Un detalle es que en las giras de Amma, Devi Bhava tiene lugar durante la última noche de los programas. En el caso de Barcelona, este año esto sucederá la noche del viernes 13 de noviembre. Como regla general, el Devi Bhava siempre finaliza a altas horas de la noche, y con mucha frecuencia incluso a la mañana siguiente. Esto depende del número de personas, ya que Amma no se marcha hasta que haya abrazado hasta el último de los presentes.

En mi caso, a pesar de haber visto a Amma muchas veces, nunca la había visto en Devi Bhava hasta hace poco. Por razones de trabajo y cronogramas, mis últimos darshan fueron más bien nocturnos, de manera que pude comprobar personalmente la cantidad de horas que Amma pasa abrazando.

De hecho, en alguna de estas ocasiones, habiendo llegado tarde y sin tener número, tuve que esperar hasta el final de todo para recibir mi abrazo, lo cual podía ser 9am del día siguiente!!

Devi Bhava

Cierre

Tendiendo en cuenta que el darshan empieza a las 7/8pm, se trata de muchas horas de amor ininterrumpido por parte de Amma. Para un hijo de vecino como yo, entre la comida, el servicio, los cantos y los puestos, el tiempo pasa bastante rápido. Amma, en cambio, pasa todas esas horas abrazando a todos, uno tras otro.

La noche de Devi Bhava es aún más especial, no sólo porque Amma va vestida diferente, sino porque su energía parece ser siempre mayor. A medida que pasan las horas su radiación de paz aumenta y si uno tiene la chance de verla en el final de Devi Bhava, difícilmente pueda dudar que está frente a la Madre Divina misma.

Para quienes estén cerca de Barcelona el próximo viernes, y estén interesados en entrar en contacto con la energía Divina, la invitación oficial se puede leer en:

http://www.ammachi.es/images/Amma-BCN-09-anverso.pdf

http://www.ammachi.es/images/Amma-BCN-09-reverso.pdf

De todos modos, Amma misma lo dice, no hay que creer en nada para ir a verla. Ella sostiene que su religión es el amor, y puedo asegurar que sus darshans son las más fieles Escrituras para difundir ese credo.


[1] http://www.amma.org/espanol/estar-con-amma.html

Fuentes Fotos: http://media.onsugar.com/

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La semana pasada comencé el relato de cómo las características de una pregunta determinan, en gran medida, la respuesta que se recibirá. Básicamente, a preguntas equivocadas, respuestas equivocadas (y viceversa).

 

Esta regla se podría, quizás, aplicar a la vida general, aunque en este caso me refiera específicamente a las preguntas y respuestas que involucran a Swami Premananda.

Como explicaba en el post anterior, los métodos de Swami para responder esas preguntas ‘incorrectas’, son variados y no siempre ortodoxos.

 

Vimos, por ejemplo, el caso en que siendo la pregunta superficial y desinteresada, Swami se adecuaba, bajando el nivel discursivo. Ahora veamos el caso inverso.

 

Rebuscadas

 

Me refiero a cuando la pregunta en cuestión es de un carácter más ‘elevado’ que la media. En estas oportunidades se trata generalmente de asuntos algo rebuscados, con una intención de satisfacer el hambre intelectual más que el espiritual.

 

En algunos casos (como el ejemplo de los ‘registros akáshicos’ citado la semana pasada), Swami simplemente omite parte de la pregunta. Sin embargo, no es esta la única opción.

 

En una ocasión, un devoto le preguntó a Swami sobre les efectos en el mundo de cierto eclipse que iba a tener lugar en la India. Swami dijo, ‘esa pregunta llevaría horas para ser respondida y todos se aburrirían, si tú quieres luego te responderé en privado’.

La verdad, no sé si luego el devoto tuvo una charla sobre astronomía con Swami. De todos modos, una vez más, Swami evita poner en el tapete cuestiones que complejicen la espiritualidad y sus alrededores. No es porque él no pueda hablar de ello (en contadas ocasiones sí que lo he visto disertar sobre cuestiones ‘complejas’, incluyendo las Escrituras hindúes), sino porque su enseñanza es simple, al igual que su forma de ponerla en práctica.

 

Entre los métodos de responder preguntas ‘rebuscadas’, quizás una especialidad de Swami sea apelar a las respuestas directas.

 

pregunta

 

Humor

 

En cierta ocasión, un devoto hizo una pregunta sobre la muerte: ‘Swamiyi, ¿Cómo se puede hacer para abandonar el cuerpo sin sufrir cuando es tiempo de partir? ¿Podría darnos algún tipo de técnica?’.

A lo que Swami replicó, ‘Es una pérdida de tiempo practicar eso, mejor ni pensar en eso’.

Y luego agregó, ‘Si alguien quiere abandonar el cuerpo me puede llamar y yo me haré cargo’. Esto último, que provocó la risa general, fue dicho con un tono que mezclaba la broma y la amenaza.

 

Por un lado, la respuesta de Swami es un ejemplo de su capacidad de simplificar las cuestiones complejas, a la vez que demuestra su gran sentido del humor.

Por otro lado, en sus palabras no deja de haber verdad, ya que para el Hinduismo es sumamente importante el concepto de morir pensando en lo Divino para liberarse de la rueda de reencarnaciones.

De esta forma, cuando Swami habla de ser llamado en el momento de la muerte de alguien, se refiere a que esa persona debe pensar en Swami, o cualquier forma de Dios, para así ser ayudado (a través de la energía Divina) a abandonar este mundo en paz y hacia un mejor estado.

 

Rodeos

 

Cuando estudiaba la carrera de Comunicación Social, en Córdoba, tuve un profesor  – de la asignatura Redacción Periodística – que me sorprendía siempre por su capacidad de asociar temas totalmente diferentes bajo una misma conclusión.

De esta forma, su discurso comenzaba con un tema relevante, que luego parecía perderse en las ramas de la bifurcación, para luego, ya al final, hilarse de manera, a veces no tan obvia, con el punto inicial. Lo que me sorprendía era esa capacidad de unir dos puntos (introducción y conclusión), después de pasar por tantos terrenos, en apariencia tan disímiles. La conclusión no siempre era la adecuada según mi punto de vista, pero la forma de llegar a ella era lo que me atraía.

 

La versión infinitamente mejorada de aquel modelo discursivo de bifurcación y rodeos para llegar al punto esencial, la he encontrado en Swami Premananda (en quién sino). Sobre todo porque sus conclusiones siempre me parecen muy buenas.

De todos los modelos que utiliza Swami para responder preguntas (tantos buenas como malas), esta versión que usa la parábola y la analogía es la que más me gusta (a excepción, claro, de cuando quiero una respuesta clara y directa, ya mismo).

 

Analogías

 

Un ejemplo sencillo (aparecida en ‘Premananda Satsang – Volumen V’, página 153):

Pregunta: ‘Si me siento más cristiana, ¿tengo que seguir los rituales hindúes?’

Respuesta de Swami: ‘No digo que tengas que seguir rituales hindúes. Hazlo si te gusta. Ahora has venido a la India. Aquí comemos iddlis (tortitas de arroz) como desayuno. Disfrútalo mientras estás aquí. Esa es la cultura y estás viviendo con este estilo por algún tiempo. Aquí es difícil conseguir pan de la manera en que estás acostumbrada en tu país. ¿Entendido?’

 

Otra vez, en la pregunta ya está la respuesta. La mujer quiere que Swami le diga que no tiene que seguir los rituales hindúes, pues evidentemente ella tiene un background occidental y cristiano. Por supuesto, Swami le da la razón, pues él no intenta nunca cambiar la creencia de alguien.

Sin embargo, apelando a una analogía casi pueril, Swami le recuerda a la señora que está en la India por propia voluntad, y que lo mejor sería que no rechazara lo que la rodea, que lo disfrute, pues si quiere usar las formas de su país (es decir, los rituales cristianos) le costará adaptarse.

 

Por más obvia que sea la comparación que usa Swami, a mí me encanta por lo simple.

 

idli

 

Bananas

 

De todas maneras, tengo que admitir que en muchas ocasiones también disfruto cuando este recurso de analogías y digresiones se torna más difícil de descifrar.

 

El recuerdo más patente que tengo de un caso así tuvo su inicio con una pregunta bastante ‘compleja’, no sólo por su contenido, sino por la forma de presentarla, con gran tono de solemnidad:

El devoto dijo, ‘¿Es la unidad con Paramatma (la palabra sánscrita para definir el Alma Universal) lo mismo que la unidad con todos los seres, es decir con jivatma (en este caso sería el alma individual)?’.

Insisto, la pregunta en sí es interesante, pero el uso de palabras ‘técnicas’, más la forma de formularla (es decir, la vibración, cosa que sólo se puede percibir al haber estado presente), la colocaban en la categoría de ‘rebuscada’.

 

Fiel a su estilo, Swami le quitó toda la solemnidad al caso con una frase que nos dejó a todos con cara de crucigrama: ‘Muy bien’, dijo, ‘llegó la hora de contar la historia de las bananas’.

 

La historia en cuestión es la siguiente, libre traducción de cómo salió de la boca de Swami: Una madre le da unas rupias a su hijo y lo manda a comprar dos bananas. Luego de comprarlas, en el camino de regreso a la casa, el chico se come una de las dos bananas.

