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Ya sobre el tren, rumbo a Bengala Occidental, el estado de cuya capital es la ciudad de Calcuta, mi mente divaga y se entretiene con balances y observaciones.

Mis ojos, desde la ventanilla, se posan en los interminables campos de arroz, colmados de agua donde se refleja la noche y donde se confunde en que punto termina la tierra y en que punto empieza el cielo.

Miro la luna, y por supuesto, como le pasaría a cualquiera, me nace la veta de poeta, pero que coraje hay que tener para escandir la misma luna que escandió Rabindranath Tagore, el gran poeta bengalí ganador del premio Nobel de Literatuta y fundador de una educación experimental más relacionado con la naturaleza.

Aplazo entonces mis veleidades poéticas y regreso a cuestiones más a mano, a hechos cotidianos que se convierten en normales luego de un tiempo en la India, pero que no dejan de llamarme la atención.

Entre ellos

Es muy general ver a los hombres en la India tomándose de la mano entre ellos; lo hacen de una forma natural y no es un signo de homosexualidad, sino de confianza y amistad. No sólo se ve entre adolescentes o jóvenes, sino entre hombres adultos y también ancianos.

Yo mismo, una vez que me hice amigo de personas indias he vivido esa experiencia de ser tenido por la mano, y debo admitir que al principio me daba una sensación extraña, pero luego comprendí que era un signo de verdadero afecto y la verdad es que me siento como halagado cuando alguien me toma así de la mano.

En cambio, por razones culturales, es muy difícil, excepto en ciertos lugares de las grandes ciudades (como centros comerciales del tipo occidental), ver a hombres y mujeres tomados de la mano. Mucho menos posible es ver una pareja besándose en público; de hecho, las famosas películas de Bollywood están llenas de amor y de pasión pero jamás se ve un beso explícito entre hombre y mujer.

Otra cosa: Al no ser tan frecuente la presencia de lavabos en las casas, sobre todo en las zonas más pobres, que son muchas, las personas realizan sus tareas de aseo matinal en algún área común, que puede ser junto a un estanque público o, con frecuencia, junto a las vías del tren.

Por la mañana es normal ver a los indios cepillarse los dientes, sobre todo desde el tren; se los puede ver entre chabolas, entre arbustos o entre la mugre pero siempre cepillándose los dientes. Incluso caminando por la calle cepillándose, o sentados en una pirca mientras miran pasar el tren.

Por lo general no usan un cepillo de dientes tal como lo conocemos nosotros, sino ramitas del árbol de nim, un árbol que tiene muchas propiedad curativas. El colmo es aquellos que se cepillan sólo con los dedos, que también los he visto.

El contraste es que en un país que a primer golpe de vista parece anti-higiénico, las personas den tanta importancia a un hecho como lavarse los dientes. Pero no se trata de una lavada protocolar para cumplir sino que están al menos diez minutos en este proceso.

De hecho, Gandhi cuenta que aprovechaba ese tiempo para aprender extractos de las escrituras, por ejemplo.

Otro detalle es que no se trata de un lavado después de cada comida, sino sólo matinal. Por esta razón, en el tren más de una vez he sido motivo de sonrisas o miradas sorprendidas, sobre todo al lavarme los dientes antes de ir a dormir.

En cuanto a la higiene, otra costumbre india es la de orinar en público y prácticamente en cualquier parte. Todos lo hacen: personas de camisa y pantalón, personas con dothi (una especie de tela envuelta alrededor de la cintura), estudiantes, mendigos; todos por igual.

Comida

Cuando planeaba mi viaje a la India, uno de los puntos más controvertidos era la comida. Personas con experiencia me habían aconsejado ser precavido a la hora de elegir los alimentos pues las condiciones higiénicas no son las mejores.

Me habían dicho que es preferible todo aquello que venga en paquete cerrado, y también las frutas, ya que se pueden lavar o pelar.

Por otro lado, es sabido que la mayoría de la comida india es picante y muy condimentada, cosa a la que no estamos tan acostumbrados en Occidente. Si uno ingiere este tipo de alimentos, tarde o temprano, tiene alguna consecuencia intestinal, que muchas veces es sólo una anécdota y otras veces puede convertirse en algo más grave.

En cuanto a la bebida, una regla de oro es no tomar otra agua que no sea mineral, a menos que esté potabilizada o hervida. Sin embargo, los jugos y licuados de frutas son realmente recomendables y nunca me acarrearon problema alguno, a pesar de no ser siempre hechos con agua mineral.

Evidentemente, los primeros días fui más cauto respecto a la comida, pero luego de un tiempo me relajé, sobre todo después que unos residentes del Sri Premananda Ashram me llevaran a un restaurante típico, es decir al que van los indios.

Esta clase de restaurantes se encuentran principalmente en el sur del país, y son estrictamente vegetarianos en su mayoría. Para mi desconcierto, no tienen nada que ver con los que conocía y fue una experiencia novedosa.

