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Los seguidores del blog habrán notado que por tercera vez en un mes, aparece la ciudad de Bombay/Mumbai como eje temático. Los seguidores, también habrán notado que en las dos entregas anteriores el tono general era más bien alicaído, ya que mi interés por estar en la ciudad era muy poco, y sólo esperaba tomarme el avión de regreso a casa.

He contado mi llegada a la India a través de Bombay, y he contado mi regreso a la ciudad más poblada del país, para enfrentarme a una forzada estadía de una semana. Al decir de un lector, “he dado muchas vueltas” con el texto, para finalmente no decir casi nada, más bien sensaciones, y pocos hechos.

En esta última parte de mi experiencia con Mumbai me propongo contar brevemente lo sucedido en aquella estadía hebdomadaria, que por más banal que sea, dará un esperado cierre a este tema, tanto para mí como para los lectores.

Slum

Ya ha sido dicho que Bombay es la capital comercial y financiera de la India. Como pasa en las grandes urbes, los contrastes son grandes. Los hombres más ricos de la India residen allí; el motor económico del país se mueve desde allí; el flujo migratorio hacia allí es permanente en busca de crecimiento económico… a su vez, alrededor del 60% de la población de Mumbai vive en “slums”.

Uso la palabra inglesa “slum”, porque no sé bien cuál es el término justo para describirlo en castellano. Por un lado, en Argentina se podría traducir como “villas miseria”, o cruzando la frontera se podría usar la tristemente universal palabra brasilera, “favela”. Por otro lado, cuando uno busca en el diccionario se encuentra con palabras como “chabola” y “pocilga”.

Por algún motivo, el título de la película ganadora de tantos Oscars en 2009, “Slumdog Millonaire”, generalmente no fue traducido en los países de habla hispana. El término “slumdog” se podría traducir como “perro de chabola”, que es una forma despectiva de llamar a los habitantes de los “slums”. Se ve que el problema de traducción era más resoluble dejando el título original (de hecho, en Italia la película se tituló como “Millonaire”, a secas).

La dificultad de encontrar un término exacto no es sólo idiomática, sino cultural. Es decir, lo que en Occidente se considera una “chabola”, no es siempre equivalente en la India, donde el nivel de confort y riqueza es mucho más bajo.

Cuando leo una estadística como la de más arriba me parece terrible, a la vez que trato de buscarle algo de relatividad, como para poner en contexto esos números y entenderlo desde varios puntos de vista.

Como es lógico en un turista, durante mi estadía en Bombay no fui mucho más allá de las zonas preparadas para ese fin. Es decir, no me metí en Dharavi, el segundo “slum” más grande de Asia, por ejemplo. Por otra parte, para descubrir el contraste social y económico de una ciudad no hace falta investigar demasiado; en todas las grandes ciudades éste se deja ver de alguna forma, y con más razón en la India, donde las condiciones de vida son, para el ojo occidental, mucha veces inadmisibles.

Saliendo de la zona central, hacia la periferia, especialmente en el largo camino al aeropuerto, pude ver muchas “chabolas”, o en realidad, personas durmiendo prácticamente en la calle con una chapa o cartón como techo. Nada que no haya visto en otros lugares, pero a mayor escala, como todo en la India. Dicen que después de mi viaje en 2003, el ayuntamiento de Bombay “limpió” esa imagen. Los turistas, por supuesto, agradecidos.

Puerta

Hablando de turismo, la ciudad tiene algunos atractivos que, por si hace falta repetirlo, a mí mucho no me interesaban. Pero visto que tenía una semana de espera, decidí salir a recorrer.

El primer lugar de visita es obligado: la Puerta de la India. Se trata de un monumento en forma de arco construido para conmemorar la visita del rey británico George V en 1911. De todos modos, la puerta fue recién terminada e inaugurada en 1924. La puerta tiene veintiséis metros de alto y la intención era convertirla en la primera vista que tuvieran los visitantes al llegar a la ciudad.

Efectivamente, la vista de la Puerta desde el agua, junto al lujoso hotel Taj Mahal, son una imagen icónica que se repite sin cesar en cada postal. De todos modos, vista desde tierra y de cerca, la puerta no presentó gran atractivo para mí, aunque admito que con este espíritu simplificador el Arc de Triumph y el Arco de Tito,  también se podrían considerar apenas como dos arcadas.

Otro icono de la ciudad es Victoria Terminus, cuya construcción data de fines del siglo XIX, con un diseño gótico que presenta algunas similitudes con la estación londinense de Saint Pancras, donde se filmaron algunas escenas ferroviarias de la saga de Harry Potter.

La estación de Victoria Terminus todavía es el cuartel general de los Ferrocarriles Indios Centrales, aunque su nombre oficialmente haya cambiado en 1996 al de Chatrapati Shivaji. Este cambio sigue la tónica de renombrar ciertos lugares con antiguos nombres indios, en contraposición a las designaciones heredadas de la colonia británica; tal es el caso de la colonial Bombay vs. la moderna Mumbai.

Además de estos iconos, uno de mis lugares frecuentes fue el Oval Maidan, un gran parque con forma ovoide, que tiene propósitos meramente recreativos y que para mí era un oasis en la gran metrópolis india. Allí, sentado bajo la escueta sombra de las palmeras, yo dejaba correr el tiempo pasivamente; quizás justamente por ello, el tiempo más bien caminaba y mis horas se hacían más largas de lo usual.

Uno de mis entretenimientos en aquellas horas muertas era comer trozos de fruta que eran vendidos en unas canastita de hojas, y que traían sandía, papaya, banana e incluso remolacha y pepino.

Pero mi principal entretenimiento era ver cricket.

Cricket

¡Como habré estado de aburrido para entretenerme con el cricket! Saben de qué hablo, ¿verdad? Ese juego que parece béisbol (baseball) pero es todavía más estático. La idea es siempre la de pegarle a la pelota con una especie de bate, que en este caso es plano (como un remo sin el mango), pero de pique al suelo. Para ser sincero, no conozco las reglas y mi análisis es más bien sesgado, pero no me puedo resistir. Ahí vamos:

En el cricket, los test matches (que viene a ser los grandes partidos) duran días enteros. Eso da una idea de lo lento que es este juego. Otro síntoma de la duración y el aburrimiento del cricket, para mí lo demuestra el hecho de que gran parte de sus jugadores tengan que llevar sombreros estilo panameño para cubrirse del sol. No para cubrirse del reflejo del sol en los ojos, o para evitar que el cabello caiga sobre los ojos, como en otros deportes, sino un sombrero pura y exclusivamente para evitar que la exposición solar después de tantas horas deje secuelas. De hecho, los jugadores de cricket se ponen protector solar en el rostro.

Desde mi punto de vista, ningún juego y/o deporte divertido puede implicar jugadores con sombrero, crema solar en el rostro y manos cruzadas atrás de la espalda, esperando por horas que una pelota se digne a llegar hasta su zona de injerencia.

Para apoyar mis ideas radicales, hay una película canadiense llamada “La gran seducción” (La grande séduction, en francés original), en la que los habitantes de una minúscula isla necesitan los servicios de un médico permanente. Para convencerlo de quedarse, entre otras cosas, los isleños inventan un equipo de cricket y se hacen pasar por apasionados de ese deporte, del cual desconocen todo.

La escena que resume el esfuerzo de la población se da cuando en el televisor del único bar todos simulan ver un anodino partido de cricket; en un momento dado, el doctor, único interesado, se va al lavabo, y entonces los isleños aprovechan para cambiar al partido de hockey sobre hielo, que con su fricción y velocidad les hace volver la pasión al punto de gritar efusivamente un gol. El doctor, escuchando los alaridos, y a mitad de su trámite urinario, se desespera por volver a la sala, para conocer el motivo de tal euforia.

Así, mientras el doctor regresa jadeante al grito de, “¿Qué pasó?, ¿qué pasó?”, el canal es cambiado de nuevo, y todos los espectadores se limitan a mirar desilusionados la partida de cricket, sin poder siquiera inventar una mentira creíble sobre la inexistente pasión del cricket.

Conversión

Obviamente, estoy hablando con una mentalidad totalmente estrecha, criado bajo la égida del fútbol. Con argumentos diferentes pero conclusiones similares, los norteamericanos consideran al fútbol como aburrido (porque puede terminar sin puntuación, es decir 0-0) y tendencialmente femenino (la selección de fútbol femenino de USA ha salido dos veces campeona mundial, a diferencia del combinado masculino).

Con este ínfimo ejemplo, entiendo que mi opinión sobre el cricket está muy parcializada. Conozco a Prem, un joven holandés con ascendencia india, que fue criado en Europa y ahora vive en el Sri Premananda Ashram de la India. Él es el propulsor del fútbol entre los niños del orfanato y la escuela del Ashram. Sin embargo, cada nuevo año que lo visito, lo veo más interesado en el cricket, deporte nacional por excelencia en la India. Ante mis reproches, él explica que una vez que se comienzan a entender las reglas, la opinión sobre el juego cambia. Él también, me dice, pasó del escepticismo total al interés redoblado.

¿Qué decir? En una tierra de fe como la India, hasta creo en milagros de cricket.

Regateos

Además de los partidos de cricket, mi esparcimiento fundamental en aquellos días fue salir de compras. En realidad, salir a mirar, sopesar, regatear, y con mucha suerte, comprar.

Por un lado, era la oportunidad perfecta para comprar algunos regalos, ya que el tiempo me sobraba, tanto como los vendedores. Al estar en zona turística, las ofertas eran permanentes y variadas. En las jornadas en que me sentía más fuerte, salía rumbo a los puestos y empezaba a comparar, regatear y luchar por objetos que me interesaban.

De esta manera, me probé muchas remeras con deidades hindúes estampadas, y finalmente traje unas cuantas; compré porta-inciensos y cajitas de colores. Pase muchas horas negándome a pagar altos precios por bolsos, que los vendedores exaltaban recalcando que eran de “cuero de camello”. Me encontré con un vendedor de tambores, a quien había conocido en otra parte de la India, y que aquí como allí, volvió la carga.

Yo me quejo del acoso de los vendedores, pero no debe haber peor cliente que yo mismo en aquella época. No es que ahora sea un gran comprador, pero en aquel entonces, regatear se había convertido en un acto reflejo. Podía pasarme media hora regateando, para luego irme y volver al día siguiente a empezar de nuevo. Todo esto por quince rupias, que a mí no me cambiaban en nada.

En este sentido, conozco otros casos, más o menos cercanos, que sufrieron el mismo síndrome, pero no por ello me alivio.

Caracolas

El paradigma de esta “fiebre de regateo” llegó con el tema de las caracolas. Sobre todo porque al tomar el avión de regreso a Argentina, mis padres me habían dejado un encargo ineludible: comprar una caracola sagrada.

Explico: Desde tiempos inmemoriales, la caracola de mar (conocida como Shankha en sánscrito) es considerada sagrada por el Hinduismo, y más tarde por el Budismo. Específicamente, se trata de una caracola más bien alargada y puntiaguda, de base ancha, típica del Océano Índico y mares adyacentes, de color claro y textura porcelanosa en su interior.

En el Hinduismo, la caracola es uno de los atributos del dios Vishnu, además de ser la morada de su consorte, la diosa Lakshmi. En la antigüedad, la caracola fue usada como trompeta de guerra, y a día de hoy se continua usando como trompeta, aunque con fines religiosos. Para el uso musical es generalmente necesario hacer un agujero en la base de la caracola, que a la sazón produce una nota sonora invariable, monótona pero penetrante y profunda.

Asimismo, otro de los usos de la shankha es el de herramienta para el tradicional ritual llamado abishekam. Abishekam se llama al baño ritual que se realiza con agua a estatuas o imágenes sagradas. En estos casos, la forma más auspiciosa de verter el agua sobre la imagen es con una caracola sagrada. Justamente para este fin era que mis padres me habían pedido comprarles una.

En realidad, para que una caracola sea considerada verdaderamente sagrada tiene que tener un detalle más: la dirección correcta de crecimiento. Es decir, la forma en que nace su curva desde la base, que puede ser siguiendo las agujas del reloj o en su contra. Vista con la apertura hacia arriba, la caracola que tiene un crecimiento en contra de las agujas del reloj (empezando hacia la derecha) posee una apertura hacia la derecha. Estas caracolas son consideradas sagradas.

Y parte de ello se debe a que son una especie muy rara de encontrar, pues la mayoría de las caracolas tienen una espiral de crecimiento hacia la izquierda, que se deduce también en una apertura final hacia la izquierda.

En el caso de las caracolas sagradas, que la apertura esté a la derecha es consecuente con la idea, tanto hinduista como budista, de que el lado derecho es la representación de lo noble y lo puro.

Negociaciones

En Mumbai, mis negociaciones por conseguir una buena caracola no fueron fáciles; después de todo son sagradas. Una vez cumplida la fase de mi estudio de mercado inicial me encontré con que solamente había dos puestos callejeros de venta de caracolas. Al menos en el itinerario turístico que yo manejaba. La otra opción eran las tiendas, pero los precios eran más altos.

En mi primera visita, recorrí los puestos haciéndome el desinteresado y pregunté al pasar algunos precios, desdeñándolos, por supuesto. Al siguiente día, y a pesar de mi fingido desinterés, los vendedores ya sabían que era presa fácil, pues un potencial cliente que vuelve es, para ellos, un cliente seguro. De la misma forma que, se dice, los perros huelen el miedo; los vendedores de caracolas notaban mi interés hasta en la forma de caminar.

Yo me sentía en inferioridad, pero decidí luchar. Un día me levanté determinado a terminar con la agonía y fui directo a un puesto de venta. Los precios me parecían altos y el tamaño de las caracolas pequeño. Entonces me trasladé al segundo puesto, ubicado a unos treinta metros. Cuando empecé a pedir mejores precios y grandes caracolas, ¡me empezaron a traer la mercancía del primer puesto!

Hasta el día de hoy no entiendo la forma en que los indios manejan sus sociedades de negocios, ¡pero lo seguro es que a mí no me convenía! Me puse duro, y entonces me prometieron caracolas más grandes para la tarde.

Ya por la tarde, las caracolas era más grandes, aunque tampoco demasiado, y los precios eran los mismos. Yo seguía luchando, a sabiendas de que tendría que rendirme en algún momento. Viendo mi indocilidad transaccional, uno de los vendedores (porque esto era una lucha desigual…) puso en el tapete una oferta especial: una pequeñísima caracola que se agregaba a la grande, con sólo un leve cambio de precio.