Al llegar a casa, le entrega a su madre el encargo y ella le pregunta, ‘¿Dónde está la otra banana?’. El chico responde, ‘Esta es esa banana’. 

Entonces la madre dice, ‘Muy bien, esta es esa banana, ¿pero dónde está la otra banana?’. El chico responde ‘Sí, esta es la otra banana’. De manera que la madre pregunta, ‘Bien, esta es la otra banana, ¿pero dónde está la otra banana?’. El chico responde, ‘Esta es la otra banana’.

De esta forma la madre vuelve a preguntar, una y otra vez, por la ‘otra’ banana, a lo que el chico siempre responde que ‘esta es la otra banana’. Así durante horas.

 

bananas en pijamas

 

Coherencia

 

A la monotonía de la historia, Swami le sumaba la reiteración del relato, de manera que estuvo repitiendo sin pausa este absurdo diálogo entre madre e hijo, por más de cinco minutos. Cinco minutos es generalmente metáfora de un lapso corto, pero si uno se lo pasa repitiendo la misma frase, el tiempo se alarga (o al menos, la sensación del tiempo).

Después de los primeros minutos de repetición, fue inevitable que muchos de los presentes empezáramos a reírnos, pues el relato era tan absurdo, al punto de parecer una tomadura de pelo.

 

Al cabo de muchas risas y comentarios (excepto de quien había hecho la pregunta), Swami explicó la moraleja de la historia:

La unidad (ya sea con el Alma Universal o con cada alma individual) es una única banana, esta y esa, esta y la otra. Es decir, la unidad con Paramatma o con jivatma es la misma (ya que lo que subyace a toda alma es la energía Divina, presente en todo).

 

En gran parte, al contar Swami esta historia es como si hubiera puesto un poco en ridículo una pregunta tan solemne, convirtiendo la respuesta en casi un chiste, en una repetición en apariencia incongruente e infantil.

De todos modos, más allá de la lección de simplicidad, la conclusión es coherente y profunda.

 

Como regla, entonces, la fórmulas serían muy lineales:

pregunta correcta = respuesta correcta

pregunta incorrecta = respuesta incorrecta

 

En el caso del cuento de las bananas, la pregunta en sí no parecía errada, pero quizás por su presentación, Swami decidió bajarla del pedestal, con un sketch digno de ‘Los Tres Chiflados’.

 

Los Tres chiflados

 

Océano

 

Justamente, en aquel mismo discurso, Swami hizo una comparación que repite con frecuencia: ‘La espiritualidad es como un gran océano; si uno empieza a bucear demasiado, se hace interminable’.

 

Es por eso que Swami recomienda elegir formas simples de encarar la práctica espiritual, alejadas de intelectualismos sofisticados. Una forma simple que, de hecho, es la que él enseña y vive.

 

Con el cuento de las bananas, Swami demostró cómo un argumento de sempiterna discusión filosófica podía ser expuesto de la manera más sencilla del mundo. Tan sencilla que parecía una historia para niños.

 

Será por eso que dice: ‘Volveos como niños. Así es cómo quiero que seáis. Eso no significa gran conocimiento libresco ni filosofía. Quiero que todos seáis tan puros como cuando erais niños’.

 

Que así sea. Ahora me voy a comprar un par de bananas.

En la actualidad existen seis volúmenes publicados con los discursos de Swami Premananda (sólo tres de ellos en castellano), y otros tantos sin publicar; sumados a sus discursos sueltos y los escritos aparecidos mensualmente en la revista oficial del Sri Premananda Ashram.

 

Desde hace ya algunos años, Swami exhorta a sus devotos a que le hagan preguntas, ya sea personalmente o a través de cartas. Por ende, a esta altura de los acontecimientos no creo que queden muchas nuevas preguntas sobre espiritualidad para hacerle a Swami. Asimismo, tampoco creo que queden muchas preguntas sobre no espiritualidad para hacerle.

 

De hecho, si sus discursos son leídos (o escuchados) con algo de atención, se notará la repetición de ciertos conceptos, no por falta de imaginación de parte de Swami, sino porque, por un lado, la esencia de la espiritualidad es siempre la misma, y por el otro, las preguntas se repiten, invariablemente.

 

Premananda satsang

 

Ídem

 

Una de las cosas que más admiro de Swami es su capacidad para responder las mismas preguntas, una y otra vez, con el mismo entusiasmo que la primera vez. Su misión en la vida es la de enseñar espiritualidad, y aunque sea una tarea repetitiva, Swami la lleva a cabo con infinito amor.

 

Generalmente, cuando a mi me preguntan dos veces la misma cosa, pues ya me pongo intolerante. Swami viene respondiendo las mismas preguntas desde hace más de cuarenta años. Y no únicamente de parte de distintas personas, sino que también sucede que la misma persona pregunta lo mismo cada año.

Yo mismo, sin necesidad de apuntar el dedo a terceros, cuando me pongo a releer las cartas que le he escrito a Swami a lo largo de los años, veo que me repito regularmente en mis preguntas, y compruebo, con admiración y devoción, que Swami continúa respondiéndome, incluso con más amor que la primera vez.

 

Implícito

 

Tanto en cuestiones generales como personales, Swami siempre dice que la respuesta a nuestras preguntas se puede encontrar ya en la misma pregunta.

Esta idea tiene dos vertientes: Por un lado lo evidente, o sea, que si uno analiza bien el caso podrá encontrar la respuesta de manera propia, sobre todo si se trata de una pregunta de carácter personal.

Por otro lado, y este punto me interesa más, Swami se refiere al hecho de que cuando uno formula una pregunta, ya de por sí espera un tipo de contestación específica.

 

Un ejemplo fácil: Si pregunto ‘¿Debo irme a vivir a Europa?’, más que nada estoy esperando la confirmación de Swami para poder tomar la decisión tranquilo (respaldado, digamos), pero es claro que mi intención primera es irme.

Otro caso bien terrenal: Si digo, ‘Swami, ¿esta persona me conviene como pareja?’, hasta qué punto estaría yo dispuesto a separarme si Swami dijera que ‘No’. Obviamente, la respuesta que quiero oír está implícita en mi pregunta.

 

Entonces, cuando Swami dice que ‘encuentra las respuestas en las mismas preguntas’, se refiere a que ‘ya sabe las respuestas que estamos esperando’.

 

Encrucijada

 

En cierto sentido, esta situación pone a Swami en un aprieto, ya que él está comprometido con decir siempre lo correcto, con decir la verdad, y no simplemente con decir lo que nosotros (o quien sea) queramos oír.

 

Swami dice (como parte de un discurso titulado ‘Preguntas y Respuestas – Octubre 2008’), ‘Si la pregunta es incorrecta, la respuesta también será incorrecta’.

Y agrega, ‘Puede que vosotros esperéis esta respuesta incorrecta, pero yo no puedo hacer eso, y mi respuesta a vuestra pregunta incorrecta os va a parecer incorrecta. ¿Qué puedo hacer yo?’

 

Si Swami dice lo que nos place oír, no está cumpliendo con su deber con la Verdad.

Si, en cambio, dice lo que es correcto (entendido como lo que nos beneficiaría para nuestra felicidad a largo plazo), entonces puede que nos sintamos heridos o defraudados, y en la mayoría de los casos, más allá de la respuesta, haremos lo que era nuestro deseo primero.

 

En resumen, una encrucijada, que según el caso, Swami resuelve con diversas opciones, no siempre ortodoxas.

 

encrucijada1

 

Pelota

 

Vale aclarar, que esta ley matemática de ‘pregunta incorrecta = respuesta incorrecta’ es válida para todo tipo de consultas, aquellas privadas (como los ejemplos fáciles citados arriba) y aquellas generales, que a priori no parecen tener un sesgo tan personal e interesado.

 

Volviendo a las opciones que Swami suele utilizar para salir de la encrucijada, una táctica común sería la de ‘devolvernos la pelota’, es decir, darnos una respuesta que nos obligue, en realidad, a tomar la decisión por nosotros mismos (como la clásica, ‘Haz lo que sientas en tu corazón’).

A pesar de que así parezca que Swami se saca de encima el problema, lo que hace es, primero, no traicionar lo que sería correcto decir, y segundo, empujarnos a la auto-indagación, camino ineludible para el crecimiento espiritual.

 

 

No comment

 

Otra opción que utiliza Swami es la de simplemente dejarnos sin respuesta. Esta posibilidad es más factible sobre todo si es por carta, ya que el reclamo de la respuesta no recibida se hace más difícil. De todos modos, cuando es frente a frente, Swami también se las puede arreglar para no dar una respuesta.

 

Por ejemplo, la décima pregunta de ‘Preguntas y Respuestas – Octubre 2008’ es:

‘¿Qué son los registros akáshicos y quiénes tienen acceso a ellos?’

Swami responde, ‘Todo esto ha llegado de los rishis (sabios), quienes estaban en elevados estados meditativos. Es a través de ellos que tenemos ciencia y sabiduría’.