Además de la caracola grande, para mis padres, yo también necesitaba una pequeña caracola para mis futuros y simples abishekams a la reciente estatuilla de Ganesha, que me había sido dada por Swami Premananda. En ese contexto, la introducción de la oferta fue, para mí, el momento de quiebre, y desembolsando más de mil rupias, que todavía un poco me duelen, me llevé lo que necesitaba.

Visto en retrospectiva, no fue un negocio tan malo, pues las dos caracolas siguen en uso permanente, por lo que ya amortizamos su precio; sumado al hecho de que siguen sanas y tan sagradas como el primer día.

Paces

Debido a la eterna y ubicua verdad de que “uno siempre quiere lo que no tiene”, yo me pase una semana en Bombay, queriendo volver a Argentina. Muchas veces más tarde, recordando esos días, se me ocurrieron ideas y planes para llevar a cabo, y por ende deseé estar de vuelta en la ciudad más grande la India.

Desde lejanos ordenadores, muchos amigos veían lucidamente la situación, mientras me aconsejaban y hasta regañaban por no aprovechar el momento. Yo, en algún punto, también lo veía claro, pero en el fragor de mi victimismo, era incapaz de revertir la tendencia de mis atávicos hábitos.

Muchas otras veces, en lugares y situaciones menos lejanas o exóticas, la misma escena se sucedió. Me gusta creer que con los años voy aprendiendo la lección, y que en la próxima oportunidad pasaré la prueba. Hasta entonces no podré saberlo.

Lo único seguro es que, tarde o temprano, tendré que regresar a Bombay, para amigarme con mi recuerdo.

Poco tiempo después de publicar el libro “Diario de viaje espiritual de un hijo de vecino” en diciembre 2009, noté que el trabajo como escritor no implicaba solamente escribir. También incluye las no siempre gratas tareas de distribución, difusión, presentación, publicidad y venta.

Como dije en un post de hace pocas semanas (El blog en los medios), la publicación del libro y el proceso subsiguiente se han convertido, para mí, en un ejercicio espiritual.

Viéndolo justamente desde la óptica espiritual, todo lo que acarrea la creación del libro me sirve para desarrollar aptitudes que a fin de cuentas son necesarias para ser más feliz, como por ejemplo, paciencia, tolerancia, auto-confianza, aceptación de las críticas y libertad interior, entre otras.

Auto-ayuda

En una de mis visitas a librerías, con la intención de dejar algunos ejemplares del libro para la venta, la chica que me atendió me preguntó “de qué se trataba el libro”. Brevemente expliqué que se trataba de mis experiencias de viaje por la India, haciendo hincapié en la filosofía espiritual de aquel país, aunque siempre con la perspectiva de una persona común, de cualquier hijo de vecino.

Sin dudarlo, la chica entonces concluyó: “Aah, o sea, una mezcla de novela histórica con libro de auto-ayuda…”.

Entiendo sin reproches la necesidad que todos tenemos de categorizar lo que vemos o nos pasa. Tratándose del ámbito literario supongo que es todavía más normal, ya que los libros deber ser encuadrados en categorías, aunque sólo sea por cuestiones comerciales.

Sin embargo, la interpretación de la chica sobre el libro no me pareció atinada, al menos en primera instancia.

Desde mi punto de vista, de “novela histórica” el libro tiene poco, ya que este género se basa en tomar hechos reales (históricos) para novelarlos, es decir, adornarlos con detalles literarios y hasta ficcionales, aunque manteniendo la base histórica como argumento principal.

En el caso de mi libro, es verdad que se basa en hechos reales, aunque no estrictamente históricos ya que son contemporáneos, además de auto-biográficos. Asimismo, más allá de los adornos literarios ineludibles, no hay una intención de “novelar” la historia, sino de mantenerla bastante fiel a los originales cuadernos de viaje que le dieron vida. En todo caso, y al menos en este sentido, yo lo consideraría más bien un libro de viajes.

En cuanto a la categoría de “auto-ayuda”, debo decir que al principio me ofendí un poco, ya que este género no está muy bien visto por algunos ambientes literarios (yo incluido, en muchos casos). Por otro lado, un libro de auto-ayuda se supone que es un texto que enseña algo, y en mi caso no tenía la intención de enseñar, sino sólo de contar mi historia.

Sin embargo, después de analizar con detenimiento la cuestión, me di cuenta que la chica de la librería tenía razón: es totalmente un libro de auto-ayuda, porque a la única persona que ayuda es a mí mismo.

Con esto no quiero demostrar cuan ocurrente soy jugando con las palabras, sino que hago referencia a lo que decía más arriba de considerar el libro como un ejercicio espiritual.

Es decir, no sólo me dio la posibilidad de hacer algo que me gusta, escribir, y además sobre la India; sino que ahora publicado, el libro me sigue dando opciones de ejercitar y experimentar las enseñanzas espirituales. Auto-ayuda total.

Equipamiento

Uno de estos recientes eventos de gimnasia espiritual tuvo lugar el viernes pasado, en la cuarta presentación pública del libro, llevada a cabo en un pueblo del Valle de Traslasierra, provincia de Córdoba, y auspiciada por la Municipalidad de esa misma localidad.

En este caso, el lugar indicado era la plaza del pueblo, hogar adoptivo de feriantes y paseo natural para muchas personas, tanto turistas como locales, ya que en el verano (austral) hay una grilla regular de actividades, sobre todo por las noches.

Allí llegamos, junto a Nuria, con una hora y media de anticipación (el evento estaba fijada a las 22hs), con la intención de iniciar los preparativos correspondientes.

Por charlas telefónicas que yo había mantenido durante la semana con la persona responsable, sabía que había programados un espectáculo anterior a mi presentación, y dos espectáculos más tarde, completando así la grilla de 21hs a 24hs.

Fue por ello que me sorprendió encontrar el centro de la plaza totalmente vacío, sin ningún indicio de espectáculos de cualquier índole.

Al encontrar a la persona responsable, ella me confirmó que la actuación temprana se había cancelado. Por ende, todas las preparaciones técnicas debían ser hechas por nosotros.

Ningún problema. Con el coche de mis padres nos dirigimos a un edificio adyacente, en la búsqueda de los equipos técnicos designados para la presentación: parlantes, micrófono, consola de sonido, cables varios…

De regreso a la plaza, descargamos el equipamiento en el medio de la misma, a lo que le sumamos el cañón proyector y la pantalla que trajimos desde la oficina de la Secretaría de Cultura, que estaba ubicada justo enfrente.

Allí estábamos, Nuria y yo, en medio de la plaza, rodeados de equipamiento técnico, abandonados a nuestra suerte. Aquí es bueno aclarar que mis aptitudes como ingeniero de sonido y/o ingeniero audiovisual no han sido nunca destacadas. También es bueno aclarar que yo esperaba una persona que se hiciera cargo de la parte técnica, como había sucedido en otras presentaciones anteriores.

Al acordar telefónicamente los detalles de la presentación, la persona responsable me había preguntado que necesitaría, y yo había enumerado los elementos técnicos principales, aunque jamás pedí “un ingeniero de sonido”, o algo así.  Asimismo, tampoco enumeré detalles en apariencia menores como “alargues” o “enchufes adaptadores”.

La cuestión es que una vez que el equipamiento principal estuvo colocado en medio de la plaza, recién entonces empezó el trabajo duro. Para comenzar, necesitábamos energía eléctrica, y el enchufe más cercano estaba a unos quince metros, en el lateral de la plaza. Cuando le pedimos un “cable alargador” a la persona responsable, fue como pedir agua en el desierto.

Caído

Evidentemente, sin electricidad era imposible hacer funcionar los equipos, y para hacer la presentación en medio de la plaza, con el permanente rumor de fondo, era necesario al menos un micrófono. Amén de la música y la proyección de imágenes que siempre acompañaban el evento.

Finalmente, en lugar de un “alargue”, nos dieron un foco proyector que tenía un cable muy largo. A nuestro pedido, alguien de la Municipalidad se encargó, a regañadientes, de quitar el foco y poner un enchufe en el extremo del cable; sin embargo, el otro extremo seguía sin funcionar.

Para ser sincero, a este punto yo estaba bastante desahuciado porque veía que todo se hacía cuesta arriba, y ya demasiados nervios tenía con la presentación pública en sí, para además encargarme de todo el aspecto técnico. En otras ocasiones me había ayudado mi hermano, que maneja bien los temas de sonido e imagen. Esta vez, estábamos solos con Nuria, y mi ánimo se iba para abajo.

Entonces, como una señal de la providencia, llegó mi amigo Adrián. Él sabía de la presentación y con interés se había acercado a verme, por suerte con algo de anticipación (eran las 21:30hs aproximadamente). Con Adrián hacía bastante tiempo que no nos veíamos, y entonces él, entendiblemente, me saludó con efusividad. Mis primeras palabras, en cambio, fueron: “¿Sabés algo de sonido?”.

Expectativa

Por fortuna, Adrián es un apasionado de las nuevas tecnologías, y su ayuda fue fundamental para, al menos, sacar del primitivismo nuestra situación técnica. Con sus dotes, y no sin dificultades, pudo arreglar el “alargue” maldito, de manera que a las 22hs por fin teníamos electricidad.

Es decir, era la hora de empezar la presentación y apenas podíamos comenzar la instalación técnica.

Mientras tanto, Nuria había traído algunas mesas de plástico y alguien de la Municipalidad fue trayendo las sillas para los potenciales espectadores. Durante todo el proceso de preparación, se acercaban personas a preguntar “qué show iba a haber”. Como es normal en una plaza, la mayoría esperaba un concierto musical o un espectáculo de entretenimientos.

Al ver la pantalla para la proyección, eran sobre todo los niños quienes se acercaban preguntado “¿qué película van a dar?”. Según el estado de ánimo y la persona que respondiera, las respuestas podían variar desde “una película para grandes” o “imágenes de la India”, hasta “La Era de Hielo IV”.

A las 22:15hs las sillas estaban todas ocupadas por niños, paseantes, turistas, interesados y algún amigo. Ahora el problema era configurar la notebook (que yo había traído) con el cañón proyector, lo cual por lo general lleva varios minutos. A este tiempo normal de configuración se le sumó una inesperada falla en la notebook y la imposibilidad de proyectar las imágenes.

A este punto, las personas responsables de la Municipalidad comenzaron a tomar más interés en la presentación, ya que no empezaba a la hora programada. Hubo un reclamo de que al menos pusiéramos música, pero claro, el cable para la música que iría de la notebook a la consola de sonido, tampoco había sido provisto. Era otro de los detalles menores que yo no había enumerado en mi lista de pedidos.

Lista

Una vez, en la antigüedad, un maestro salió de viaje con sus discípulos. Viajaban en una especie de carreta y debían llegar hasta un pueblo lejano para celebrar una festividad importante. Ya iniciado el periplo, el maestro dijo: “Pasadme el agua”. Los discípulos se miraron desconcertados y respondieron: “No la hemos traído maestro”. “¿Por qué?”, dijo el maestro. “Porque Usted no nos lo dijo”, respondieron.

Más adelante, en una escarpada colina, donde los animales sufrían para tirar del carruaje, el maestro dijo: “¿Por qué mantenéis todos estos troncos secos sobre el carro?”. “Por si los necesitamos para hacer fuego”, respondieron los discípulos. “Pero ante esta dura colina, ¿por qué no los tiráis?”, dijo el maestro. “Por que Usted no nos lo dijo”, respondieron.

Ya promediando el viaje, en otra difícil cuesta, los discípulos empezaron a lanzar las provisiones. El maestro dijo, “¿Por qué estáis tirando la comida?”. “Para aligerar el lastre, como Usted nos indicó la última vez”, respondieron los discípulos. “Pero esta vez es distinto, ¿qué comeremos luego?”, dijo el maestro. Los discípulos se mostraron confusos.

Entonces, el maestro explicó sobre la necesidad de discernir, de ser capaces de discriminar entre lo útil y lo inútil; de tener sentido común, en resumen.

Los discípulos, aún confusos, y aduciendo cuán difícil es saber discernir, le pidieron al maestro que les hiciera una lista completa de todo aquello que debía permanecer en el carruaje, de manera de evitar problemas.

Ya con la lista armada, reanudaron la marcha. Muy cerca del destino final, al cruzar un río que venía muy crecido, el carruaje se bamboleó fuertemente y el maestro cayó al agua, siendo arrastrado por la corriente. Los discípulos observaban descorazonados, aunque sin mover un pelo por salvar a su guía, que finalmente se ahogó.

Cuando a las pocas horas, con su cuerpo etéreo, el maestro se apareció frente a sus discípulos, les recriminó, “¿Por qué no me habéis salvado? ¿Por qué me habéis dejado en el agua abandonado?”.  Los discípulos se miraron desorientados y explicaron, “Maestro, cuando Usted cayó al agua miramos de arriba a abajo la lista que Usted mismo nos había dado, pero no encontramos su nombre entre las cosas que debían permanecer en el carruaje”.

Imágenes

De manera similar a la parábola, aunque salvando las distancias, todo lo que yo le había pedido a la Municipalidad me había sido proporcionado. Por ende, todo lo que no había pedido no estaba disponible. De esta forma, me faltaba el “ingeniero de sonido”, la energía eléctrica,  los cables, los adaptadores…

Ya eran las 22:40hs y los asistentes estaban comprensiblemente impacientes. Asimismo, los trapecistas que actuaban más tarde (en teoría a las 23hs) ya estaban preocupados por su retraso y nos ponían presión.

Sin muchas opciones, y deseando estar en mi casita desde hacía rato, decidí empezar la presentación con lo que teníamos. Así, agarré el micrófono y rodeado de cables y personas tratando de arreglar los desperfectos, me dispuse a hacer frente a la situación.

En presentaciones anteriores, sobre todo apoyadas por organismos oficiales, siempre había habido alguien que me introdujera al público. Esta vez no fue así. Esta vez, mi orfandad organizativa fue siempre coherente.