 

Mi interpretación: Siendo la enseñanza de Swami una que hace hincapié en la simpleza de la espiritualidad, las preguntas algo ‘rebuscadas’, como ésta, son generalmente dejadas de lado por Swami (si a alguien le interesa realmente saber de los registros akáshicos), no porque no tengan validez en sí mismas, sino porque alejan al aspirante espiritual de la cuestión esencial.

 

Adecuación

 

Siguiendo con las diversas opciones que a veces utiliza Swami Premananda para no dar una respuesta directa y cruda que pueda herirnos, he notado también su capacidad de adecuación.

Es decir, la respuesta de Swami se ajusta al nivel de la pregunta, sobre todo si la pregunta es de un nivel inferior, lo cual es decir de carácter más bien superficial. De esta manera, la respuesta también entra en dicho plano, y se impide así entrar en detalle sobre puntos sensibles, que el preguntador no está, en realidad, muy interesado en discutir.

 

Como ejemplo: Una devota italiana llevó a su hijo (de unos veintipico años) a conocer a Swami. Este chico no tenía fe en Swami y tampoco un aparente interés en conocerlo. El chico, de hecho, estaba en la India por cuestiones de negocios y no por razones espirituales. De hecho, la conversación entre Swami y el chico discurrió básicamente sobre negocios. Swami se dedicó a aconsejar al muchacho, y de manera muy extensa, sobre cómo hacer negocios en la India.

Para mí, era extraño ver a mi maestro espiritual hablando tanto acerca de un tema tan poco espiritual. Me daba la sensación de que estaba malgastando su tiempo.

Esta sensación se agravaba con el hecho de que, mientras Swami hablaba en inglés, el chico – en italiano – le iba haciendo a su madre algunos comentarios semi-despreciativos de las opiniones de Swami (‘No hay que ser un genio para saber eso…’ y cosas así).

 

igual 

 

Equivalencia

 

Otra vez mi interpretación: Sabiendo el interés y nivel de atención del muchacho, Swami omite totalmente hablar de espiritualidad y se dedica a hablar de temas banales, al punto de que hasta el chico se cansa. Nada de sermones sobre el propósito de la vida. La espiritualidad no puede imponerse a nadie.

A su vez, la madre, una fiel devota, se alegra de ver a su hijo (supuestamente no espiritual) hablando tanto con su maestro, aunque sólo sea de negocios.

 

Así Swami, con su sabiduría y su humildad, no sólo no hiere ni ofende al chico con sermones, sino que hasta baja de nivel discursivo para complacer a su devota.

 

Una vez más, la pregunta (o su vibración, también se podría decir) recibe una respuesta equivalente.

 

Pero esto no es todo, para la semana que viene prometo dar más (jugosos) ejemplos de los métodos de Swami para responder preguntas incorrectas.

Hace unos pocos años escuché de boca de Nitya Devi Mataji, discípula cercana de Swami Premananda y sannyasini (monja renunciante) del Sri Premananda Ashram, una frase que quedó impresa en mi memoria.

La frase en cuestión era, en inglés, la que hoy da título a este nuevo post, ‘Choice is confusion’, cuya traducción aproximada al español podría ser, ‘La elección es confusión’.

 

Yendo un paso más allá de lo literal, la versión larga podría ser, ‘La posibilidad de elegir crea confusión’.

 

Choque

 

Al igual que pasó conmigo, supongo que a la mayoría le choca, al menos en primera instancia, escuchar el contenido de esta frase.

Es decir, según lo que hemos siempre aprendido, es justamente la posibilidad de elegir lo que nos hace libres.

Se dice que quien simplemente cumpla los actos que le son designados, sin capacidad de elección propia, no es más que un mero autómata.

 

Estos conceptos son antiquísimos en la filosofía universal y no son exclusivos de esta era contemporánea. Sin embargo, quizás nunca antes en la historia se ha hecho mayor hincapié en la libertad que otorga la posibilidad de elección.

En el pasado eran moneda corriente (más que ahora quiero decir) los gobiernos autoritarios, las monarquías de mano de hierro, las sociedades oprimidas por tabúes colectivos. Además, el concepto de los derechos universales e inalienables de todo ser humano no fue mundialmente aceptado de manera oficial hasta hace sesenta años.

Asimismo, la aplicación del voto universal en las sociedades con sistemas políticos democráticos sería el paradigma de cómo la posibilidad de elegir genera una sensación de libertad.

Más allá del buen o mal funcionamiento de los nuevos modelos de sociedad, nunca antes en la historia fue expresada de manera tan clara la necesidad de que cada persona pueda elegir su destino libremente. En este sentido, lo importante es que cada persona pueda elegir sin que la influencia de la raza, el gobierno, la Iglesia, etc., se lo determinen de antemano. Es decir, ser uno mismo el dueño de su propio destino. Y para ello, sin dudas, hace falta elegir.

 

Ante esta situación, ¿desde qué perspectiva entonces se descalifica la posibilidad de elección como sinónimo de confusión?

 

confusion

 

Techo

 

Junto con la universalizada posibilidad de elegir que, como dije, es propia de nuestra  época, nunca antes en la historia ha habido tantas opciones entre las cuales, justamente, elegir.

El ‘stock’ de opciones disponibles es inmenso, ya sea por los desarrollos tecnológicos, los medios de comunicación o la globalización.

A la vez que uno tiene la chance de seleccionar lo que juzga conveniente, la oferta de posibilidades es, en ocasiones, inabarcable. Hay tantas cosas que ‘tener’, que ‘conocer’, que ‘probar’, que ‘mirar’, que se hace difícil discriminar con lucidez.

 

A este respecto, los maestros espirituales en general  (no sólo de la India), dicen que es bueno poner un ‘techo a los deseos’. Por un lado, este consejo se basa en la afirmación de que los deseos nunca se agotan, sino que al contrario, aumentan. Por naturaleza, la mente humana genera deseos que, una vez cumplidos, dan pie a otros nuevos.

Por otro lado, el poner un límite a los deseos es una manera de hacer la propia vida más simple. La simpleza, desde el punto de vista espiritual, es muy buena. ¿Los motivos? La vida se torna más fácil en general, y también más espiritual, refiriéndose con esto a que resulta más sencillo ir hacia el interior de uno mismo, ya que la simpleza allana el camino, tanto exterior como interior.

 

La falta de elección

 

Hace dos meses tuve, una vez más, el gusto de estar con Nitya Devi Mataji, y de su boca salió una nueva frase de las que dejan pensando: ‘La falta de elección nos hace más libres’.

Sin dudas, este concepto da juego para el debate, cuando no para la polémica.

 

Vamos a recapitular: Decir que la ‘elección crea confusión’ es chocante, pero en ciertos contextos puede ser una idea posible de asimilar. Como caso típico, el de tener tantas opciones que uno ya no sabe qué es conveniente elegir. Como cuando uno va a un restaurante y el menú tiene tantas páginas que uno todavía no llegó al final y ya vio, al menos, cuatro platos que querría pedir, pero el cuerpo sólo aceptaría dos. A la sazón, pedimos alguno de estos platos, pero con la mitad de la cabeza en el plato que no pedimos.

Por supuesto, habrá quienes postulen que es mejor tener demasiadas opciones antes que sólo una, o ninguna.

A este respecto, decir que ‘la falta de elección nos hace más libres’ suena anacrónico, suena como la cosmovisión de un viejo socialista soviético nostálgico.

 

soviet

 

Quietud

 

Aquí situados, es necesario enfatizar y entender que estamos hablando desde un punto de vista espiritual. El objetivo de la práctica espiritual es quitar todas las capas innecesarias o superficiales de una persona, de manera que ésta llegue a conocerse cada vez más a sí misma, hasta llegar a conocer su real esencia.

El exceso de estímulos externos, la infinita variedad de opciones, lleva a la mente en diversas direcciones, la mayoría de ellas infructuosas para el conocimiento interior.

 

Desde el enfoque espiritual, esta ‘falta de elección’ no se refiere a estar encerrado en una habitación vacía o a ser llevado con los ojos vendados por las calles de la vida. Por el contrario, se refiere a un estado en que se está libre de vanos pensamientos que propongan la elección de tal o cual cosa.

Una vez más, el objetivo de la espiritualidad es aquietar la mente, para así profundizar en nuestro interior sin el ruido provocado por los pensamientos.

 

Libertad

 

Si uno analiza los propios pensamientos por un día, verá que la cuestión de la ‘elección’ es constante. ¿Voy al trabajo caminando o en bicicleta? ¿Qué me pongo esta noche? ¿Pizza o pasta? ¿Agua natural o fría (la versión zen de ‘cerveza o vino’, je)? ¿Me quedo o renuncio? ¿Dinero o vocación?

Evidentemente, estas elecciones (y otras) son necesarias para la vida, pero cuánto más fácil sería si en muchas de estas ocasiones hubiera alguien que nos dijera qué elegir, sin darle más vueltas.

 

De este modo, el tener que elegir ocupa nuestra atención por largos períodos de tiempo. Es en este sentido que la ‘falta de elección’ nos daría más libertad, permitiendo así a nuestra mente concentrarse en cuestiones menos fugaces y superficiales, que son las relativas al ser esencial.

La semana anterior expliqué el proceso que me llevó de esperar durante muchos años la llegada de un ‘hecho que cambiaría mi vida para siempre’, sobre todo en el aspecto espiritual, a darme cuenta que dicho evento nunca acaecería, a menos que fuera yo mismo quien lo buscara activamente. 

 

Más aún, mi entendimiento del tema es que ese ‘gran hecho’ no existe como tal, sino que se construye a través de eventos cotidianos, enfrentándome cara a cara con mis debilidades y puntos oscuros, a través de un esfuerzo continuo por ser, a fin de cuentas, más feliz.

 

Arlt

 

Escritor y periodista argentino de la primera mitad del siglo XX, Roberto Arlt destacó, en un primer momento, por su escritura alejada de los que eran considerados los cánones literarios de la época. Hijo de inmigrantes llegados a Argentina en la afanosa frontera del cambio de siglo, Arlt retrató sin eufemismos el lado más sórdido de una sociedad que intentaba, a su manera, conjugar lo antiguo con lo moderno, lo ajeno con lo autóctono, lo ideal con la cruda realidad.

 

Literariamente subestimado durante gran parte de su vida, e incluso después de su  muerte, por su estilo poco formal, por sus errores gramaticales y sintácticos, y por su prosa en ocasiones caótica, con el tiempo Arlt se fue ganando un lugar en la historia de la escritura argentina.

Paradójicamente, los errores morfológicos que se le achacaban en el pasado se convirtieron en su marca de fábrica. Además, la naturalidad de su escritura se hizo metáfora del pensar del hombre de la calle; su crudeza para describir los aspectos oscuros de la mente humana lo convirtió en fiel cronista de su tiempo; su falta de ‘elitismo’ se transformó en bandera de clases sociales más bajas y en un escritor amado por los movimientos de izquierda.

 

¿A qué viene todo esto?, se preguntarán ustedes. Pues bien, hay una famosa frase que dijo Roberto Arlt:

‘El futuro es nuestro, por prepotencia de trabajo’.

 

Aquí se refería a la literatura, a que podrían achacarle defectos, y podrían hablar de sus carencias formales; sin embargo lo importante era comunicar, decir, escribir, aunque no fuera formalmente perfecto.

 

El secreto, según Arlt, estaba en esforzarse y contar su verdad. Así el futuro, en este caso literario, sería suyo y no de los que tan sólo hablan y analizan.

  

Arlt

  

 

Edison

 

Aunque no hablemos de literatura, sino de la vida misma, esta teoría del esfuerzo continuo me parece correcta. No quiero decir que me agrade, preferiría seguir esperando y que las soluciones vinieran a golpear mi puerta.

Mi madre me lo dijo muchas veces, ‘no van a venir a golpearte la puerta’, pero yo todavía creía que sí.

 

Otra frase famosa: El gran inventor estadounidense, Thomas Edison, dijo aquello de ‘el genio es 1% inspiración, 99% transpiración’.

Insisto, no me agrada esta idea, me gustaría que fuera distinto, aunque cada vez me convenzo más que no hay escapatoria.

Para ser feliz hay que ‘transpirar la camiseta’.

  

edison_lamp

 

Colectivo 

 

De manera regular, en el Sri Premananda Ashram de la India se realizan tareas de servicio colectivo que consisten, básicamente, en limpiar el lugar. En muchas ocasiones, este servicio se realiza porque, efectivamente, se necesita limpiar o acomodar algún área particular del terreno.

De todos modos, aunque no sea de necesidad absoluta, este servicio colectivo también se lleva a cabo, a manera de práctica espiritual, ya que es una forma de actuar en conjunto por el bien común.

 

Particularmente durante mi estadía en el Ashram en 2007, recuerdo que había sesiones diarias de esta limpieza grupal, ya que se acercaban las celebraciones de Mahashivaratri y Swami Premananda había pedido tener el Ashram lo mejor posible.

 

Durante aquella estadía de dos meses en el Ashram hice diversas tareas de servicio, incluyendo jardinería, pintar, barrer, lavar; sin embargo, por alguna razón este servicio de limpieza particular no me gustaba para nada.

No era, creo, el hecho de que fuera grupal, ya que otras de las tareas también lo eran. Tampoco es que este servicio fuera siempre más duro que los otros.

Una posibilidad de este desagrado de mi parte, es que este servicio tenía un carácter cercano a lo ‘obligatorio’, en el sentido de que Swami instaba a todos a hacerlo (aunque si uno elegía no hacerlo nadie le decía nada), a diferencia de los demás servicios, que en mi caso eran elegidos bastante libremente.

 

La cuestión es que cada día que yo debía pasar un par de horas haciendo esta limpieza, me negaba mentalmente, a pesar de que sí lo hacía físicamente. Era una tarea que me daba repulsión, digamos.

  

Limpieza 

 

Pensamientos negativos

 

Justamente en aquélla época llegó a mis manos la respuesta de Swami Premananda a una de mis cartas personales. De hecho, era la respuesta a una tortuosa carta que yo había enviado algunos meses antes.

Entre otras varias cosas, la carta decía: ‘Debido a los malos pensamientos que a veces surgen en tu mente, piensas que no eres una buena persona. Es bueno pensar bien porqué esto está sucediendo y remover esos pensamientos de tu mente’.

 

Al leer la respuesta de Swami, empecé a analizar porqué surgían malos pensamientos en mi mente. Malos pensamientos sobre mí mismo y también sobre otras personas, situaciones ambas que me llevaban a la conclusión de que era una mala persona.

 

Por una de esas coincidencias que nunca son coincidencia, en la biblioteca del Ashram encontré un libro sobre Swami (‘Swami Premananda. Divina Beatitudine. Insegnamenti di Saggezza’, de Rosa y Sergio Domain), que citaba uno de sus discursos:

‘La mente nunca está satisfecha, siempre quiere más y esto se debe a que hay demasiado apego. Es este apego el que crea confusiones de ideas en la mente y finalmente nos hace creer que hay algo malo dentro nuestro, que no somos buenas personas’.

 

Al parecer, había encontrado la punta de la madeja. El apego crea confusión mental, siempre queremos más y cuando no lo consigo, me creo mala persona.

Por ende, supuse que la primera acción a tomar era la de reducir mi apego, aunque no sabía muy bien a qué…

  

madeja

 

Limpieza

 

Es verdad que Swami te va poniendo pruebas delante para poder evolucionar, y eso a veces nos parece demasiado. Nos gustaría que el proceso fuera más lento y suave.

Pero también es verdad que de su parte hace muchas gestiones para facilitar nuestro éxito ante la prueba.

 

Así, en esos días Swami dio un mensaje a los residentes del Ashram:

‘Hay que tener un Ashram hermoso y hay que mantenerlo limpio y hacer ‘servicio colectivo’. Y luego agregó, ‘Esa es limpieza exterior y va paralela a la limpieza interior, es decir, a sacarse los malos pensamientos’.

 

¡Voilà! Swami me dice que mi problema son los pensamientos negativos, y luego dice que para sacarlos de la mente, hace falta empezar por la limpieza exterior. Justamente, la limpieza que a mí me daba repulsión.

Mirándolo así, me pareció muy razonable que yo odiara el ‘servicio colectivo’ de limpieza.

La solución primera, evidentemente, era realizar las tareas de limpieza con la mejor disposición posible, es decir con ganas y con una mente pura (o al menos, abierta).

 

Última cosa, ¿dónde entra en todo esto el apego que crea confusión? Mi interpretación es que, en este caso, yo tenía apego por mi ‘libertad de elegir’ el servicio que quiero hacer, cuando en cierto modo el verdadero servicio es aquel que a uno no le sale tan fácilmente de primera instancia, ya que sino sería siempre simple.

 

swami walking

Swami Premananda en el Ashram - Febrero 2009

 

Esfuerzo

 

Una vez más, me gustaría que quede claro que en mi vida sucedieron hechos que para mí fueron grandes hitos, como conocer a Swami, por ejemplo.

 

Por un lado, el hecho de tener la mente siempre en lo que vendrá hace que uno, efectivamente, pierda de vista la importancia de lo que está sucediendo en el ‘ahora’, y sólo sea posible reconocer esa importancia al mirar en retrospectiva.

A la vez, esos hechos importantes uno los vive de manera bastante natural y le pasan más desapercibidos por ser sincrónicos, como envejecer, que no se nota cuando uno se mira al espejo todos los días.

 

De todos modos, el ‘gran evento’ que siempre he esperado con expectación no estaba muy definido. Lo único cierto es que se trataba de algo con un carácter más bien extraordinario.  En todo caso, visto desde el punto de vista espiritual, ese ‘gran hecho’ quizás podría equipararse a la ‘iluminación’ y, como si hiciera falta decirlo, no sucederá mágicamente.

 

Mientras tanto, en el camino y la lucha por lograrlo, son las situaciones simples, pequeñas y cotidianas, las que sirven para corregir una tendencia arraigada y grande.

 

Lo cierto es que los prodigios y las bendiciones existen, no lo dudo, pero sin un esfuerzo continuo de mi parte, el futuro nunca será mío.

Durante la mayor parte de mi vida, viví esperando un gran hecho que cambiaría mi destino.