Sin muchos ánimos, pero tratando de focalizarme en mi tarea, empecé la charla: “Hola, mi nombre es Naren Herrero, soy el autor de este libro titulado…”. Mi nuevo estilo de vendedor callejero no era muy convincente, así que con los minutos fui regresando a mi estilo de siempre, más espontáneo. De todos modos, la charla fue más breve de lo normal y seguramente fue la peor que haya hecho. A mi falta de naturalidad, se le sumaba la falta de imágenes que ilustraran la charla.

A este respecto, después de algunas artimañas, Adrián pudo hacer funcionar el proyector y entonces pudimos ver el video con imágenes de la India. Sólo ver, pues el sonido nunca estuvo por falta de cables. Así, yo iba relatando las imágenes, tratando de ponerle un mínimo de gracia que ni se compara con el clima que da la música.

Para colmo, el viento empezó a soplar y la pantalla no dejaba de oscilar de un lado a otro. Una vez más, Adrián estuvo en los detalles y durante los ocho minutos que dura la proyección se dedicó a sostener la pantalla de arriba y de abajo, como si fuera el campeón olímpico de windsurf.

Chiste

De antemano, yo sabía que hacer la presentación en una plaza no es lo ideal. Es mejor hacerla en un lugar cerrado, donde los asistentes sepan qué van a ver y estén interesados a priori.

La plaza tiene la ventaja de atraer muchas personas, aunque tiene las contras de tener mala iluminación, un sonido que se dispersa y se pierde, un ruido constante de todas partes, y lo peor, un público pasajero (“placero”), que viene a la plaza a “ver qué hay” o “dar una vuelta”, pero sin un interés suficiente como para permanecer con mucha atención por un largo período.

A pesar de todo esto, yo venía mentalizado para ponerle el pecho a la situación y luchar contra esas desventajas. Sin embargo, habiendo llegado una hora y media antes de la hora de inicio estipulada, y luego de dos horas de obstáculos, seguir sin todo resuelto, me habían disminuido la moral.

Entonces, cuando en medio de la charla yo veía algunas personas que se levantaban de la silla me decaía, y pensaba que lo estaba haciendo todo mal. O cuando los niños correteaban y hablaban en la primera fila, yo me desconcentraba y dudaba entre pedir silencio o seguir.

Por suerte, también había algunos amigos y familiares que habían venido a verme y eso me apoyaba anímicamente, además de que ¡se quedaran toda la charla!

Ya al final, habiendo hecho lo mejor que pude, seguía notando esa atmósfera desinteresada y alicaída. Fue así, que para levantar el ánimo, más el mío que el ajeno, conté un chiste corto del humorista cordobés “Negro Álvarez”. El chiste es más bien malo, pero al parecer, el cambio de registro de un discurso más serio a uno absurdo, surtió efecto y por primera vez todos los presentes se rieron.

Quienes estén interesados en el humor cordobés, pueden escuchar el chiste aquí mismo:

Circo

Después del exitoso chiste, como cierre de la charla, expliqué que el libro estaba a la venta y dije que cualquiera que estuviera interesado en comprarlo o en hacer alguna pregunta se podía acercar personalmente. Di las gracias y ese fue el final.

Entonces, sin darme siquiera un segundo, los trapecistas que esperaban impacientemente y que estaban situados frente a mí, o sea a espaldas de los asistentes de la charla, encendieron sus poderosas luces, y al ritmo de una música circense imposible de ignorar vocearon “Bienvenidos Señoras y Señores…”, para luego exhortar, “Traigan sus sillas, den vuelta sus sillas…”.

De esta forma, quince segundos después de mis palabras finales, todas las personas habían tomado sus respectivas sillas y se habían girado ciento ochenta grados para disfrutar del espectáculo de funambulismo. Por mi parte, me quedé con el libro en la mano, como esperando que alguien se me acercara (así sucedía en otras ocasiones), pero sobre todo me quedé atónito al ver como el entorno cambiaba tan velozmente, no sólo la escenografía, sino también la disposición anímica.

Obviamente, los asistentes a la charla esperaban el fin de la misma con tantas ganas como yo.

No quiero ser dramático, para ser justo hubo algunas personas que sí se me acercaron para saludarme al final de la presentación: cuatro amigos, dos tías y dos primos.

Como si mi abatimiento no hubiera sido suficiente, llegaron inmediatamente unos payasos, que tenían su espectáculo programado para las 24hs. y silenciosamente empezaron a ocupar nuestro lugar. Por suerte, Adrián todavía estaba lúcido y fue retirando nuestros equipos. Recién entonces, yo saludé a Adrián como corresponde.

Moraleja

Como corresponde en estos casos, uno trata de sacar alguna enseñanza. Por un lado, hacer una presentación abierta en una plaza no es una buena idea, y quizás sea mejor no repetirlo.

Por otro lado, la próxima vez, sea donde sea, es mejor dejar bien claro de antemano todo lo que uno necesita, aunque a mí me parezca descontado y obvio.

Por supuesto, no reniego de la Municipalidad que me prestó los equipos técnicos, ni puso problemas para darme un lugar en la grilla de actividades. Faltaría más.

Sí me quejo bastante del nivel de compromiso del organismo oficial con las actividades que ellos mismos apoyan. Digo esto no sólo por mí, sino porque luego supe que tanto los trapecistas como los payasos se auto-gestionaban totalmente, trayendo sus propios equipos, pues no podían confiar en la infraestructura que les proveía la Municipalidad. Ellos ya habían escarmentado, ahora me tocaba a mí.

Dualidad

La filosofía espiritual de la India, y no sólo ésta, dice que el universo es dual; que todo lo que percibimos es impermanente y tiene dos caras: vida/muerte; día/noche; felicidad/tristeza; riqueza/pobreza… Lo único que permanece inmutable detrás de la dualidad del mundo es el alma, que es absoluta y no se rige por las relatividades fenoménicas.

Basándonos en esto, y según la filosofía espiritual, la mejor forma de estar en contacto con nuestra propia alma, es a través del equilibrio. El mundo siempre será dual, siempre nos presentará las dos caras de la moneda; lo que nos da hoy nos lo quitará mañana.

“Detrás de cada rosal de placer se esconde una serpiente de dolor”, dice el gran santo Paramahansa Yogananda.

“La vida es sólo un simple juego de altibajos”, canta la No Smoking Orchestra de Emir Kusturica.

A esta altura del partido, todos sabemos que la búsqueda de la felicidad constante en el mundo externo es una utopía. Los famosos “momentos de felicidad” con los que nos contentamos, siempre se ven contrastados por iguales momentos de sinsabor.

Por ende, el desarrollo de la ecuanimidad es un remedio para la permanente dualidad del mundo. Esta virtud es necesaria para no dejarse arrastrar por las cambiantes corrientes de la vida. Es por ello que los maestros espirituales siempre recomiendan mantenerse impasible, tanto ante el elogio como ante la crítica.

En mi caso, en cada presentación del libro me había acostumbrado a recibir sólo elogios, muy probablemente porque los asistentes siempre eran, en su mayoría, parientes y amigos. Contrariamente a mis expectativas, esta última presentación fue un fracaso total. Más allá de los interminables problemas técnicos y de la falta de contención oficial, los asistentes no parecían interesados en el tema y la venta de libros fue nula.

Según mi análisis, esta parecía una buena forma de recordarme la naturaleza dual de la vida.

Catarsis

Justamente esa dualidad implica también que haya habido puntos positivos, como la tempestiva llegada de Adrián para rescatarme del naufragio técnico, y la asistencia de queridos amigos y familiares para darme ánimos.

Al día siguiente del fracaso expositivo, yo mismo me sorprendía de tenerlo bastante digerido y de haber, al menos en teoría, aprendido algunas lecciones prácticas.

Como tantas otras veces, el escribir es mi terapia para hacer catarsis. Así como otrora escribí poemas a cucarachas y mosquitos para exorcizar mi rabia; así como escribo cartas a Swami para poner las ideas claras; de la misma forma decidí poner en papel (o kilobytes) esta experiencia fallida, para evitar cualquier posible trauma interno antes de que crezca.

De todos modos, más allá del aspecto psicológico, mi principal interés con esta crónica banal es recordarme las dos caras de la moneda, la eterna dualidad del mundo y la necesidad de mantenerse ecuánime ante la crítica y el elogio.

El libro, como viene haciendo últimamente, me dio una nueva chance de ejercitar las enseñanzas espirituales. Muchos músculos no tendré, pero sí temas para el blog, y sobre todo vivencias que, bien utilizadas, me tendrían que ayudar a ser más feliz.

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Quizás recuerden que hace dos semanas relaté mi primer llegada a la India, aterrizando junto a mis padres en el aeropuerto de Bombay (o Mumbai), con mis subsiguientes primeras impresiones sobre un país que con los años se convertiría, aún más, en un leitmotiv de mi vida.

En aquella primera visita ni siquiera llegamos al centro de la ciudad de Bombay, y en cambio nos movimos por la periferia en busca de un tren que nos llevara lo más rápido posible hacia el sur. A pesar de ello, esa fugaz estadía había bastado para dejarme sensaciones que, mirando en retrospectiva, dejaron su huella.

Casi tres meses después de aquel ingreso, y habiendo recorrido el subcontinente indio de sur a norte y viceversa, habiendo visitado personas santas y lugares sagrados, habiendo acumulado vivencias y nuevas impresiones, llegaba nuevamente a la capital comercial de la India, solamente para tomar mi avión de regreso a Argentina, aunque está vez con más tiempo.

Demasiado

Demasiado tiempo, diría yo.

Pequeña explicación: La cuestión es que yo había llegado a la India con mis papás, pero ellos tenían planeando regresar a casa bastante antes que yo, que me había organizado un viaje de tres meses.

Por una invitación del Sri Premananda Ashram, mis papás decidieron quedarse más tiempo de lo previsto, y por ende nuestros cronogramas eran casi idénticos, de manera que viajamos juntos a Bombay, lugar familiar de partida.

En realidad, el vuelo de mis padres salía seis días antes que el mío, pero eso no era un problema, ya que yo pensaba usar ese tiempo extra para recorrer la ciudad de Bombay, punto ineludible del recorrido turístico indio. Al menos, este era el plan que yo había trazado con anticipación.

Sin embargo, una vez en camino hacia Mumbai, en el tren desde Bangalore, mi deseo real era retornar a Argentina lo antes posible.

Motivos había varios: Ya habían pasado tres meses de viajar continuo, a veces con mis padres, a veces solo, y no tenía más interés en moverme sin una razón que no fuese espiritual. Justamente, acabábamos de abandonar la atmósfera espiritual del Ashram de Swami Premananda, y a esa altura la perspectiva de Mumbai no era una imagen que me llenara el espíritu.

Asimismo, en ese entonces yo estaba terminando mi Licenciatura en Comunicación Social en la Universidad de Córdoba, y si bien había dejado mi tesis final bastante preparada (los retoques debían ser hechos por mi compañero de estudios), debía rendir la defensa del trabajo a pocos días de mi regreso. Por lo tanto, esta incidencia académica también ocupaba mi mente en los días finales del viaje en India.

Y para completar el cuadro, yo extrañaba a mis amigos, y a mi novia de entonces. De modo que la idea de permanecer una semana en Bombay, únicamente por turismo, no me despertaba mucho entusiasmo.

Conexión

Después de un periplo ferroviario de treinta y seis horas llegamos a Bombay un domingo por la mañana. El vuelo de mis padres salía esa misma noche. Después de llamar infructuosamente por teléfono a la compañía aérea durante todo el día (por algo era domingo), decidí ir al aeropuerto junto a mis padres, con mi mochila a cuestas, listo para embarcarme con ellos, si era posible.

Una vez allí me informaron que había asientos disponibles para el trayecto Bombay – Johannesburgo (en aquel entonces viajamos con South African Airways), pero no podían saber si había disponibilidad en los siguientes dos trayectos (Johannesburgo – Sao Paulo; Sao Paulo – Buenos Aires).

Por lo tanto, era un riesgo irse hasta Sudáfrica sin billete, con la posibilidad de quedarse varado allí por una semana, hasta la salida del siguiente vuelo. En ese caso, el remedio era peor que la enfermedad.

Amargamente vi a mis padres cruzar la frontera hacia el embarque, y con mi mochila a cuestas me dirigí a la puerta de salida, donde ya pasada la medianoche, un taxi me esperaba para llevarme de regreso a la ciudad que yo no quería conocer.

Chuck Norris

Perdonen el tono dramático del relato. Sé que incluso el título del mismo, “Atrapado en Mumbai”, es más parecido al título de una película de Chuck Norris, que al de una crónica de viajes. Si acaso da la sensación de que hay algo de exageración, es quizás por los adornos literarios que, admito, no resisto a intercalar en la narración.

Sin embargo, este tono también tiene su razón de ser en la sensación original de angustia que me acosaba; que si bien, vista a lo lejos es motivo de sonrisas condescendientes, en su momento me parecía más grave.

Indudablemente, el estado de ánimo de una persona la predispone para ver las cosas de una forma u otra. Dicho estado de ánimo puede ser generado de antemano, por informaciones o expectativas previas, o se puede disparar simplemente por un hecho cotidiano.

Por ejemplo, una persona llega a una ciudad donde le roban la cartera o pierde un tren, y por ende esa ciudad queda marcada para siempre, en el imaginario de esa persona, como un sitio negativo. Por supuesto, la misma ciudad visitada por otra persona, con circunstancias positivas, deja una huella favorable.

De la misma forma, si yo llego a Mumbai sin ganas de estar ahí; con la sensación de que una semana en ese lugar es una total pérdida de tiempo, entonces es natural que mi estadía no sea la más placentera.

Dicho esto, si alguien está buscando consejos o indicios sobre Bombay, recomiendo que tome estas líneas con pinzas y trate de discriminar con sabiduría entre lo real y lo que pasaba en mi mente.

Hoteles

Empecemos por los hoteles. Bombay es la ciudad más cara de la India. Y eso, al final de mi viaje, con las finazas ya débiles, era más que un detalle estadístico.

En la India, conseguir una habitación de hotel es barato. Conseguir una habitación decente de hotel también puede ser barato, aunque no tan fácil.  Pues bien, en Bombay conseguir una habitación de hotel no es barato.

El primer vislumbre de esta cruda realidad lo tuve apenas llegado con mis padres, cuando alquilamos una habitación cerca de Mumbai Central, la zona de la estación central de trenes. El precio era mucho más alto de lo acostumbrado, aunque hay que decir que en este caso la habitación era limpia.

Al día siguiente de la partida de mis papás, yo salí en busca de un hotel más acorde con mis exigencias presupuestarias. Al no encontrar nada por la zona central, me dirigí a la zona de Colaba, un barrio más turístico, con opciones para todos los gustos. Finalmente encontré un hostal en que la habitación costaba 500 rupias con baño privado. Un precio muy bueno para Mumbai.

Para que se hagan una idea, yo venía acostumbrado a pagar no más de 300 rupias por una habitación, en el resto de la India.

Obviamente, en esa época yo era más joven y más pobre, y mi prioridad no era el confort. La habitación en la que me quedé toda la estadía no era ni cercana al lujo, y a pesar de tener baño privado, no tenía ducha, y el agua salía sin presión.

Es decir, para bañarme tenía que llenar un balde que luego me vertía sobre el cuerpo. Esto no es un problema, así es el método indio. Lo que me molestaba es que en el momento de entrar al hotel, los encargados me habían prometido una ducha funcionante. Cuando después de la primera noche presenté mi reclamo obtuve una respuesta desvergonzada: “Si no te gusta, búscate otro hotel”.

En realidad busqué otros lugares, pero no encontré nada mejor que se ajustara a mi presupuesto. Por lo que me tuve que tragar el orgullo y quedarme donde estaba.

Emergentes

Más allá del alza de precios normal en cualquier gran ciudad, Bombay tiene otro detalle: su tierra vale mucho.

A pesar de ser la ciudad más grande de la India (y se dice del sudeste asiático), con unos catorce millones de habitantes, su extensión no puede ser ampliada más que de manera vertical. Esto se debe a que la ciudad de Mumbai fue construida sobre lo que una vez fue una archipiélago de siete islas, y ahora la pequeña península no tiene más extensión hacia donde desarrollarse. Es por esto, que el coste de la tierra en Bombay es tan alto como en Paris o New York.

No obstante esta carencia espacial, la ciudad sigue recibiendo cada año miles de inmigrantes desde otras partes de la India, en busca de las riquezas o el nivel de vida que las metrópolis dan, en ocasiones, a algunas personas.

Por algo, la ciudad de Mumbai es la capital comercial y financiera de la India. Su “skyline” (su conjunto de rascacielos) es comparable a otros centros económicos mundiales, y no tiene ni comparación al resto de las ciudades indias.  Por otro lado, la mayoría de las grandes empresas indias se encuentran en la ciudad, a lo que se suman todas las filiales de grandes compañías multinacionales.

Además, Bombay es la capital nacional del entretenimiento, debido sobre todo, a la famosa industria de Bollywood (justamente, el nombre es una conjunción de Bombay y Hollywood).

Desde hace veinte años, Mumbai no deja de crecer, y es el núcleo económico de esta nueva potencia emergente que se llama India, y que junto a China y Brasil, se dice son las economías del futuro.

Frente

A mí, nada de esto me importaba. Un poco porque mi estado de ánimo, como ya vimos, no era propicio. Otro poco, porque mi interés en la India es espiritual y no económico.

De todos modos, allí estaba. Y de alguna forma iba a tener que enfrentarlo, como siempre hace Chuck Norris.

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La semana pasada mi amiga Julieta estuvo en la ciudad de Córdoba y fue al cine. Como todo aquel que viene de la metrópolis al campo, trajo información actualizada que uno no está seguro de querer conocer, pero que es inevitable.

Ya en la fila para sacar la entrada, con la espontaneidad y la determinación típicas de quien no sabe con certeza hacia adonde va, Julieta dijo: “Veamos la de los bichos azules”.

Para decepción de muchos nostálgicos no se trataba de una remake de “Los Pitufos”, sino de “Avatar”, el que parece ser hasta el momento el film más taquillero de todos los tiempos. Con mucha probabilidad, si James Cameron, el director de la película, escuchara su vanguardista obra de ciencia ficción resumida en la simplificadora frase de Julieta, se sentiría algo desencantado.

De todos modos, sin contentarse con las apariencias, ya sentada en la butaca, analizando, ella se giró para preguntarle a su compañera: “¿Qué quiere decir avatar?”. Entonces, un muchacho cultivado y gentil de la fila delantera se giró para explicárselo, con detalle y tecnicismos.

Ahora, sentados junto a la piscina del patio de mis padres, de vuelta en el campo, cobijados por el verano austral, Julieta no está segura de poder recordar completa dicha explicación, aunque sí rememora algunas palabras con halo filosófico, y hasta religioso.

Yo, que cada vez que tengo que hacer una introducción para el blog que suene interesante, pongo a mi narrador modelo en la situación de comer algo, me llevo un trozo de tarta de manzana a la boca, mastico dulcemente, y luego digo, con la clásica voz de quien necesita rápido un mate para despejar la garganta:  “Según yo, la palabra avatar tiene tres significados”.

Raíz

A mi favor hay que decir que no estuve tan alejado de la verdad, aunque obviamente necesité de algunas fuentes de consulta externa para fundamentar mejor mi explicación.

Estas fuentes me informaron que la raíz de los tres significados es siempre la misma y proviene del sánscrito, la antigua lengua de la India.

Básicamente, el sentido de la palabra originaria, “avatara”, es “descender”, y viene de ava, bajo o abajo, y tri, pasar. Según explica Paramahansa Yogananda en su “Autobiografía de un Yogui”: “En las Escrituras hindúes, avatar significa el descenso de la Divinidad al cuerpo físico”. Lo que también se podría definir como la encarnación de Dios en la tierra.

Para ser claros, desde esta concepción Jesucristo es un avatar; Krishna es un avatar; Buda es un avatar.

De este primer sentido, que es el que yo más conocía, se derivan los otros dos siguientes:

Por un lado, avatar se define también como “vicisitud, fase, cambio”, y por supuesto no tiene ninguna arista religiosa. Al parecer, este uso es originario del idioma francés, y lo que en sánscrito significaba el pasaje de la Divinidad al estado terreno, se simplificó en la idea de “hechos o etapas que suceden en la vida de una persona o elemento”.

Para los apasionados de las etimologías y las filologías, es siempre interesante ver cómo nace y evoluciona una palabra. De todos modos, de los tres sentidos, éste es el que menos nos interesa para esta crónica. Además que son pocas las veces en que me encuentro diciendo: “Tuvo que enfrentar muchos avatares para llegar finalmente a su destino”, o frases por el estilo (aunque quizás debería considerarlo porque suena bien, o no?).

Cibernética

El tercer sentido de la palabra avatar, es el que me era más huidizo. Sentados junto a la piscina, esbocé alguna idea con las palabras “computadoras” y “usuarios”, pero nada mejor que recurrir a Wikipedia para estas dudas. A saber:

“Un avatar es la representación de un usuario de computadora, ya sea sí mismo o un alter-ego… Es un objeto que representa al usuario”. Esta representación puede tener la “forma de un modelo tridimensional, como se usa en los videojuegos; una imagen bidimensional; o simplemente un nombre de usuario unidimensional, como los usados en los foros de Internet”.

Con esta explicación, me doy cuenta de que yo tenía un par de avatares míos dando vueltas en la red, y recién ahora me vengo a enterar. Para que nos entendamos, y a riesgo de ser repetitivo (así yo también lo entiendo mejor), en la perspectiva informática, un “avatar” es nuestra representación como usuarios. Esta representación puede darse a través de una simple foto o imagen, que acompaña nuestro perfil en cualquier foro de Internet; incluso en facebook; o como en mi caso, que como usuario del blog tengo una imagen que es la foto de un kolam del sur de la India.

Al parecer este uso derivado de la palabra tuvo su origen en un libro de los años 90’, y se basa en que esa representación digital del usuario es una especie de “encarnación” o “manifestación”; una especie de pasaje que hace la persona tangible, desde mundo material hacia el mundo virtual.

Como decíamos, los “avatares digitales” se usan muchísimo en Internet (en los foros de Internet, en los chats, en los sistemas de mensajería instantánea), y resulta que algunos de nosotros los usábamos sin saberlo, o al menos sin saber cómo se llamaban (al menos este es mi caso, y quizás yo era el único analfabeto digital del grupo).

Cuando, al costado de la piscina, yo daba mi neófita explicación, ya habiendo tomado un buen mate para pasar el bocado de tarta, me centraba más en la representación tridimensional del usuario. Es decir, en los alter-egos que se crean los usuarios de ciertos juegos de rol, o de videojuegos, en los que el carácter animado de los mismos da muchas más herramientas para la generación de características personales.

O sea, cuando yo pongo una imagen en mi perfil (que no sea mi foto), debo poner una imagen estática que represente de alguna forma mi forma de pensar o mis intereses. Entonces pongo un kolam o unos pavos reales, que remiten a mi interés por la India. Pero no creo que esa simplificación sea suficiente para mostrar a los demás (o a mí mismo), todo lo que me gusta o pienso en general.

La diferencia con los “avatares tridimensionales” es que a éstos uno puede darles la forma que desee, para que así nos representen de forma fiel; o más popular aún, crearlos de manera que estos alter-egos sean quienes cumplan todos nuestros deseos insatisfechos, es decir, sean quienes nos gustaría ser. De esta forma, uno se puede crear un avatar musculoso, o indio, o del sexo opuesto, o valiente…

Acentos

En el ahora famoso debate junto a la piscina, también surgió el tema de la pronunciación de la palabra. Alguien cuestionó los acentos, preguntándose porqué el nombre de la película se pronunciaba “Ávatar” (con el acento esdrújulo, digamos, y pido perdón a los puristas de la lengua).

La explicación es simple: La pronunciación esdrújula se debe a que es la forma inglesa de decir la palabra; que dicho sea de paso, me han explicado que es una lengua que tiene una tendencia esdrújula (a diferencia del español que en general tiende a una acentuación grave o llana).

O sea, por una cuestión de efecto publicitario queda mejor decir el nombre de la película en su versión anglosajona, pero nada más. La palabra es la misma, y en español lleva siempre el acento agudo.

Cameron

Como dije más arriba, y quizás muchos ya saben, el director de la película hasta el momento más taquillera de todos los tiempos es James Cameron, que es la misma persona que dirigió Terminator II y Titanic, la segunda película más taquillera de todos los tiempos. Sin dudas, este hombre tiene instinto comercial.

Por amor a la verdad, debo confesar que a la película todavía no la vi (ni prometo verla pronto). De todos modos, no creo que sea un obstáculo para hacer esta crónica, ya que mi intención es analizarla más bien a través del título y no por el contenido. Para quienes estén interesados en la reseña cinéfila, recomiendo el muy buen blog de cine de Pau Solé: http://femuncine.blogspot.com/ (el blog de Pau está escrito en catalán).

Ahora, me gustaría saber la explicación que da Cameron del término avatar.

En una entrevista del 2007 (porque parece que lleva muchos años preparando la peli) le preguntaron, “¿Qué es una avatar?”. Y él respondió: “Es una encarnación de uno de los dioses Hindúes tomando forma corpórea. En esta película lo que significa es que la tecnología humana en el futuro es capaz de inyectar inteligencia humana en un cuerpo ubicado remotamente, un cuerpo biológico”.

Por un lado, vemos que, más allá de las palabras que elige, Cameron conoce el origen de la palabra. Por otro lado, vemos que hace una extrapolación de la idea original de “descender”, y en este caso lo que “pasa” a un cuerpo biológico (o terrenal) es la inteligencia humana, no la Divinidad.

Revisemos:

En la versión cibernética, el “avatar” representa nuestro primigenio ser terrenal interactuando en el mundo virtual o digital. Es una versión simplificada o mejorada, depende el caso, de nuestra personalidad.

En la versión cinematográfica de Cameron, el “avatar” encarna un cuerpo físico (biológico) que a pesar de la distancia puede cobijar y replicar nuestra inteligencia humana, que a su vez permanece en el cuerpo físico original.

En la versión espiritual, el “avatar” encarna la Divinidad en un cuerpo físico.

En un punto, su puede decir que las derivaciones del sentido original no son tan descabelladas, y que todas mantienen la idea básica del “paso o descenso” de una categoría a otra.

Evidentemente, dichas derivaciones le han quitado el tinte espiritual a la palabra. Evidentemente, también, esa falta de perspectiva espiritual genera conceptos que, desde mi punto de vista, son discutibles.

Anhelos

Tanto el “avatar digital” como el “avatar cinematográfico” tienen su razón de existir en la intención del ser humano de cumplir con anhelos que, a priori, no serían posibles con la propia y ordinaria existencia (y/o cuerpo físico).

Así, el “avatar digital” bidimensional representa en nuestra ausencia física diferentes partes de nuestra personalidad, creencias, intereses y status; mientras que, sobre todo, nuestro alter-ego tridimensional nos presenta al mundo de la manera en que nos gustaría ser, sin necesidad de que un cambio real tenga lugar en nuestro “yo” más tangible.

Asimismo, el “avatar cinematográfico” tiene su asidero en el sueño de la ubicuidad, o al menos de poder estar con el propio cuerpo físico en más de un lugar al mismo tiempo. Y no sólo en dos lugares sino que en planos diversos, como podrían ser en el caso de la película el plano material y el plano virtual. Todo esto, manteniendo en ambos cuerpos los sentidos y las cualidades del “yo” original.

Según la filosofía espiritual de la India, aquel que logra salir de la rueda reencarnaciones es debido a su total dominio del mundo fenoménico y a su regreso a la fuente original, que es Divina. Por tanto, explica Paramahansa Yogananda, “el supremamente liberado (paramukta) rara vez regresa a un cuerpo físico; si lo hace, entonces es un avatar, un medio escogido por la divinidad para atraer supremas bendiciones sobre el mundo”.

Es decir, desde el punto de vista espiritual, un avatar es un ser que regresa a un cuerpo físico, en un plano material y burdo, por propia elección (o por designio Divino, que en este punto serían los mismo), para ayudar y guiar a la humanidad.

Reconocimiento

En este sentido, la cuestión es, ¿cómo se reconoce un avatar?

Swami Premananda dice: “Si esa persona dice que es un avatar puedes creerle o no. Depende si confías en esa persona o no. O bien puedes observar a esa persona. Ver cómo vive. Si una persona es un avatar, ¿qué estará haciendo durante las veinticuatro horas del día? Vivirá totalmente sin egoísmo, haciendo siempre buen servicio y dando caridad, hará todo en el mundo con la espiritualidad en la mente. Vivirá de una manera simple y tendrá amor puro por todos los seres”.