No se trataba de un hecho en particular; es más, yo no siquiera sabía qué sería, pero tenía una especie de certeza de que algo que marcaría un ‘antes y un después’ sucedería en algún punto de mi vida. En un punto más temprano que tarde, creía yo.

 

Nada ha sucedido aún.

 

Es verdad que en mi vida han habido muchos hitos destacables, entre los que puedo nombrar, entre otros: relacionarme con Swami Premananda; viajar a la India; mudarme a Europa; conocer a Nuria.

Para nada estoy subestimando estos eventos tan importantes de mi vida, sino que quiero dejar claro que según aquellas expectativas que siempre tuve sobre un ‘gran evento que cambiaría mi destino’, nada ha sucedido aún. Y con mucha  probabilidad nunca sucederá.

 

Generalización

 

Que yo hable en pasado no quiere decir que, en cierto modo, en algún rincón semi-escondido de mi ser, yo no esté aún esperando ese ‘evento’.

De hecho, a riesgo de generalizar, creo que gran parte de las personas tenemos esa sensación. Al menos, me baso en experiencias de personas amigas y conocidas con las que alguna vez he hablado del tema. Me refiero a una sensación de que la vida nos está guardando algún tipo de buena sorpresa, y que mientras tanto uno va viviendo un poco de manera ‘precaria’, esperando ese momento.

 

Mientras leo lo que voy tipeando, me doy cuenta de que a través de un análisis psicológico ligero se podrían sacar muchas conclusiones obvias. Por un lado, que esta sensación se debe a una insatisfacción con la vida presente que uno lleva. Por otro lado, que las expectativas que uno se fijó alguna vez para su vida no se ven cumplidas, y por ende espera llegar a ese objetivo, aunque no sepa bien cómo.

A la vez, se podría interpretar que la tendencia del ser humano a vivir pensando más en el momento futuro que en el presente, nos lleva a creer que lo que sucederá es mejor que lo que está sucediendo actualmente.

 

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Análisis

 

Sin profundizar en estos aspectos, regreso a mis sensaciones personales, ajenas ya a la generalización. En mi caso, también creo que esa espera del ‘gran evento caído del cielo’ tiene algo de pereza, o sea esa intención de que algo muy deseado y necesitado (aunque no se sepa muy bien qué es) llegue a mí, sin que yo mueva siquiera un dedo, sólo esperando.

 

Al parecer, para algunas personas estos grandes hechos están muy claros y definidos. Puede ser la graduación universitaria; un trabajo especifico; una casa en una ubicación especial; una pareja ideal; un hijo; un viaje; una boda. También en mi caso, por supuesto, el evento tan esperado muchas veces ha tomado alguna de las formas arriba mencionadas.

Por naturaleza humana, una vez alcanzado ese hecho deseado, un nuevo hecho se yergue como la próxima meta a alcanzar. Como dije antes, a pesar de haber tenido (como cualquier hijo de vecino) momentos muy importantes en mi vida, siempre seguía sintiendo que el ‘gran momento’ estaba por venir.

 

A día de hoy, puedo decir que ya (casi) no espero la llegada de este evento redentor.

 

Futuro bola

 

Bendiciones

 

De todos modos, cuando alguien está involucrado en la vida espiritual y también está en contacto con santos y maestros espirituales, como es mi caso, es inevitable esperar que sucedan, de una u otra forma, ‘hechos prodigiosos’. Sobre todo, porque efectivamente los hay, y uno los ha visto y conocido, ya sea directa o indirectamente.

 

En este caso, lo importante, me parece, es saber diferenciar los milagros divinos que se pueden recibir sin esfuerzo, de los pasos que invariablemente uno deberá tomar para lograr cierto objetivo.

 

Trataré de explicar mejor esta idea: Cuando uno le pide a un santo (en mi caso particular a Swami Premananda), una bendición para resolver cierto problema, espera que mágicamente (o mejor dicho, milagrosamente) ese problema desaparezca sin más.

Cuando digo ‘pedir bendición’, también se puede entender como ‘rezar a Dios’ para su intervención en determinada situación.

 

Entonces, contrariamente a lo que uno espera, pedirle a Swami dicha bendición, implica muchas veces, tener que hacer un trabajo extra; sobre todo si el pedido es de índole espiritual más que material (como por ejemplo, dejar de ser una persona envidioso vs. curarse de cierta enfermedad).

 

Pruebas

 

A este respecto, es verdad que si uno pide dones materiales, digamos no tener tantos problemas financieros este mes, o tener éxito en un largo viaje, la bendición Divina entra en acción de manera más directa y sin requerir demasiado esfuerzo personal. Esto se debe, en parte, a que las facilidades materiales nos allanan el camino para el desarrollo espiritual. No obstante, esta regla no siempre se cumple al pie de la letra, ya que algunas personas tienen que pasar pruebas de carácter material antes que avanzar en el sendero propiamente espiritual.

 

De la misma forma, si uno pide bendiciones ‘espirituales’, es decir para desarrollarse interiormente, entonces sin duda éstas actúan de maneras que desconocemos y que nos ayudan aún sin que lo sepamos.

De todos modos, en estos casos, en lugar de allanar totalmente el camino, lo que hace Swami es generar en nuestras vidas las situaciones particulares y necesarias para que ese problema u obstáculo sea superado. Pero esta ‘superación’ debe lograrse a través del enfrentamiento directo con esa cualidad negativa que deseamos abandonar.

 

Como un ejemplo simplificado, si uno pide sinceramente a Dios que quiere dejar de tener envidia, ésta no se irá de nuestra mente de la noche a la mañana, sino que automáticamente nos enteraremos de que el vecino se ha comprado un coche nuevo (o aún mejor, lo ha ganado en un sorteo). 

 

Es así que Swami (o lo Divino) siempre prepara el drama para que uno pueda ‘pasar la prueba’ en el campo de batalla de la vida.

 

Big Gift

 

Sócrates

 

Todos conocemos la famosa expresión, ‘Sólo sé que no sé nada’.

De pequeños, quizás muchos la tomamos como la sincera frase de una persona ignorante, y en consecuencia la usamos cada vez que no teníamos conocimiento sobre un tema.

Con los años nos explicaron, de manera didáctica, que el sentido básico de la frase era que ‘a medida que uno más sabe, se da cuenta de cuanto le falta por saber, y por ende se siente como si no supiera nada’.

 

Siguiendo la misma regla socrática, a medida que uno más profundiza en la vida espiritual, con la intención de desarrollarse interiormente; es decir evolucionar como persona con el objetivo de conocer cada vez más la propia naturaleza esencial, pues entonces más defectos (obstáculos, tendencias negativas) encuentra en uno mismo.

 

socrates

 

Cotidianeidad

 

De esta forma, si uno tiene fe en Dios o tiene un maestro espiritual, entonces le pedirá su intervención para remover estos ‘defectos’, que nos obstruyen el camino a la felicidad.

 

De todos modos, como dije antes, a esta altura he dejado de esperar milagros, hechos prodigiosos, que me liberen de mis cualidades negativas, por arte de gracia (divina).

Si bien la ayuda de Dios o del Gurú es incalculable y seguramente reduce nuestra tarea aún cuando no lo notemos, no hay escapatoria al hecho de que somos nosotros mismos quienes debemos darle, con nuestro esfuerzo consciente, el toque final a las bendiciones iniciadas en la esfera divina.

 

Muchos años después, me doy cuenta de que son más bien las situaciones muy cotidianas, y hasta en apariencia banales, las que con frecuencia me ponen en crisis.

 

Y, también, me parece entender que son estas mismas situaciones las que, si yo realmente lo deseo, pueden cambiarme para siempre.

Una de las tantas prácticas posibles que se alientan en la filosofía espiritual de la India es la que, en lengua tamil, se denomina mounam (‘mauna’ en sánscrito).

Mounam es ‘silencio’, aunque con un propósito espiritual. Muni es el nombre de aquél que practica dicha forma de silencio.

 

Entre las razones que justifican esta práctica, se encuentran el auto-control, la introspección, la búsqueda de quietud mental, y el aumento de la energía vital.

 

Salud

 

Sobre este último punto, que quizás es el menos obvio, me parece pertinente hacer un análisis más detenido. Con mucha probabilidad, muchos hemos notado que cuando hablamos por un largo periodo nos cansamos. Quienes trabajen, o hayan trabajado, en un callcenter lo habrán notado sin dudas.

De todos modos, aunque el hablar no sea así de extremo como un trabajo, sino parte de una actividad de ocio (reuniones sociales, llamar por teléfono a la familia), quizás hayan notado que después de un cierto tiempo puede provocar cierto agotamiento. Físico, y también mental.

 

Ante la pregunta de un devoto sobre el silencio, Swami Premananda respondió que usamos mucha energía hablando. El hablar excesiva e innecesariamente reduce nuestra energía y nuestro tiempo de vida, dijo.

 

En su discurso llamado ‘La práctica espiritual de estar en silencio’, Swami profundiza:

Es una pérdida de tiempo seguir hablando de todo lo que pasa en el mundo. Cuando se hace eso, la energía vital se reduce. Cuando se habla continuamente, la energía interior se reduce.