Debido a su libertad respecto a la rueda de reencarnaciones, el avatar “no está sujeto a la economía universal; su cuerpo está libre de cualquier deuda con la naturaleza”; y sin embargo, “una mirada superficial no notará nada de extraordinario en la forma de un avatar”.

Al contrario del “avatar digital” o el “avatar cinematográfico”, a menos que busquemos en el ejemplo de su vida, el avatar espiritual no presenta, entonces, nada de extraordinario en apariencia. Sin embargo, todo lo que buscan o representan los avatares derivados son atributos que la espiritualidad trae de suyo.

Ejemplo

Es decir, si lo que dicen las enseñanzas espirituales es verdad, entonces cuando uno alcanza el estado de unión con lo Divino (que también se puede denominar “conocerse a uno mismo”; “fundirse con la energía cósmica”; “llegar a la propia esencia”; “unirse con el alma””…), ya no hay limitaciones de ningún tipo. Por ende, todos los atributos positivos salen a la luz; por tanto uno es omnipresente; por tanto uno habita todos los planos.

En su famoso libro, Yogananda dice: “Si no se le concediera jamás al hombre vislumbrar destellos de la Divinidad encarnada, permanecería siempre oprimido bajo el peso de la ilusión que le induce a creer que jamás podrá trascender su mortalidad”. Es por ello que los avatares son para la humanidad un ejemplo concreto de sus propias posibilidades.

Cuando a Swami Premananda, considerado un avatar por muchas personas (incluyéndome), le preguntaron “¿Qué es un avatar?”, primero contestó lo obvio: “Un avatar significa una encarnación de lo Divino”; aunque luego dijo: “Vosotros creéis que yo soy un avatar pero vosotros sois también un avatar. Lo Divino está también dentro de vosotros, así que sois un avatar”.

Con esto, Swami quería decir, justamente, que la chispa divina para alcanzar la perfección y la felicidad están dentro de cada uno de nosotros, por defecto.

En mi caso particular, esta es la película que más me gustaría ver, y a la larga, seguramente será la historia más taquillera de todos los tiempos.

Citas:

Autobiografía de un Yogui, “Capítulo 33”

Premananda Satsang Vol. VI, “About Avatars”

Premananda satsang Vol. III, “¿Cómo se convirtió usted en un Maestro espiritual?”

Imágenes:

unpocodetodo.wordpress.com

cineralia.com

sieteluces.com

Con todo este tema del libro de “Hijo de vecino”, últimamente he estado rondando, más de lo usual, recuerdos de antiguos viajes a la India. En algunos casos, las viejas anécdotas salen solas en medio de una presentación pública; asimismo, el recuerdo viene disparado por la pregunta de un presentador radial (“¿Qué fue lo que más te impactó en aquellas primeras experiencias?”); en otros casos, es una foto olvidada la que trae al salón de mi mente imágenes y sensaciones que estaban polvorientas en un escondido baúl neuronal.

De todos estos recuerdos, quizás el menos usado en más de un año y medio de crónicas digitales, sea el referente a la ciudad de Mumbai, también conocida como Bombay, la denominación dada por la colonia inglesa, que a pesar de haber sido modificada en 1995, aún mantiene bastante vigencia.

Extrañamente, a pesar de haber sido la primera ciudad que pisé de la India, allá por 2003, nunca escribí sobre ella. Y digo extrañamente, porque aquel primer viaje era el anhelado cumplimiento de mi deseo de conocer la India físicamente (ya que en la teoría y el papel me parecía muchas veces haber ya estado allí); y como tal, la primera impresión debería ser de las que dejan marca.

Empecemos la terapia, entonces.

Aeropuerto

 

Haciendo cuentas, me doy cuenta que de todos los viajes a la India, el primero fue el único en que mi puerta de entrada (y también de salida, como veremos) fue Mumbai. Para las siguientes excursiones, siempre preferí llegar a la ciudad de Chennai, todavía más al sur y más a mano del Sri Premananda Ashram.

En aquel primer caso, el viaje desde Argentina había tenido escala en Sudáfrica, para llegar después de varias horas a la capital comercial de la India, paradigma nacional del contraste entre la modernidad creciente del subcontinente y su pobreza insultante.

Como generalmente pasa al llegar, el sitio donde apoyé los pies por primera vez fue un aeropuerto. Una manera poco romántica de pisar una tierra sagrada. Sobre todo si se trata de un aeropuerto indio, ejemplo mundial de la burocracia.

A decir verdad, en aquel entonces poco me importaban las largas colas y los sellados, pues eran el precio a pagar por entrar finalmente a la ansiada India. En realidad, luego lo supe, la India también incluía las esperas y los trámites burocráticos.

Una vez en el escritorio de “Migraciones”, le preguntamos (pues viajaba con mis padres) al empleado si podía pasar toda la familia junta, y entonces el hombre hizo el famoso gesto afirmativo indio de mover la cabeza de un lado hacia otro. Un gesto que para un occidental es más parecido a un “No” o a un “No sé”, que a un “Sí”.

Por las historias escuchadas de primera mano, yo ya sabía del gesto; sin embargo, no fui capaz de decodificarlo a la primera. Tuve que preguntarle a mi papá si ese era efectivamente un “Sí”.

Con la satisfacción del que enseña algo lindo, mi papá dijo, “Claro”.

Con el tiempo aprendí a identificar el gesto afirmativo típico, e incluso a utilizarlo con asiduidad, aunque debo decir que mi flexibilidad colar es muy poca para imitar con garbo y plasticidad el famoso movimiento. De todos modos, a pesar de mi analfabetismo gestual, disfruté teniendo mi primer buena experiencia con la idiosincrasia india.

Una experiencia que, como es regla en la India, también venía de la mano de pequeños sinsabores.

Llegadas

 

Como ocurre normalmente con la mayoría de los vuelos desde Occidente, nuestro avión llegó a la India alrededor de medianoche.

La verdad no tengo claro el porqué de esta programación aérea. Quizás es para que los horarios de salida desde Occidente sean adecuados; quizás es para evitar llegar a la India en pleno día con todo el calor; quizás es simplemente un capricho de los husos horarios. La cuestión es que uno siempre llega a medianoche o más tarde.

Probablemente en otros países eso sería un problema mayor. En la India no, ya que es un país que nunca duerme. O mejor dicho, hay tantas personas, que mientras la mitad duerme, la otra mitad está despierta y sigue pareciendo que la vida continúa con normalidad.

Luego de pasar por el largo proceso de migraciones, estábamos listos para salir del edificio del aeropuerto a través de la puerta de “Llegadas”. Este es, creo, el primer gran efecto que uno se lleva al llegar a la India sin importar el aeropuerto al que llegue:

Por un lado, el contraste entre el aire acondicionado del interior del aeropuerto, y la temperatura y la humedad del exterior, que es como chocar contra una pared de calor. Pero, sobre todo, la horda de indios, que aplastados contra la baranda de recibimiento nos miran y gritan como si fuéramos uno de los Backstreet Boys.

Con la diferencia de que los gritos no son de “Guapo”, “Ídolo” o “Te amo”, sino más bien de “Taxi”, “Por aquí”, “Taxi, señor”, “Por acá”, “Hotel”, “Sus maletas”, “Taxi, señor”, “Taxi-hotel-por aquí señor”…

Es más, en mi ya quizás algo desvirtuado recuerdo, hasta me parece ver algunos flashes de los paparazzi-taxistas, como si intentaran fotografiar mi llegada, a la vez que subirme a la fuerza a un taxi.

Así como en las películas el desprevenido personaje abre de forma inocente la puerta de su casa para encontrarse con una marea de micrófonos, cámaras y luces, e inmediatamente la cierra asustado como tratando de entender lo que pasa; pues lo mismo nos pasó a nosotros.

Ahorro

 

La cuestión es que en aquel entonces el plan original era partir temprano la mañana siguiente hacia Kerala, al sur del país. Dicha partida sería en tren, y si no nos íbamos antes es porque no había un tren nocturno.

En nuestro presupuesto e intenciones no figuraba la idea de pasar la noche en un hotel de Bombay, la ciudad más cara de la India. Además, siendo ya pasada la medianoche y teniendo que ir muy temprano a la estación de trenes, no sé hasta qué punto valía la pena ir a un hotel en el que sólo estaríamos unas pocas horas.

Fue así que después del fugaz enfrentamiento con los paparazzi del otro lado de la puerta de “Llegadas”, empezamos a rondar por la sala de espera del aeropuerto, hasta que encontramos una especie de sala de espera alternativa, donde se estaba bastante tranquilo.

No estoy seguro, pero parecía como si no cualquiera pudiera entrar a dicha sala. Nosotros no teníamos nada de especial o de VIP, excepto el simple hecho de ser occidentales, un mérito, en todo caso, que difícilmente uno pueda atribuirse como propio.

Sea como sea, en esta sección había más aire acondicionado de lo usual (lo cual no siempre es bueno), un policía en la puerta cuidando el ingreso de intrusos, y varios incómodos asientos de aeropuerto, que al menos, estaban vacíos.

En previsión a nuestra potencial noche de ahorro, nos habíamos abastecido con algunas provisiones gentileza de SouthAfrican Airlines: agua mineral, latas de Coca-Cola, dos mantas, dos almohadones, cucharas, calcetines…

En cierto punto me sabe mal contar esto porque van a creer que soy un ahorrador excesivo (para decirlo de forma linda); pero bueno, éramos jóvenes. En realidad, peor queda contar esto por mis papás, que yo creo que volverían a repetir la aventura.

¿Qué puedo decir? De tal palo tal astilla.

Ventanilla

 

Después de una interrumpida noche de sueño, a las 6am salimos, en el taxi de uno de mis paparazzi, rumbo a la estación de tren.

Digamos que esta fue mi verdadera primera visión de la India. Fue la visión que me quedó grabada, mucho más que el aeropuerto, que a fin de cuentas es siempre igual aunque uno viaje diez veces y a distintas ciudades.

Hubo varios factores en ese viaje de media hora hacia la estación de tren. Por un lado, llovía, ya que se trataba de la época del monzón (en este caso, en la zona sudoeste del país). Esta lluvia, sumada al entorno pobre, sucio y caótico que me pareció ver en la periferia de Bombay, no daban una sensación acogedora.

A su vez, ese día (31 de agosto de 2003) se celebraba Ganesha Chaturthi, el festival anual en que se adora al Señor Ganesha, la deidad con cabeza de elefante, que entre otras cualidades es la deidad de los nuevos emprendimientos. En este sentido, no podríamos haber elegido un día más auspicioso para empezar aquel viaje.

Así, al entorno gris y sórdido que yo veía a través de la ventanilla del Ambassador, se oponían por doquier los improvisados templitos de Ganesha, junto a su imagen en todos los tamaños. Ganesha es el patrón de Mumbai, y eso se notaba en las calles.

De todos modos, poco tiempo tuve para observar con la ñata contra el vidrio. Ya estábamos en Lokmanya Tilak Terminus, la estación de tren también conocida como Kurla, y que se encuentra en las afueras de la ciudad, pero cerca del aeropuerto.

Desde allí salía nuestro tren hacia Kerala. En realidad, debería decir, desde allí salía el tren hacia Kerala. Lo de “nuestro”, todavía estaba por verse, ya que no teníamos billetes.

Tourist quota

 

En aquel entonces, los Ferrocarriles Indios (Indian Railways) aún no permitían hacer la compra de billetes por Internet. La única forma de hacer una compra anticipada en línea era teniendo una dirección postal en la India, donde a uno le sería enviado el billete por correo. Desde Argentina era imposible recibir el billete y tampoco teníamos algún conocido en Mumbai, por ende la decisión que tomamos fue la de jugarnos a conseguir un pasaje in situ.

Desde mi punto de vista, el sistema ferroviario indio es, en general, bastante bueno, siempre teniendo en cuenta que estamos hablando de la India. Salvo excepciones, siempre viajé en la segunda clase con literas (Second sleeper), que es muy accesible de precio, además de suficientemente cómoda. Por estas dos razones, los billetes se agotan con velocidad, sobre todo si se trata de un viaje largo como el de Mumbai a Kerala, que tarda un día y medio.

Teniendo esto en cuenta, era previsible que no hubiera billetes disponibles. Sin embargo, teníamos en la manga el recurso de la tourist quota, que es una cantidad de asientos reservados para los turistas. Generalmente, cuando uno es turista y pide esta solución, hay muchas chances de obtener un lugar.

Cuando finalmente abrieron las boleterías, los compradores dejaron pasar primera a mi mamá porque es mujer (y occidental), y acto seguido se lanzaron todos en malón a por sus pasajes.

El empleado de la ventanilla nos dio la noticia esperable (aunque no esperada), “Ya no hay pasajes para el Netravati Express en second sleeper”.

En este punto es conveniente aclarar que Kurla es una estación suburbana y pequeña. Características que descubrimos en el mismo momento de llegar, pues no teníamos ninguna referencia previa. Por ende, en la estación nadie sabía nada; no había un jefe de estación, ni tampoco tourist quota, opción sólo reservada a grandes estaciones, como supimos allí.

A/C

 

Ante la insistencia, el boletero nos ofreció una solución alternativa: viajar en camarote con A/C; que no era parte de una famosa banda de rock, sino la abreviatura de Air Conditioning (aire acondicionado).  El precio, de todos modos, era bastante similar a si viajáramos junto a Angus Young, el guitarrista de AC/DC. 

Aparte del precio alto, otro obstáculo era que no teníamos suficientes rupias para pagar los billetes con aire acondicionado, ya que no aceptaban el pago en dólares. La otra solución hubiera sido tomarse un tren suburbano hasta la estación central de Mumbai, y allí tomar otro tren hacia Kerala, que en ese caso demoraba dos días (y tampoco teníamos los pasajes).

Después de las deliberaciones decidimos comprar los billetes para viajar con A/C. Le dejamos unos dólares como garantía de reserva al empleado de la boletería, mientras gestionábamos el cambio de dinero con un muchacho que, un poco por arte de magia, había aparecido en el momento justo. A este respecto, creo que siempre que uno necesite algo en la India habrá alguien para, al menos, tratar de cumplirlo. Sobre todo si son negocios, o indicaciones de direcciones.

En cuanto al cambio de dinero, me estremezco al recordar que le dimos los dólares al muchacho desconocido, que a su vez fue a buscar las rupias a quién sabe dónde. Digo que me estremezco, porque suena muy ingenuo darle dinero a un desconocido, en una estación tren, y sentarse a esperar que nos traiga el cambio acordado.

Hicimos esto con la venia de mi padre, que sostenía que esta manera de transaccionar sólo es posible en la India, una tierra en que, según dicen las historias, uno puede dejar un lingote de oro en plena calle y volver a los cinco años para todavía encontrarlo allí, sin cambios.

Después de mi experiencia de robo en la India, no estoy tan seguro de si volvería a repetir la transacción de la misma forma. Lo cierto es que el muchacho volvió al rato con las rupias correspondientes, y a pesar de nuestra intranquilidad natural, todo anduvo sobre rieles (perdón, pero no podía evitar la metáfora ferroviaria).

Lokmanya Tilak

 

Mientras esperábamos la llegada de las rupias, seguían pasando cosas en la estación de Lokmanya Tilak. Cosas que son normales en las estaciones de tren, y sobre todo, normales en la India.

Por ejemplo, en la estación, que a fin de cuentas es una especie de gran galpón, con los andenes en el exterior, muchas personas duermen en el suelo, como si hubieran pasado la noche allí. No sé qué se puede decir después de haber hecho lo mismo, pero en el aeropuerto.

Asimismo, hay familias enteras que, en el medio de esta muchedumbre, hacen el ritual de levantarse, vestirse y desayunar como si estuvieran solos en su casa.

A su vez, en la entrada de la estación hay un camión con parlantes que emite a gran volumen algo que parece  música devocional.

Al mismo tiempo, un nene corre desnudo entre los perros de la estación, mientras todos estamos rodeados de moscas.

Imágenes cotidianas de la India y las estaciones de tren, que quizás me pasaron algo desapercibidas por estar esperando la llegada de las rupias.

Por su lado, el empleado de la boletería se acerca a reclamarnos el pago en rupias, ya que su jefe le está haciendo problemas. La tensión se disipa cuando finalmente el muchacho vuelve con el cambio, y le abonamos todo al boletero, que aduciendo no tener vuelto para darnos, se queda con una propina que en estos días se llamaría “gastos de gestión”.

Detalle

 

Luego del largo viaje desde Argentina, la noche en el aeropuerto, el trajín de la estación y la tensión de los boletos y dineros, nos subimos al Netravati Express. Frente a nosotros había una pareja joven y un hombre solo. Hablamos un poco, no mucho. Era apenas mediodía pero teníamos muchas ganas de dormir.

Quizás hayan sido el cansancio y el sueño; o quizás la suma de factores enumerados más arriba. Lo cierto es que una vez en el tren no nos percatamos de un detalle primordial.

Mientras escribo estas líneas me viene la duda, entonces consulto primero a mi madre, y más tarde a mi padre, no sea cosa que la distancia me haya nublado el recuerdo y yo, en el afán literario, mienta a mis lectores.

Mis padres confirman mi sospecha. Sospecha que, además, cobra realidad en la inequívoca caligrafía de mis cuadernos de viaje.

Es así que sólo ahora, mientras rememoro, releo mis cuadernos de viaje y escribo esta diferida crónica, me doy cuenta de que aquel camarote (todo el vagón en realidad) no tenía ni una pizca del afamado y tan bien vendido A/C.

Viajamos un día y medio en segunda clase (que en realidad era nuestro deseo inicial), pero pagamos el doble de precio como si fuera A/C (constatado en mi registro de gastos del viaje), y ¡no nos dimos ni cuenta hasta hoy!

Ráfaga

 

No entiendo qué pasó. No sé si el hombre de la boletería nos engañó y nos cobró por algo que no nos dio. No sé si el guarda nos ubicó en otro lugar. No sé si las primeras horas en la India trastornaron mi lucidez.

Evidentemente, me indigno en retrospectiva. Aunque no sirva de nada.

Que la crónica de Bombay haya tardado tanto en ver la luz puede tener algo que ver con esto. No quiero decir con el aire acondicionado, sino con esta ráfaga de vivencias que yo creo no fui capaz de asimilar de manera adecuada en aquel momento, y quedaron a medias entre el inconsciente y la conciencia.

Los primeros recuerdos de la India, siempre un poco olvidados, ahora asoman la cabeza, dejándome notar incluso detalles muy grandes, de los que entonces ni siquiera me percaté.

Unas pocas horas en los suburbios de Bombay ya me habían marcado.

¿Qué pasaría, entonces, cuando volviera a la ciudad por varios días, al final de mi viaje? Mejor estar preparado.

Imágenes:

www.houseofdistinction.wordpress.com

www.taringa.net

Tradicionalmente, al menos en lo que a mí me ha tocado ver en la sociedad occidental (y que podría encuadrarse en las dos últimas décadas), el festejo de fin de año está emparentado con grandes comidas, salidas nocturnas y botellas vacías.

Por otro lado, también es justo decir que el cambio de año es un evento de reunión familiar. No todo son excesos. Quizás es debido a mi edad que sólo estoy viendo una parte de la escena, ya que teniendo treinta años es normal que la mayoría de mis coetáneos (incluyéndome) hayamos pasado por nuestra etapa de festejar fin de año como si en realidad fuera el fin del mundo.

Asimismo, hay que decir que la celebración del año nuevo es una celebración pagana. A diferencia de la Navidad, que es de carácter religiosa, la llegada del nuevo año se basa en cuestiones estrictamente relacionadas con el calendario (que al ser gregoriano, es decir artificial, ni siquiera está fielmente emparentado con los procesos solares naturales), y por ende no hay un basamento religioso.

Pagano

Por una parte, el hecho de ser pagano exculpa al festejo (y a los festejantes) por los procedimientos utilizados. Quiero decir, para los cristianos, la Navidad celebra el nacimiento de Jesucristo, y por ende se trata de una fecha sacra. De acuerdo a ello, el festejo resultante, al menos para los creyentes, debería ser de carácter religioso y espiritual.

Es evidente que la forma principal en que se festeja la Navidad en Occidente no tiene mucho de espiritual, y entonces es fácil criticar el fervor mercantilista y los banquetes que esta fecha propicia.

De todos modos, no quiero entrar en moralinas sobre la Navidad, sino que quiero destacar que, justamente por su paganismo, sobre la celebración de fin de año (o año nuevo), no pesa, a priori, ningún compromiso espiritual.

De hecho, lo que se festeja es la llegada de algo nuevo, como un signo auspicioso, y no parece haber un ritual fijado de manera generalizada para dicho evento.

En España se come una uva por cada una de las doce campanadas que determinan el cambio de año; en las películas vemos la muchedumbre recitando la cuenta regresiva de medianoche; en Argentina se tiran petardos.

En este sentido, el del paganismo me refiero, nadie puede decir que celebrar el año nuevo con una pantagruélica comilona, grandes fiestas o bebiendo hasta el amanecer, sea incorrecto.

Actitud

 

Como sabemos, la noche que va del treinta y uno de diciembre al primero de enero es el apogeo de este festejo. Como consecuencia, el uno de enero, dependiendo cada caso, es más bien un día de reposo, de resaca, de reunión, de recuperación.

Por otra parte, desde el punto de vista espiritual, el año nuevo es un acontecimiento que determina el inicio de una nueva etapa, como marca el sentido común. Esta nueva etapa no es, en realidad, importante por lo referente al calendario, sino como símbolo de una nueva energía para llevar adelante lo que se viene.

Como muchos hemos ya comprobado, externamente no cambia nada desde el último día de un año al primero del siguiente, sino que se trata de una cuestión simbólica que nos afecta en planos menos tangibles que lo material.

El inicio de un nuevo año nos hace reflexionar sobre lo pasado y tomar ciertas actitudes para con el futuro. A eso me refiero con una “nueva energía” para afrontar lo que se viene. Eso “que se viene”, como decía, no es objetivamente diferente a lo que “ya había”; lo que hay de nuevo, en todo caso, es la actitud para afrontarlo.

De esta forma, muchas personas elaboran listas de “objetivos que cumplir” en el recién llegado año; otras personas lo ven como el fin de una pesada carga; otros simplemente lo usan de motivo para recargar las baterías; mientras otros se plantean un cambio de actitud para el futuro próximo.

Esta nueva actitud, o al menos esta intención de un cambio de actitud para mejorar algunos aspectos de la propia vida, no siempre es de larga duración. A muchos nos puede durar sólo lo que dura el fervor de este cambio de año, para luego apagarse rápidamente. Habrá otros a quienes el impulso los lleve más lejos.

Sea cual sea el caso, y basándome en las enseñanzas espirituales, me da la sensación que para empezar el año nuevo con una verdadera nueva actitud, también es necesario llevar a cabo alguna modificación exterior, que vaya más allá de la mera intención de deseos.

En Cambio 

En un discurso, ahora muy relevante para sus seguidores, del uno de enero de 1999 (Premananda Satsangs Vol. V – “Premananda Day”), Swami Premananda dijo:

“Pienso que este año es hora de que todos vosotros realmente hagáis algo. Primero, debéis leer y entender, ¿pero qué utilidad tiene estar siempre leyendo y hablando si no actuáis?… Esa es la razón por la que debemos crear un nuevo tipo de celebración en nuestro Ashram y Centros.

De ahora en más, cada año podemos celebrar el uno de enero de una manera un poco diferente. Me gustaría llamar al primer día del año, el “Día Premananda”. No es mi idea que en ese día penséis en mí. Ya hay muchos días en que hacéis eso, como en mi cumpleaños y el día del Gurú. ¡En el “Día Premananda”, quiero que cada uno de vosotros piense verdaderamente en los demás!

¿Cómo haremos esto? Cada persona que esté conectada con el Sri Premananda Ashram debe hacer un servicio para alguien más en el “Día Premananda”. Este es vuestro día especial para concentraros concienzudamente en el servicio y hacer una buena acción para alguien. Podéis hacerlo individualmente o en grupo. Podéis organizar un evento especial o mostrar un poco de amabilidad a alguien que lo necesita”.

La idea que propone Swami me parece muy razonable. Si uno tiene la intención de progresar espiritualmente y/o ayudar socialmente, es lógico que uno empiece el nuevo año con una acción consecuente.

No estoy diciendo con esto que todas las personas tendrían que hacer servicio social el primero de enero. Hay personas que al cambio de año le atribuyen una función más bien familiar, y por ende lo dedican a ese fin. Quizás otras personas no ven en el fin de año otra cosa que un día más del año, y por lo tanto tampoco piensan en hacer nada fuera de lo normal.

Sin embargo, repito, desde una perspectiva espiritual, en que el nuevo año debe ser motor de renovadas intenciones, todas ellas para progresar en el sendero espiritual, es buena idea llevar a cabo una acción iniciática que sirva que envión.

Servicio

Cuando yo entré en contacto con Swami Premananda, este evento estaba ya instaurado y por ende participé en varios “Días Premananda”.

Por ejemplo, la Juventud Premananda europea organiza cada año una encuentro juvenil de varios días, incluyendo el cambio de año, y entre las varias actividades se realiza algún tipo de servicio comunitario el uno de enero.

En un punto, no es tan fácil hacer servicio social el primero de enero, ya que el mundo parece detenerse. Hay pocas personas en las calles, las organizaciones y las escuelas están cerrados, muchas personas están de vacaciones.

A este respecto, Swami Premananda dice que el servicio no deber ser necesariamente algo grande. Cada uno puede hacer lo que esté a su alcance. De esta forma, con la Juventud Premananda, por ejemplo, limpiamos una plaza de los restos de petardos y fiesta de la noche anterior; pintamos un “hogar para gatos”; vendimos calendarios para recaudar fondos para el orfanato de la India.

También en Argentina participé en este evento, visitando un hospital o un hogar de ancianos; vendiendo ropa de segunda mano para juntar fondos; preparando una obra de teatro para entretener a los niños del Ashram.

Evidentemente, según la circunstancia y la persona, algunas acciones fueron más exitosas que otras, pero lo importante siempre seguía siendo el hecho de comenzar el año con una acción de servicio social que ayudará a los demás; que además nos permitiera olvidarnos de nosotros mismos por un momento, y que también fuera una puesta en práctica de las enseñanzas de mi maestro espiritual.

Swami dice: “Sinceramente espero que no leáis mi mensaje de Año Nuevo y lo dejéis de lado. Ésta es mi llamada para que me ayudéis a hacer bien al mundo. Ganaréis tanto de esta experiencia”.

Yo también espero sinceramente no dejar de lado el mensaje de Swami, y ojalá el impulso inicial de cada primero de enero me lleve a un largo recorrido de servicio. El primer paso está dado.

No lo puedo evitar. Ya vengo con la cuestión del libro desde hace un par de semanas y no logro cambiar el disco. Sepan entender.

En realidad, el tema del libro me viene rondando desde hace muchos meses, sobre todo con el proceso de corrección y edición. Por otro lado, el proceso de publicación también fue desgastante, porque implicaba trabajar a la distancia, ya que el libro fue impreso en la ciudad de Córdoba, Argentina, mientras yo estaba en Barcelona.

El duro trabajo de seguimiento (y hasta hostigamiento) para con la imprenta cordobesa, fue hecho principalmente por mi madre, por una cuestión de cercanía física, aunque también por motivos de carácter. Quiero decir: en general, a mí me cuesta ser proactivo y necesito algún estímulo exterior para arrancar con las cosas. Mi mamá es más determinada, o al menos, pone en acción la fuerza de voluntad de manera continua, y entonces se encargó de llamar a la imprenta cada día durante tres semanas, para así asegurar la puntual entrega de los doscientos ejemplares del “Diario de viaje espiritual de un hijo de vecino”.

No cuento todo esto sólo para que sepan que todavía soy un “nene de mamá”, sino porque he descubierto (como sospechaba), que una vez publicado el libro, el trabajo que me espera es, al menos, igual de duro que el de la escritura del mismo.

De hecho, estoy viendo que el libro está pasando de ser un ejercicio literario a convertirse en un “ejercicio espiritual”.

Difusión

 

Evidentemente, el hecho de que el libro esté publicado en carne y hueso no garantiza, ni mucho menos, que el libro se difunda, se distribuya, y en última instancia, se venda. Para lograr estos objetivos, es necesario moverse, es decir, trabajar.