Si hablas todo el tiempo, no podrás comprender lo que es correcto y lo que no lo es. Cuando estás en mounam, puedes reconocer y entender los pensamientos divinos.

Cuando estamos sumergidos en pensamientos divinos y hemos dejado de hablar, entonces nos damos cuenta que hablando y hablando nos cansamos’.

 

A este respecto, en el Mahabharata, la gran epopeya hindú, hay una historia concerniente al valor del silencio. Después de que el sabio Vyasa hubo dictado el último verso del poema al Señor Ganesha, quien lo había anotado todo con uno de sus colmillos, le dijo:

‘¡Ganesha! ¡Bendita es tu escritura! El Espíritu Supremo ha creado el Mahabharata y tú lo has escrito. Lo que es más asombroso es tu silencio. Durante el dictado yo debo haber dicho casi dos millones de palabras, pero durante todo el tiempo no oí ni una sola palabra de ti’.

 

El Señor Ganesha respondió reflexivamente: ‘¡Vyasa! Algunas lámparas tienen mucho aceite; otras tienen sólo un poco. Ninguna lámpara tiene un suministro continuo de aceite. De igual modo, dioses, hombres y demonios tienen una vida limitada. Sólo aquellos que tienen auto-control y usan sus poderes con paciencia y entendimiento pueden beneficiarse plenamente de su vida. El primer paso para el auto-control es controlar el habla. Aquél que no puede controlar su habla pierde energía innecesariamente. Por medio del control del habla uno evita esa pérdida. Siempre he creído en el poder del silencio’. 

 

De este modo, la frase usada en Argentina, ‘el silencio es salud’, adquiere aquí un sentido diferente, que es prácticamente literal.

 

Vyasa-Ganesh

 

Introspección

 

Por otra parte, uno de los beneficios evidentes del silencio es la posibilidad de estar en mayor contacto con uno mismo. En el sentido de llevar la atención hacia el interior y no hacia el exterior.

 

Como no podía ser de otra manera, Mahatma Gandhi hizo del mounam una práctica regular en su ejemplar vida. Tal es su propia explicación, como aparece en el libro de Yogananda, ‘Autobiografía de un yogui’:

‘Hace algunos años comencé la observación de un día de silencio a la semana, con el objeto de tener tiempo para ocuparme de mi correspondencia. Pero ahora esas veinticuatro horas se han convertido en una vital necesidad espiritual. Un mandato periódico de silencio no es una tortura, sino una bendición’.

 

Aconsejando al respecto, Swami Premananda dice:

‘Trata de no hablar innecesariamente. Durante algún tiempo en el día, permanece un poco silencioso. En los momentos de silencio se puede entrar muy profundo en el interior’.

 

Justamente, una renunciante y antigua discípula directa de Swami, Nitya Devi Mataji, me contó su primera experiencia de mounam, fomentada por la compañía de Premananda.

Argumentando malos augurios astrológicos, Swami aconsejó a Mataji que estuviera en silencio absoluto por una semana completa, de manera de neutralizar esas malas influencias planetarias. Ahora, Mataji se ríe de lo que ella considera la excusa utilizada por Swami para hacerla experimentar el silencio, pero en aquel entonces fue una dura prueba.

En la noche del último día de silencio, Mataji tuvo un intenso sueño y se despertó gritando en la cama. Sin quererlo, había roto su voto justo antes de cumplir el plazo fijado, y por ende tuvo que recomenzar.

En la noche del último día de silencio, esta vez de la segunda semana, Mataji salió de su habitación para tirar la basura que se había acumulado en tantos días de aislamiento. Al llegar al basurero exterior, se encontró con un vaca que rumiaba un pedazo de cartón y con un gesto de compasión se acercó a ella diciendo, ‘Pobre vaquita, no comas eso…’ Una vez más, sin darse cuenta, había incumplido el voto.

La tercer semana de silencio se completó sin sorpresas de último momento, y fue así como la primer experiencia de mounam de Mataji, fue mucho más larga de lo que ella misma hubiera jamás esperado.

 

planetas

 

Auto-control

El hecho de que hablar sea tan fácil y tan natural, hace que uno diga cosas aún cuando sean innecesarias u obvias. Es más, quien habla poco es generalmente considerado un poco ‘raro’, como si tuviera algún problema.

Es posible que en algunos casos el silencio de una persona se deba a timidez, indiferencia o mal humor, y en eso se distingue de la práctica espiritual del silencio, que es siempre consciente y una forma de auto-control.

En relación a esto, Swami dice: ‘Casi todos chismorrean en algún momento u otro. Puede que no pienses en ello, pero el chismorreo es como una droga. Es adictivo y lleva tu conciencia hacia abajo. Influye sobre otros para que tengan malos sentimientos por tus semejantes y trae mal karma al que chismorrea y también al que escucha’.

 

Además de lo negativo de herir con la palabra, ya sea directa o indirectamente, Swami siempre hace hincapié en el hecho de que hablar de más crea, tarde o temprano, malentendidos. Esta idea no está, por fuerza, en contradicción con la máxima que dice que ‘hablando la gente se entiende’.

Swami no reniega de la comunicación, pero su postura es que hablando lo necesario es más que suficiente.

 

Ante la pregunta de ‘¿Por qué no es bueno hablar demasiado?’, Swami, con su particular estilo, dice:

‘¿Tengo que hablar mucho acerca de no hablar? Es mejor si os aconsejo alguna manera práctica para ayudaros a estar en silencio interior… Os daré una práctica sencilla. Fijad una cierto tiempo – digamos una hora cada día – en el que tan sólo hablaréis lo que es absolutamente necesario. Durante este tiempo, observaos muy cuidadosamente. Poned atención en cada sílaba que sale de vuestra boca. Puede que al principio no sepáis qué decir y qué no decir, pero a medida que pase el tiempo mejoraréis.

Tal vez preguntéis, ¿por qué no simplemente permanecer en silencio? Eso es fácil, ¿no es verdad? Podéis decir que no hablaréis en absoluto durante una hora, pero para ello no se necesita mucho auto-control. Cuando abrís la boca causáis problemas a vosotros mismos y a otros. Que esta práctica se convierta en un hábito. Encontraréis que podéis controlar más fácilmente vuestra mente y vuestras palabras. Este ‘semi-silencio’ os permitirá controlar las tendencias dañinas de vuestra personalidad y evitar malentendidos con los demás’.

 

silencio hospital

 

Semi-silencio

 

Esta novedosa idea de ‘semi-silencio’, me trae a la mente una graciosa historia que también me contó Nitya Mataji:

Un muchacho decide hacerse monje y entra en un monasterio donde se practica el silencio de manera permanente. Sólo una vez cada cinco años, los monjes tienen la posibilidad de hablar con el director de la orden monástica y decir apenas dos palabras.

 

Luego de los primeros cinco años, el joven pupilo es llamado a la oficina del anciano monje superior, y ante la pregunta, ‘¿Algo para decir?’, da como respuesta, ‘Cama dura’.

Cinco años más tarde, el joven monje es otra vez llamado a la oficina, y consultado por el anciano responde, ‘Mala comida’.

Pasados otros cinco años, el ahora más maduro monje es convocado nuevamente a la oficina y ante la tradicional pregunta, dice ‘Baño apesta’.

 

Finalmente, después de otros cinco años, el ya no joven monje se dirige cansinamente a la oficina del superior y cuando se le consulta si tiene algo para decir, responde secamente ‘¡Me voy!’.

A lo que el anciano monje retruca, ‘Menos mal, ya que lo único que has hecho durante los últimos veinte años es quejarte’.

 

Las moralejas que se pueden sacar de esta parábola-chiste son diversas, pero la que me interesa aquí es la referida a elegir las palabras. Si uno práctica este ‘semi-silencio’ que aconseja Swami, debe tener mucha atención para elegir sus palabras, y desechar todo lo que es innecesario. En cinco años, el monje tuvo tiempo de pensar muy bien lo que iba a decir, y de hecho con tan sólo dos palabras pudo expresar muy bien lo que sentía.

 

Más allá de si estaba equivocado o no (o de si espero demasiado para tomar la decisión final), es evidente que con muy pocas palabras alcanzaba para comunicarse.

 

monje

 

Camino 

 

A decir verdad, personalmente no practico tanto el silencio como debiera. En el pasado, he tenido la oportunidad de hacer mounam, en diferentes ocasiones.

En el Sri Premananda Ashram, en ciertos periodos, incluso aunque uno no lo busque expresamente, no hay otra opción que estar en silencio, ya sea porque hay muy pocas personas con quien hablar o porque la actividad que uno realiza se hace de manera individual, sobre todo en épocas de pocas visitas.

Por otro lado, hacer silencio en un retiro espiritual, de meditación, o de yoga, es algo bastante normal y la atmósfera ayuda a que se convierta en una práctica llevadera, ya que todos están en la misma situación.

Por el contrario, hacer silencio en la vida cotidiana es a veces imposible, sobre todo si uno tiene que trabajar. De allí que el ‘semi-silencio’ sea una idea tan buena.

 

En mi caso, siempre me quedarán en la memoria mis primeras veinticuatro horas de mounam, realizadas en, lo que podría definir, como la línea entre la vida cotidiana y el retiro espiritual.