En algún impermeable recodo de mi corazón de escritor, perdura la ilusión de que una vez escrito, el libro se venda solo. O sea, se eleve solo; solito se traslade hacia los escaparates de las librerías; también solo lleve su imagen a la mente de los potenciales lectores, creándoles el deseo irrefrenable de leerlo; para finalmente llegar a sus manos, con la ayuda del librero de turno.

Ya sé que es obvio, pero bueno, hay cosas que no se comprenden hasta que se viven tangiblemente.

Por suerte para el libro, mi mamá (mi Agente de Prensa, entre muchos otros cargos), había previsto algunas de estas obviedades, de manera que organizó dos presentaciones públicas del libro. Más allá de mi negación inicial, las presentaciones resultaron ser satisfactorias para mí, y además una forma excelente de poner en práctica la auto-confianza, el coraje y la calma, entre otras tantas aptitudes a desarrollar.

Además de las presentaciones, hubo una ronda por los medios, por supuesto organizada por mis padres. Una ronda mediática que, cómo no, también iba a requerir de gimnasia espiritual.

Desprevenido

En realidad, el primer contacto fue hecho con una buena amiga periodista, Carolina, que trabaja en el canal televisivo de Cemdo, en Villa Dolores.

Allí llegamos una mañana, con Nuria, para grabar mi primera aparición televisiva.

Además de Carolina, estaba Daniel, el periodista que a la sazón me haría la nota. Daniel me hizo sentar en una pequeña mesa redonda, junto a él, y yo me preparé mentalmente para dar mi primera entrevista. Lo bueno, pensé, es que al ser grabada, cualquier gran metida de pata podría ser reparada, si era necesario.

Entonces, Daniel dijo, “Aquí estamos de vuelta, en nuestro programa de la mañana, televisión en vivo, señoras y señores”.

Con mi sagacidad característica, me di cuenta que estábamos saliendo sin filtros al aire, en un programa matinal que yo desconocía, pues había llegado al canal pensando en grabar una breve nota para el noticiero del mediodía.

Obviamente, no fue tan grave. De todos modos, tuve que cambiar el marco mental en un segundo y adaptarme. A este respecto, Swami Premananda dice que el principal motivo por el que nos enfadamos es que los hechos no se adecuan a nuestras expectativas. Cuando algo no sucede de la manera que lo esperábamos, entonces nos ofuscamos o confundimos.

En mi caso, claro, el paso del programa grabado al directo no se puede considerar entre las pruebas más duras para el ser humano, aunque sí me hizo trabajar el aspecto de adaptación a las nuevas condiciones y el abandono de las expectativas.

Es por detalles pequeños como este que hablo de la difusión del libro como un ejercicio espiritual.

Justamente hablando de expectativas, Nuria estaba filmando el backstage del programa con su cámara de mano, luego de haber rechazado gentilmente la invitación del periodista de sentarse en la mesa redonda.

A poco de comenzada la entrevista, el periodista, en un gesto que el mismo calificó graciosamente como “traición”, pidió que las cámaras enfocaran a Nuria y la “instó” a unirse a la mesa. El carácter de extranjera de Nuria, es decir su catalanidad/españolidad, fueron un gancho periodístico demasiado apetitoso para dejarse escapar.

De esta forma, Nuria se tuvo que sentar entre nosotros, para también hablar de sus experiencias en la India, e incluso de las diferencias entre Argentina y España. Esta vez fue ella la que tuvo que adecuar sus expectativas, de camarógrafa escondida a entrevistada televisiva.

De todos modos, hay que aclarar que Nuria, fiel a su estilo, no robó excesiva cámara, y fui yo el que habló más.

Confusión

 

Sin embargo, en la siguiente aparición mediática, el imán de la extranjería volvió a entrar en acción.

Me explico: nuestra siguiente parada fue Radio Champaquí, siempre en Villa Dolores. Allí fue como adelantado mi padre, preparando el terreno mientras Nuria y yo llegábamos desde el canal de televisión.

Una vez en el salón de espera del estudio radial, uno de los locutores nos pidió paciencia, y al rato informó a la audiencia de la futura entrevista. Dijo algo así como, “Después de la pausa comercial hablaremos con la autora del libro”.

Es normal. No es la primera vez que mi raro nombre lleva a confusión a quienes no me conocen. Esto, sumado a la presencia de una chica en la sala, hace que estos errores pasen. Es normal.

Una vez en el aire, el presentador del programa hizo la corrección correspondiente y todos contentos.

Esta vez Nuria se quedó afuera del estudio, sobre todo por miedo a que la forzaran a hablar.

Sin duda, el libro está poniéndonos a prueba a los dos.

Redundancia

 

Al terminar la entrevista, nos dirigimos a Radio Libertad, a una calle de distancia. Allí nos recibieron sin problemas, y otra serie de preguntas y respuestas fue enviada al éter.

Por la noche, un canal de televisión se acercó al lugar de la presentación para hacer una entrevista relámpago, para el noticiero de la noche. A su vez, el canal de la mañana (Cemdo) filmó parte de la charla pública para un futuro noticiero.

Al día siguiente, la reseña de la charla apareció en el diario local, llamado Diario Democracia. Más tarde en la semana, yo visité dicho diario donde también me hicieron una entrevista.

Asimismo, fui recibido en la Radio de Las Rosas, donde se habló de la segunda presentación del libro y otros pormenores.

A este punto, ya se me había hecho más natural responder a distintas preguntas, aunque no siempre estaba listo para las respuestas. Durante estas entrevistas, expliqué varias veces los motivos del libro y su contenido, conté detalles de la India y de mis intereses espirituales; repeticiones todas que además de difundir, me sirvieron para pasar en limpio en mi cabeza cuestiones que ya sabía, pero no necesariamente estaban bien ordenadas para el discurso público.

En algún momento, con infantil auto-conmiseración, pensé que repetir sin cesar las mismas ideas era cansador para mí mismo. Luego pensé que de eso se trata difundir. También pensé que era trabajo y había que hacerlo. Finalmente, pensé que Swami Premananda repite las mismas enseñanzas espirituales, incluso a las mismas personas, desde hace muchos años. Las repite una y otra vez, como si fuera la primera vez.

Si yo quiero ser un digno discípulo de Swami Premananda, si quiero que el libro también me sirva para mejorar espiritualmente; entonces, será necesario, entre otras cosas, que diga mis ideas más de una vez, con o sin micrófonos, pero tratando de mantener la convicción, siendo fiel a mí mismo y a mi obra.

Como un constante ejercicio espiritual.

La tapa

La semana pasada ya comenté que estaba a la espera del libro de “Hijo de Vecino”. Después de algunos días de expectativa e incertidumbre, la versión en papel estuvo lista a tiempo en la imprenta. En efecto, se imprimieron doscientas copias del libro cuyo título es “Diario de viaje espiritual de un hijo de vecino”.

Los textos que componen el libro son los que comprenden desde mayo/junio 2008 (fecha de inicio del blog en la Internet) hasta marzo 2009, regreso de mi cuarto viaje a la India. Esos mismos textos pueden ser todavía encontrados en esta bitácora digital, aunque en el libro han sido corregidos y ampliados.

Por otra parte, el libro también incluye un prólogo en donde se explica el proceso de creación del libro, comenzando por el impulso que me dio Swami Premananda hace tres años en la India, pasando por las dudas que me asaltaron y la correspondiente creación del blog, para llegar hasta la edición pirata fraguada por Nuria para el Sant Jordi catalán.

Por el momento, la detallada historia del génesis está sólo disponible en papel, como un detalle extra para los que compren el libro. En algún momento, seguramente, el prólogo será también subido al blog.

Diseño

El diseño de portada del libro estuvo a cargo de Ramiro Clemente. Ramiro es oriundo de la provincia de Tucumán, en Argentina, aunque actualmente reside en Barcelona, España, desde hace ocho años.

Además de ser mi amigo, es artista plástico y diseñador. Generosamente fue él quien se encargó de realizar el diseño de portada del libro, que a mi entender está muy lindo y se adecua totalmente a la idea del libro.

El contendido del libro necesita ser juzgado por cada lector, pero en cuanto a la portada, yo creo que sin dudas logra el objetivo de trasmitir una idea de cuaderno de viaje. Asimismo, todas las personas que ven la portada la elogian.

Agradezco muchísimo a Ramiro por su trabajo y su arte.

Para quienes quieran ver más  de su obra, su nuevo sitio web es: www.ramiroclemente.com

La Tapa:

Presentación

Por otra parte, el lunes pasado (14 de Diciembre) hice la presentación del libro en la ciudad de Villa Dolores, provincia de Córdoba. A pesar de mis nervios todo salió bien. Sobre todo debido a la ayuda de mi equipo especial, formado por madre-padre-hermano-novia, quienes asumieron distintos roles para dejarme sólo la tarea de hablar… lo cual es lo que más nervioso me tenía, ya que puede que escribir lo haga bien, pero hablar, bueno, es discutible.

Los asistentes fueron unos treinta y a fin de cuentas lo disfruté. Di una explicación, lo más amena que pude, de cómo se gestó el libro y de sus ingredientes principales (India y espiritualidad).

De todos modos, yo creo que la parte que más disfrutaron todos fue la proyección de un mini-video con imágenes de la India y música. Las imágenes son parte de mi archivo personal, imágenes tomadas en algunos viajes. La música es de Ravi Shankar y de mi músico favorito de los últimos tiempos: MC Yogi.

La creación audiovisual estuvo a cargo de Nuria, que para este tema tiene pasta.

Para que se den una idea, hemos subido el video online. Dura unos seis minutos aproximadamente y se puede ver en YouTube:

http://www.youtube.com/watch?v=lxT6TrrhFUM

Este domingo 20 de diciembre hay una nueva presentación del libro en la plaza de Villa de las Rosas, el pueblo donde viven mis padres.

Probablemente la próxima semana tenga más novedades sobre el libro, el tema que más me está ocupando la cabeza y el tiempo.

Coordenadas actuales: A día de hoy no estoy ni en la India ni en Barcelona, mis paraderos más recurrentes de los últimos años. Desde hace una semana estoy (estamos, pues viajo con Nuria) en Argentina, en una larga visita. Desde hace dos días estamos en casa de mis padres, en el pequeño pueblo de Villa de las Rosas, Valle de Traslasierra, en la provincia de Córdoba.

Entre el ajetreo del viaje, la falta de buena conexión a Internet y los suculentos pasteles que prepara mi madre, se me hace difícil actualizar en tiempo y forma este diario.

Hay también otro motivo para mi dispersión: desde hace algunos meses vengo planeando llevar a formato libro parte del contenido publicado en este blog, específicamente el que va desde el inicio (mayo/junio 2008) hasta marzo 2009. Esta publicación en papel, auto-gestionada, tendría que ver la luz hoy mismo, si todo va bien.

Una vez que las copias tangibles del libro estén en mi mano, y merced principalmente al estímulo de mi madre, hay planeadas un par de presentaciones del libro para la próxima semana, en dos localidades de la zona (Villa Dolores y Villa de las Rosas).

Este, para mí, inusual hecho, me está teniendo atareado con preparativos, tanto prácticos como mentales, de manera que mi atención no está del todo en el blog; o más bien, sí lo está, pero en otro formato…

Archivo

 

Por otro lado, el estar en casa de mis padres me permite el acceso a un gran archivo espiritual del que era huérfano en Europa. En estantes y cajas de toda índole, aquí puedo encontrar desde viejas revistas del Sri Premananda Ashram, hasta resúmenes mecanografiados de milenarias técnicas de respiración.

De esta investigación, incompleta por cierto, he rescatado un sencillo texto escrito por un joven devoto belga, cuyo nombre espiritual es Kugha. Hace algunos años, Kugha estuvo viviendo por un año en el Sri Premananda Ashram, y entre otras cosas, dejó una historia muy simple, muy cotidiana, con la que me siento identificado. Una historia que podría haber escrito yo, y que resume de buena manera un viaje en autobús en la India, pero sobre todo el sentido de vivir en un ashram.

A continuación la comparto.

Autobús

 

“Son las 2.30pm. Otra vez es un día muy caluroso en Chennai. Estoy cansado. Ojalá pudiera tomar un lindo baño refrescante y dormir un poco. ¡Ah, el autobús a Trichy! Me escabullo dentro y logro encontrar un asiento. Nadie se sienta junto a mi. Me duermo. Media hora más tarde me despierto. ‘¿Disculpe, puedo sentarme aquí?’ ‘Oh, sí, desde luego’. Me muevo para darle sitio al recién llegado, completamente aturdido por mi siesta de media hora. Bebo algo. El hombre a mi lado me mira. Tomo otro trago de agua. Aún me mira. ¿Qué quiere él? ‘¿Desea un poco de agua?’, le pregunto. ‘Oh, no, gracias’, y mira en otra dirección. Hombre extraño…

‘Perdone, señor’, dice, ‘usted es ¿de qué país?’ ¡Oh no, otra vez! ¡tantas personas me preguntan lo mismo! No deseo contestarle, pero eso no sería amistoso. ‘De Bélgica’, le digo. ‘¿Y qué le parece la India?’ ‘Me gusta mucho’. Sonríe orgullosamente. ‘¿Va a Trichy ahora?’ ‘Sí’ ‘¿Dónde en Trichy?’ ‘Vuelvo al Ashram’. Deja de preguntar. Espero que no pregunte más. Tomo más agua y miro a los vendedores en el camino.

‘Pero no entiendo, ¿qué hace usted en ese ashram cuando su Gurú ni siquiera está allí?’. Me asombro. Esa no es la clase de pregunta que esperaba. No sé qué decir. ‘¿Qué quiere decir?’, pregunto. ‘Bueno, supongo que el ashram al que se refiere es el Sri Premananda Ashram, y todos saben que Swami Premananda está en la cárcel. Así que ¿qué hace usted allí?’ ‘Bueno…’ ¿qué voy a responder? Puedo hablarle sobre las revistas Prema Ananda Vahini, sobre los videocasetes, sobre la tienda, pero ¿debo contarle todo eso? Quizás es mejor si doy una respuesta general. ‘Hago algún trabajo allí’, digo. ‘¿Qué tipo de trabajo? Estoy muy interesado en saber’. Ahora tengo que contarle. ‘Distintos tipos de trabajo, hay quinientos niños que cuidar y tantas tareas que hacer para recaudar fondos para ellos y ocuparse de ellos’ ‘Sí, entiendo eso’, dice, ‘pero me gustaría saber ¿qué hace usted personalmente allí? Por ejemplo, ¿cómo es su día en el ashram?’. Le miro. Él es muy curioso. No obstante su rostro se ve muy amistoso e interesado.

Relato

 

‘¿Dónde quiere que empiece?’, le pregunto. ‘Desde el comienzo, desde el momento en que se levanta’. Me rasco la cabeza. Supongo que no quiere saber cómo me cepillo los dientes. Mejor hablo de la puya (ritual) de la mañana. ‘A las 5:30am hay un abishekam (lavado ritual) a Ganesha en el templo. Es bastante lindo comenzar el día pensando en Dios. Puedo sentir la diferencia cuando asisto a la puya y cuando no, pero debo confesar que a veces no logro salir de la cama tan temprano, especialmente en la temporada de frío’ ‘¿Luego?’ Él es muy persistente. ‘Luego… si no tengo trabajo urgente, me hago una taza de té en mi cuarto. Si tengo ropa para lavar, también lo hago en ese momento’. Le miro. ¿Es suficiente?. No dice nada, pero sigue mirando con ojos expectantes. Me pongo un poco nervioso. ‘No puedo decirle lo que pasa luego, porque cada día es distinto. A veces no tengo mucho trabajo y entonces tengo tiempo de hacer abishekam, y algunos días son muy ajetreados. Depende de la situación’. Él sonríe. ‘Así que un día ajetreado, por ejemplo, ¿cómo es?’. Otra vez no sé dónde empezar. ‘Imagínese que está en el ashram ahora por la mañana’, dice.

‘Muy bien, le daré un ejemplo… el ashram tiene que enviar libros a los devotos y estos libros tienen que ser empacados. Ello significa que tendré que ir a comprar cajas, cinta, plástico para empacar todo esto. Para eso debo pasar una mañana en Trichy. Si es necesario, hay que imprimir direcciones y pegarlas en los paquetes. Todo eso lleva tiempo, y a veces tiene que terminarse en un breve lapso. De modo que a veces hay presión, pero en realidad eso lo hace emocionante. Entonces, por ejemplo en una mañana estoy empacando. De repente, en medio de hacer eso, veo que son las 10.00am y prometí a alguien darle clases de armonio a las 9.45am ¡Se me hizo tarde! Me apresuro hacia la sala de clases, pero no hay nadie allí. Abro la puerta y preparo la habitación para la clase. Dos minutos más tarde, llega el alumno – ‘Lamento llegar tarde, me olvidé completamente de la hora’, dice. Yo sonrío. ‘Yo también’, digo – Entonces tocamos el armonio. Estas clases son muy agradables, en especial cuando la persona que está aprendiendo está realmente motivada. Terminamos la clase. Rápidamente voy a la tienda y compro algunos sabrosos dulces del sur de la India, un desayuno ligero. Vuelvo a empacar los libros ¡Tantos libros! Hoy es lunes ¿cómo voy a terminar esto para el miércoles? Afortunadamente, alguien viene a ayudarme. Siendo dos, también es más divertido. Seguimos empacando. Nos da hambre al ver que ya es la 1.30pm. El tiempo vuela. Vamos a almorzar. En la cantina, alguien se me acerca – ‘¿No te olvidaste de hacer ese inventario, no es cierto?’ ‘No me olvidé realmente, pero aún no lo hice’, respondo. ‘De cualquier manera, lo necesito esta noche, ¿podrías hacerlo?’ ‘Sí sí, lo haré’ -.

Después del almuerzo corro a la oficina. Rápidamente escribo el inventario. Otra vez el reloj se apura. Mientras hago el inventario me doy cuenta que todavía tengo que escribir algunos e-mails, de modo que mejor los escribo ahora ¡uno, dos, tres! ¡finalmente terminados! ¿Qué hora es? ¡Oh no, las 4.30pm! ¡En una hora tengo que preparar el abishekam a Ammam (la Madre Divina)! Me apresuro a empacar algunos libros más. Ahora llegan a ayudarme algunos visitantes ¡Gracias a Dios! Un poco más tarde tomo mi baño para el Abishekam a Ammam.

El abishekam a Ammam… es tan lindo tener este momento de paz en medio de tantas actividades movidas ¡Ella es tan hermosa! Después de barrer el templo, voy a cenar. No puedo quedarme mucho allí, tengo que terminar los paquetes. A las 11.00pm miro el resultado de todo el empaquetamiento. Basta por hoy, puedo terminar el resto mañana. Voy a mi habitación y me hago mi té de las buenas noches. Y entonces se acaba otro día’.

Suficiente

 

Miro a mi vecino, ‘¿Suficiente?’, le pregunto. ‘¿De modo que ésas son las cosas que usted hace?’. ‘Sí’, respondo lacónico. El autobús se detiene. Todos bajamos para tomar un café. El hombre que vende café me pregunta de qué país soy. ‘Bélgica’, respondo lacónico y regreso al autobús. Me duermo. Cuando despierto veo que casi llegamos a Trichy.

‘Durmió mucho’, dice el hombre que está a mi lado. ‘Aparentemente sí. Ahora descansé bien’, digo. Veo en su rostro que quiere preguntarme algo más, aunque ahora vacila. Cinco minutos más tarde, dice ‘Perdone que haga tantas preguntas, pero tengo una pregunta más’ ‘Adelante’, digo.

‘¿Viene usted de tan lejos a la India sólo para hacer algo de trabajo? ¿No quiere ir a meditar o a ver el país?’ ‘No, estoy feliz en el Ashram’. ‘Entonces, ¿qué hace tan lindo al ashram?’.

Pienso un momento. ‘Mi mente está todo el tiempo saltando de un sitio a otro. Siempre que tiene una oportunidad, mi mente trata de disfrutar todos los placeres mundanos. Cuando le permito hacer eso, me alejo más y más de Dios, y después de un rato, me siento realmente infeliz. Ahora estaré en el ashram un año, en un medioambiente puro, con apenas muy pocas atracciones mundanas. Los abishekams diarios me recuerdan siempre lo Divino y el trabajo que hago mantiene ocupada a mi mente. Haciendo este trabajo, que es en realidad seva (servicio desinteresado), mi mente no tiene oportunidad de deslizarse hacia la mundanalidad. Recuerdo que un día no tenía ninguna tarea. Por alguna razón no había nada que pudiera hacer. Duró dos días, y durante esos días me sentía realmente infeliz. Desde ese día me di cuenta el valor que tiene para mi hacer seva. Lentamente hará que mi mente se estabilice y se concentre en Dios’.

Mientras tanto, el autobús llega a Trichy. Descendemos, nos despedimos y nos separamos. Subo al autobús 45. ¿Qué hora es? Las 9.00pm. En menos de una hora estaré de regreso en el Ashram, de regreso a casa…”.

Como continuación de la semana pasada, aquí va la segunda parte del, para mí, emotivo relato de cómo la presencia de Swami Premananda en la cárcel cambió la vida de este preso, M. Vadivelan, y su influencia espiritual entre todos los prisioneros.

 

Agujero

 

“Un día, uno de mis amigos musulmanes me contó que su nieto tenía un agujero en su corazón y que los médicos le habían dicho que lleve a su hijo al hospital de Bangalore. Preguntó si podía hablar a Swamiyi acerca de esto. Así que le dije que fuera a la reunión de meditación de los sábados ya que definitivamente Él le guiaría correctamente.

‘¿Puedo ir allí? ¿Va a hablar conmigo?’, me preguntó llorando. Le hice su pedido a Swamiyi. Él se rió y dijo, ‘Nunca veo si alguien es cristiano, musulmán, budista o hindú. Tan sólo veo sus corazones’.   

 

A la mañana siguiente, más de 500 prisioneros se reunieron en el salón de oraciones. Nuestro amigo musulmán también estaba presente. Muchos se sorprendieron de verle. Algunos pensaban: ‘¿Por qué ha venido este hombre a estas plegarias?’ Y mostraban su odio por él en sus ojos. 

 

Swamiyi llegó al salón y empezó a cantar ‘Om Nama Shivaia’ (uno de los mantras sagrados del Hinduismo). Todos nos unimos a Él en el canto. Muchos hicieron preguntas espirituales. Él respondía cada pregunta. Mi amigo musulmán me miró y le dije que hiciera su pregunta. Se dirigió a Swamiyi y dijo que su nieto sufría de un agujero en su corazón y explicó su situación a Swamiyi con lágrimas en los ojos.

Todos escucharon atentamente este pedido miraron fijamente a Swamiyi.

 

Swamiyi dijo, ‘¿Por qué estás llorando? No hay nada de qué preocuparse. El agujero en el corazón de tu nieto se curará’. Yo me asombré de oír esa respuesta y tenía un poco de miedo que las palabras de Swamiyi terminaran resultando equivocadas. Todo el día estuve lleno de una mezcla de sentimientos tales como miedo, duda, cansancio y demás.

 

 

Ráfaga

 

Por la noche, a las 8:30 pm, fui a la celda de Swamiyi y eché una mirada furtiva hacia adentro. Él no estaba ni en la habitación ni en su cama. Mis ojos buscaron con tranquilidad por todo el cuarto. En ese momento cuatro o cinco policías llegaron al lugar deprisa y preguntaron si Swamiyi estaba allí. Yo no sabía qué decir ni qué hacer. Estaba atónito. Ellos se pararon ante la habitación de Swamiyi y gritaron: ‘Swamiyi, Swamiyi’.

 

¿Por qué habéis venido todos aquí? ¿Qué ocurre?’, preguntó Swamiyi desde el interior de la habitación. Quedé perplejo. Los policías se marcharon sin pronunciar palabra.

 

Entonces pregunté, ‘Swamiyi, ¿dónde estaba usted antes? Llegué aquí y le llamé varias veces. Usted no estaba en la habitación. ¿Dónde estaba usted en ese momento? ¿Por qué vinieron tan apurados los policías?’.

Él respondió, ‘Ve y pregúntales. ¿Por qué estás parado allí tan asombrado?’ Era verdad. Yo sentía que iba a desvanecerme. De cualquier manera, me compuse y actué como si estuviese bien.

 

Swamiyi dijo, ‘Hijo mío, tu cara refleja tu mente como una canica refleja una figura. Tú tienes devoción hacia mí, pero no tienes fe en mi poder’.

Las palabras de Swamiyi tocaron mi corazón. Toda la impureza se fue de mí. Un momento atrás. Estaba traspirando. Ahora, me sentía completamente cómodo. Él quitó toda mi presión mental. Sentí una agradable ráfaga de aire.

 

Swamiyi agregó, ‘Cuando le dije a tu amigo musulmán que el agujero en el corazón de su nieto se curará, vi que todos se sorprendieron. Cuando vi tu rostro, vi que dudaste de mis palabras y temiste que mis palabras no se hicieran realidad. Pero definitivamente se harán realidad. El agujero en el corazón de ese niño se curará’.

 

Yo estaba tan feliz. Me incliné ante esta encarnación de Dios que me hablaba de pie junto a la puerta. Puso su mano sobre mi cabeza y me pidió que fuese a dormir. Dijo, ‘Todo va a estar bien’. Luego fue y se sentó.

 

 

Duplicidad

 

Silenciosamente me retiré. Los policías que habían ido antes a la habitación de Swamiyi me estaban esperando. Me llamaron. Fui a ellos. Me preguntaron si Swamiyi estaba en su habitación cuando yo fui allí. Respondí que ellos también Le habían visto.

Dijeron, ‘Sí, pero tú estabas hablándole antes que nosotros llegásemos, ¿no es cierto?’.

Les pregunté, ‘¿Cuál es el problema? ¿Por qué tenéis esa duda?’. Me dijeron que una hora antes uno de sus oficiales y los miembros de su familia habían visto a Swamiyi cerca del templo Padalishwarar (un templo al Señor Shiva). Ese hombre había ido deprisa para informarles sobre esto. Es por eso que ellos habían llegado corriendo a la habitación de Swamiyi para comprobar si Él estaba allí o no. Me pidieron que no dijera esto a Swamiyi.

 

‘¿Había ido realmente Swamiyi al templo de Padalishwarar?’ Otra vez empecé a sudar. Me recosté en mi cama y quedé dormido con el pensamiento, ‘¿Tiene él en verdad el poder de estar en dos sitios a la vez?’.

 

Una semana más tarde mi amigo musulmán recibió una carta. Esa carta decía: ‘Tu nieto fue a un hospital de Bangalore para la operación del corazón. Cuando examinaron al muchacho, vieron que el agujero en su corazón se estaba llenando lentamente. Entonces dijeron que no era necesario hacer la operación. Él puede venir al hospital para una revisión dentro de seis meses’.

Mi amigo musulmán estaba muy feliz. Corrió hacia mí y me abrazó gozoso pidiéndome que leyera la carta.

‘Todo va a estar bien’. Las palabras de Swamiyi se hicieron realidad.

Entonces, el 90% de los prisioneros se dio cuenta que las noticias publicada acerca de Swamiyi en los diarios, las revistas y la TV no eran verdad.

 

Swami en el Ashram - Febrero 2009

Swami en el Ashram - Febrero 2009

 

Santo

 

Swamiyi es un gran santo. Ahora muchos como yo también le comprenden. Además, los policías, altos funcionarios y muchos prisioneros respetan a Swamiyi y tienen devoción por Él. A causa de las bendiciones de Swamiyi ahora están libres de enfermedades y viven con felicidad.

 

Un gran santo está preso en la cárcel de Cuddalore. Los que han hecho esto no saben de su naturaleza real. La mentira le puso tras las rejas. Sin embargo el tiempo, Dios y las personas buenas saben que miles de personas y seres vivos se benefician de Sus bendiciones”.

 

El convicto que se convirtió en devoto, M. Vadivelan, asegura tener muchas más experiencias que contar y planea escribir un libro con ellas. Esperamos con ansias leerlo alguna vez, para así conocer más en detalle el silencioso trabajo espiritual de Swami Premananda.

Pura luz, aunque sea a la sombra.

Fuentes Imágenes:

http://amigaluna.zonalibre.org/
http://espacioteca.files.wordpress.com/

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