No fue en la India, sino en pleno Camino de Santiago, ya bastante cerca de la meta, en Galicia.

 

El Camino se trata, en gran medida, de un retiro espiritual, y ser un peregrino implica adoptar, a veces, actitudes ‘exóticas’; de manera que estar en silencio es bien comprendido en ese contexto. A la vez, el Camino transcurre por el mundo normal, donde hay personas y situaciones que hacen una vida cotidiana y uno debe interactuar con ellas. En este último punto, estar en silencio es ‘anti-natural’.

 

Para evitar preguntas, y sobre todo explicaciones que no podía dar, me colgué un cartelito que decía, en español e inglés, ‘Estoy en silencio’. Entonces partí.

 

camino de santiago

 

Practicidad

 

El primer detalle es que hay que estar muy atento para no hablar. Aunque uno esté sólo, caminando en medio del bosque, le quieren salir canciones, exclamaciones o los típicos diálogos con uno mismo.

Si uno está acompañado, entonces ya es más difícil, claro. Hay detalles prácticos ha tener en cuenta. Ante cada saludo que recibía (y en el Camino uno recibe muchos, ya sea de otros peregrinos o de las gentiles personas del lugar), tenía que responder con la mano o la cabeza.

Probablemente en más de un caso habré pasado por antipático o maleducado; aunque muchas veces mostrar el cartelito me simplificaba las cosas.

 

Algo difícil, y también cómico, fue conseguir mi comida de ese día. Entré a una despensa del Camino, y tuve que ir señalando distintos productos (pan, queso, fruta) al señor de la tienda, que gentilmente me siguió el juego y me ayudó bastante.

Si yo señalaba una barra de pan, él decía ‘¿Cuántas?’, y yo levantaba un dedo de la mano.

Si yo señalaba el queso, él decía ‘¿Cuántas lonchas?’, y yo abría toda la mano, y así con todo…

 

No todos eran tan comprensivos, o al menos no a todos les quedaba tan claro lo que yo estaba haciendo. Recuerdo un bonachón peregrino italiano de Bolzano, con quien me encontré recargando agua en una fontana, y con su marcado acento alemán me empezó a hacer preguntas. Yo me limitaba a mirarlo con cara de circunstancia. Luego le mostré el cartel, y entonces me empezó a hablar más alto, casi gritando. Más tarde, en otra parada, nos volvimos a encontrar y ¡una vez más me hizo las preguntas de antes! Me parece que el cartel en este caso no fue efectivo.

 

Al llegar al pequeño pueblo gallego de O Cebreiro me dirigí al albergue de peregrinos, allí la hospitalera me recibió muy bien y también con algunas  preguntas; enseguida le mostré el cartel y para mí sorpresa ella dejó de hablarme instantáneamente. De ahí en más, me guió a mi cama sólo con señas y gestos, como si mi silencio fuera contagioso.

 

Ya instalado, me dirigí a la despensa del pueblo y después de mostrar el incansable cartelito al tendero, le escribí en un papel, ‘IINTERnet?’, tratando de averiguar si podría comunicarme al menos de manera digital. El hombre me miró y con cara de confusión dijo, ‘INTERrumpo?’.

Que mi caligrafía no es buena, es vox populi, pero nunca creí que fuera para tanto.

 

O cebreiro

 

Inerme

 

Todas estas anécdotas, no son más que eso. Sin embargo, las enseñanzas importantes y profundas que me quedaron de aquellas experiencias de silencio fueron otras:

Por un lado, lo ya dicho, la gran atención que requiere el no emitir palabra alguna.

Por otro lado, al no poder hablar me sentía inseguro, me sentía inerme. Sentía que me faltaba algo y al ver que se acercaba alguna persona me daba una mezcla de angustia y temor, ya que no podría responder con las mismas armas.

Era como si estuviera en una batalla y fuera el único que no tiene armadura.

 

Esta sensación de vulnerabilidad creo que estaba relacionada con el hecho de quedar mal, o quedar como ‘raro’, al no responder. Es decir, me hacía poner en el tapete el aspecto del ‘qué dirán’ los demás.

O sea, el no hablar en sí mismo no era un problema, pues podía continuar con normalidad la vida (comer, alojarme, caminar), pero me influía el aspecto de la ‘imagen’. Yo, interiormente, consideraba que mi práctica de ese día era correcta y la hacía con devoción; sin embargo, me inquietaba lo que pensarían los demás ante esa actitud extraña para ellos.

 

Por ende, la práctica del silencio no sólo fue un ensayo de auto-control, sino también de entrega a la situación y de auto-confianza.

 

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Salir

 

Gandhi decía que ‘más difícil que ayunar es salir del ayuno’. Siguiendo la idea, se podría hacer una analogía con el silencio.

Se trata siempre de pasar de un estado a su contraparte, y si uno no mantiene el espíritu observador puede saltarse al otro extremo.

Después de pasar todo un día en silencio, uno acumula tantas cosas no dichas en la cabeza que quiere pasarse el día siguiente hablando. Así como le dan ganas de atracarse de comida después de un día de ayuno.

Evidentemente, esa no es la actitud justa.

 

Después de las tres largas semanas de silencio ya relatadas, Nitya Mataji tuvo dificultades para volver a hablar, ya que se había acostumbrado a estar en silencio.

Yo mismo, después de ese día callado, tuve que hacer un pequeño esfuerzo para decir ‘Buenos días’ por la mañana siguiente.

 

Swami dice, ‘Finalmente comprendemos que hablando meramente nada va a suceder. Es por esta razón que los sabios espirituales, los santos, y las personas divinas decían que estar en mounam es el camino más elevado. Ellos alcanzaron la liberación practicando mounam. Entonces se olvidaron de cómo hablar. Estaban tan inmersos en la experiencia que sentían practicando mounam que no hablaban para ayudar a que otros entiendan. Dejaron de hablar e incluso se olvidaron de cómo hacerlo…. Hubo muchos sabios que vivieron así’.

 

En antiguos posts de este diario se pueden encontrar breves relatos de algunos ejemplos de santos silenciosos: el gran Ramana Maharishi en ‘Tiruvannamalai’ y la santa de Haridwar, Sarveshwari Maa, en ‘La puerta a Dios’.

 

siddha

 

No obstante yo todavía no me olvidé de cómo hablar, creo que la práctica espiritual de estar en silencio es de gran ayuda.

De seguro es una experiencia para probar, que sin dudas nos muestra puntos de nuestra personalidad que quizás no teníamos tan identificados.

 

Muy bien, ahora me callo.

En el año 1998, Swami Premananda fundó la Juventud Premananda.

Como lo anticipa el nombre, la Juventud Premananda vendría a ser la rama juvenil de la misión espiritual de Swami, que se podría definir como un grupo juvenil y espiritual, inspirado en la vida y enseñanzas de su creador.

 

Se trata de un grupo totalmente abierto a cualquier persona, y a pesar de que algunos de los conceptos y prácticas del grupo parezcan muy relacionados con el Hinduismo, la esencia de la enseñanza tratada tiene su base en verdades y valores universales que han sido dictados por santos de todas las épocas.

 

En palabras de Swami: ‘La razón para crear grupos juveniles es mostrar qué es la felicidad real; ser amorosos con todos; ser humildes; ser pacientes; entender la situación de cada uno; debatir buenos temas; desarrollarnos en espiritualidad; tener un buen corazón; y expresar todas estas cualidades a los demás’. 

 

Contacto

 

Cuando yo entré en contacto por primera vez con Swami Premananda, y con su único Centro oficial en Argentina, alrededor del año 2000, la Juventud Premananda ya estaba en marcha. Junto con mi hermano Rakhal, y otros pocos jóvenes que asistíamos a las reuniones del Centro de Villa Carlos Paz, oíamos encantados las historias de las actividades que estos grupos juveniles llevaban a cabo en Europa.

 

Si mi memoria no se equivoca, fue recién en el año 2004 que se realizó la primera actividad oficial de la Juventud Premananda de Argentina. Se trató de un ‘mercado indio’, en que mostrábamos distintos aspectos de la India, como comida, ropas, charlas explicativas, danza, canto, etc.

Desde entonces, la Juventud Premananda de Argentina ha seguido firmemente su marcha.

 

Personalmente, sin embargo, yo hice un cambio de rumbo, de manera literal, y en el año 2005 viajé a Europa en busca de una experiencia que venía posponiendo hacía tiempo, y en la que incluso Swami Premananda me había aconsejado.

Más allá de los temores normales de cambiar de vida, de tierra y de compañía, tenía ante mí ciertos obstáculos prácticos relativos a burdas cuestiones burocráticas, que me impedían trabajar o hasta permanecer largo tiempo en el Viejo Continente.

 

Fue gracias a la intervención de una devota de Swami Premananda, que entré en contacto con una miembro de la Juventud Premananda en Italia, quien me ofreció (junto con su madre, también devota de Swami) muchas facilidades para empezar la nueva vida.

Estando ya en Italia, tuve la chance de asistir a mi primer encuentro europeo de la Juventud Premananda, en Holanda, y así empezar a conocer y disfrutar de algo que desde hacía años deseaba.

  

europa map

 

Encuentros

 

El hilo conductor de la Juventud Premananda también guió mis siguientes pasos europeos, cuando al mudarme a Londres por unos meses necesitaba un lugar para vivir.

Gracias a una joven devota inglesa, conseguí una habitación en una tranquila casa, que a la sazón se convirtió en mi ‘familia’ adoptiva.

 

Si en Italia había entrado en contacto con la Juventud, en Londres me involucré mucho más, pues el grupo londinense era muy activo y había reuniones periódicas.

A esto se sumó mi asistencia a los encuentros europeos de los jóvenes Premananda.

 

Dichos encuentros suceden dos veces al año, en el verano boreal (agosto) y el invierno boreal (diciembre). En general se puede decir que estos encuentros juveniles son de una duración de cinco a siete días y tienen lugar en diferentes países de Europa, que van rotando cada año.

El país organizador se encarga de encontrar algún buen lugar para alojarse, que incluya contacto con la naturaleza, espacio propio para las actividades grupales, y la posibilidad de hacer servicio social.

 

En el pasado, en más de una ocasión se consiguió algún alojamiento a través de un organismo oficial (por ejemplo, el ayuntamiento), a cambio del servicio social de los jóvenes Premananda (por ejemplo, la limpieza de las calles del pueblo).

En otras ocasiones, son los jóvenes quienes deben pagar todos los gastos, pero siempre se intenta que sean bajos, pues muchos de los asistentes son estudiantes o menores, que deben ya de por sí hacer un viaje relativamente largo.

 

En su origen, la Juventud Premananda había puesto unos límites de edad, que luego fueron derribados por Swami mismo, al decir que ‘todo aquel que se sienta joven en el corazón puede participar’.

De hecho, en muchos de los encuentros juveniles hay adultos que participan, aunque sólo sea por una sola jornada; y en muchos casos, son devotos adultos los que brindan mucha ayuda organizativa, sobre todo para preparar las comidas.

  

Prema Youth service group

 

División

 

Swami Premananda siempre hace hincapié en la importancia de dar servicio desinteresado a los demás, y él como ejemplo, es fundador de un gran orfanato y otros proyectos caritativos.

Siguiendo este idea, en el año 2005 se creó el Servicio Juvenil Prema, la rama de servicio social para jóvenes.

 

Si bien nace de la misma semilla que la Juventud Premananda, el Servicio Juvenil Prema se focaliza únicamente en cuestiones relativas al servicio desinteresado y el voluntariado.

La Juventud Premananda, en cambio, tiene un espectro más amplio que también incluye prácticas espirituales como los cantos devocionales y los rituales tradicionales de la India.

 

Evidentemente, para muchos jóvenes occidentales no es siempre viable acercarse a cuestiones ‘ajenas’ como las prácticas espirituales de la India. Por otro lado, hay jóvenes que no están interesados en ningún tipo de enseñanza espiritual y que no quieren ni oír acerca de los devaluados conceptos de Dios o religión.

Sin embargo, muchos de estos jóvenes siguen teniendo un gran interés social, y una gran pasión por ayudar a la humanidad.

Es por ello, que se creó el Servicio Social Prema, para diferenciarlo de la rama más espiritual, que sería la Juventud Premananda.

 

Si bien al inicio los miembros de ambos grupos puede que sean las mismas personas, con el tiempo se hace una diferencia.

De hecho, en los últimos años, se ha comprobado con las experiencias de los grupos juveniles alrededor del mundo, que se acercan más personas nuevas para visitar el hogar de ancianos del barrio, que para el ritual tradicional de una estatua.

Lo cual, de hecho, me parece muy natural. Y veo muy positivo, de todos modos, que tantos jóvenes estén interesados en el servicio desinteresado.

 

Justamente uno de los grandes objetivos del Servicio Juvenil Prema es ‘hacer que más jóvenes experimenten la felicidad que nace de dar servicio y vincularlos con otros jóvenes de la misma mentalidad’.

 

Prema youth service cleaning

 

Conferencia

 

En el año 2008 la Juventud Premananda cumplió diez años de vida y hubo una gran Conferencia Internacional en Bélgica, donde asistieron devotos y amigos de todas partes de Europa.

En febrero de 2009, se llevó a cabo una Conferencia Juvenil Internacional en el Sri Premananda Ashram de la India.

Allí hubo tres días de actividades espirituales que estuvieron a cargo de los diferentes grupos juveniles del mundo.

 

Como ya dije en un post anterior, la espiritualidad en general da la posibilidad de satisfacer ciertos deseos o aspiraciones mundanas, pero a través de una forma más simple y útil.

Para algunos, este sublimar espiritual es la única forma posible de poner en práctica ciertos anhelos oxidados; para otros, que ya lo hacen en la vida diaria como profesión, es una forma de llevar su experiencia a campos más fructíferos, desde el punto de vista espiritual.

 

Sea cual sea el caso, esta posibilidad de sublimación, específicamente con la Juventud Premananda, es muy grande en una Conferencia, pues hay una gran cantidad de eventos y cada país o grupo se hace cargo de alguna actividad.

 

Justamente en febrero 2009, yo llegaba al Ashram junto a Nuria, muy sobre la hora, y teníamos sobre nuestros hombros la responsabilidad de preparar algún tipo de actuación.

 

Danza

 

Puede ser que escribir se me dé bien, pero para las artes escénicas en general, tengo pocas dotes.

Por suerte, en el Ashram estaban mi hermano Rakhal y su novia Celia, que equilibran la balanza familiar con su talento.

De hecho, al haber llegado antes, ellos ya habían preparado y ensayado una danza y coreografía, que estaba destinada al éxito.

Cabe decir aquí, que estamos hablando de dos profesionales de la danza y el teatro, y no de dos improvisados, como éramos los recién llegados.

 

Teniendo en cuenta que la Conferencia de este año tenía un tinte ‘ecológico’ y como eje principal estaba la idea de cuidar nuestro mundo y medio ambiente, la danza versaba sobre ello.

La canción escogida era en idioma Tamil, del sur de la India, y pertenecía a una película estilo Bollywood.

El estribillo decía algo así como ‘nuestra casa es el paraíso, limpiémosla’. Estas palabras venían perfectas si estábamos hablando del Sri Premananda Ashram, y si la audiencia principal eran los cientos de niños del orfanato y la escuela Premananda.

 

En palabras de Rakhal, ‘la idea era la de comunicar el mensaje de mantener nuestro lugar limpio, pero de una manera divertida y atrayente para los niños’.

 

Para cumplir con la primera premisa, se recurrió a una introducción explicativa para subrayar lo negativo de ensuciar. Fue aquí donde entramos en acción Nuria y yo.

No había necesidad de hablar, pues el texto era leído en off (en inglés y tamil), y tampoco había que bailar, sólo representar, con algo de estilo de mimo, a alguien que ensucia y a otro que limpia, hasta que el primero se da cuenta de su error.

 

Luego venía la danza tan arduamente preparada. Para cumplir con la premisa de ‘divertir y cautivar’, Rakhal decidió incluir una sección de ‘lucha danzada’, en la que al ritmo de la música los bailarines representan una batalla estilo karateka (patadas y puñetazos), y en la que el vencedor es obviamente aquel que defiende la limpieza y el reciclaje, sobre aquel que ensucia.

Para los niños indios, este momento de la actuación, que mezclaba baile con lucha, era la cúspide.

 

danza

 

Éxito

 

De hecho, la danza fue un gran éxito en general, y todos fuimos felicitados, incluso los que, como yo, habíamos hecho menos.

La preparación total de la danza, con todos sus detalles, había implicado prácticamente un mes, y no era de sorprender que el resultado fuera tan bueno, sobre todo porque estaba a cargo de profesionales.

 

La cuestión es que el furor por la actuación fue tal, que Swami Premananda, de visita en el Ashram, pidió que se repitiera la danza por la noche, ya que por la mañana él no había podido verla.

Cualquier aplauso, cualquier reseña en el mejor periódico, cualquier estatuilla dorada con alfombra roja, no se puede comparar al pedido de tu Gurú para que actúes delante de él (o para que cantes, bailes, o simplemente estés delante de él).

 

Una vez más, los espectadores estuvieron muy contentos con la danza y la crítica unánime de los niños del Ashram, en su particular inglés, era, ‘¡Super dance!’.

Swami Premananda en el Ashram, febrero 2009

Swami Premananda en el Ashram, febrero 2009

 

 

‘Nunca antes’, dijo mi hermano, ‘en toda mi historia sobre las tablas, me han aplaudido tanto’.

 

Esta es la resumida historia de cómo yo, conocido desde siempre por mis dotes de bailarín como ‘Cintura de Roble’ y también ‘Piernas de madera balsa’, logré el éxito y la fama en una calurosa noche del sur de la India.

 

Todo gracias a una genial coreografía hecha por mi querido hermano; gracias a la infinita inocencia de los niños del Ashram; gracias a las bendiciones de mi Gurú…

 

Y, sobre todo, gracias a la Juventud Premananda, guía infalible de cómo hacer de la espiritualidad una actividad divertida, que además te llena de gozo, para siempre.

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