En primer lugar, se trata de locales de paso, donde la gente se va apenas termina de comer, y si no, los camareros traen la cuenta, aunque uno no se la pida. Lo que sucede es que los restaurantes casi siempre están llenos y se necesitan nuevos asientos. Es por ello que en ciertas ocasiones los recién llegados se acomodan donde encuentran cualquier silla libre. Es así que más de una vez he compartido la mesa con lugareños desconocidos que, evidentemente, tratan de sacar un poco de conversación.

En la India, la forma tradicional y difundida de comer es con la mano, siempre la mano derecha, y sólo se usan cucharas para las sopas.

Es todo un aprendizaje poder hacer una perfecta bola de arroz y llevársela a la boca, sin que se caiga la mitad en el camino.

Otro detalle es que para tomar agua, los indios no tocan el borde del vaso o de la botella con la boca, y manteniéndolo lejos dejan caer el líquido como en cascada. No hace falta que diga cuantas camisetas empapé experimentando con este sistema.

En los restaurantes típicos, es decir los que no están preparados para el turismo, se pone como plato una hoja de plátano y allí se sirve la comida.

En lugar de pan hay una masa chata, cocinada a la plancha, que tiene distintas variaciones. La más conocida en Occidente es el chapati, pero dependiendo del grosor, los ingredientes o la consistencia, adquiere otros nombres como puri, dhosa, naam, parotha, etc. Esto es usualmente acompañado de salsas y aderezos, por supuesto, muy picantes.

Personalmente, yo me acostumbré a ese sabor, aunque siempre que vuelvo a la India trato de hacerlo gradualmente, ya que la primera vez tuve que pasar por una semana de acidez constante. Además, aquel exceso de confianza me jugó una mala pasada, ya que probé una especie de ají en aceite, que me ardió más que nada en la vida y me hizo transpirar varios litros. Fue como si me hubiera lastimado la garganta, así que me quedé quieto un rato sentado en el restaurante, hasta que el ardor-dolor fue disminuyendo.

De todos modos, también probé muchas cosas raras que resultaron muy ricas, como el kashmiri pulao, un arroz con verduras que además tiene banana, manzana, ananá, castañas de cajú y papaya!

Y así iba yo, dejando mi mente errar por los callejones de los recuerdos y las elucubraciones, mientras el tren cruzaba la incansable tierra de la India y se acercaba, arropándome, a la esperada ciudad de Calcuta.

Desde la ciudad de Chennai, todavía en el sur, emprendí mi ruta hacia el norte y con ella la particular vida a bordo de un tren en la India.

Hay que tener en cuenta que la India es el séptimo país más grande del mundo (el octavo es Argentina para que se den una idea), por lo que trasladarse allí no es fácil. Más allá de las grandes extensiones, el estado de las carreteras no es óptimo, los vehículos no son modernos y el tránsito en general es caótico.

 

Ante estos obstáculos, el tren se erige como una solución, que de hecho es motivo de orgullo para el país. Construido por los ingleses en la época colonial, el tren es el mejor medio de transporte de la India.

Su nivel de puntualidad es alto, su higiene es aceptable y las instalaciones son cómodas; todo esto teniendo en cuenta que estamos hablando de la India.

 

Eso sí, debido a las largas distancias que ha de cubrir, el tren con frecuencia se convierte en escenario de vida cotidiano donde se duerme, se come y, sobre todo, se interactúa con muchas nuevas personas.

Quizás viajar en avión sea más rápido, pero la verdadera experiencia de la India incluye el viaje en tren.

 

 

Por otra parte, es también una forma de ver diferentes paisajes y formas de vida pasearse por la ventanilla, nuestra personal pantalla a este único mundo.

 

Asimismo, el mundo del tren incluye incesantes vendedores que se pasean de una punta a otra del convoy voceando “Chaia, chaia”, el típico té indio, hecho con leche, especias y mucho azúcar; también ofrecen “Coffe” o bebidas frías que con el clima caluroso son siempre bienvenidas.

En viajes largos el tren tiene su propio servicio de comidas, que está muy bien y es barato. De todos modos, siempre hay vendedores de comida trajinando los pasillos, desde los que ofrecen snacks como somosas y pakoras (especie de frituras de verdura), pasando por plátanos o helados derritiéndose de manera ineluctable, hasta galletas dulces y sopa de tomate.

 

No sólo hay ofertas de alimentos, también hay vendedores de juguetes (para los más pequeños, claro); vendedores de periódicos, revistas y crucigramas; vendedores de candados y cadenas para asegurar las maletas durante la noche; mendicantes que canturrean canciones religiosas; mendicantes que hace sonar una lata semi-vacía de monedas, y más…

 

Para los que se preguntan como son los baños, pues bien, son bastante higiénicos para ser la India (durante el trayecto, en ciertas estaciones grandes se los lava con mangueras) y consisten en letrinas que no desilusionan esa idea que todos tenemos: un simple hueco por el que se ven pasar las vías y por el que enviamos al vacío, refugiados en el anonimato, nuestras necesidades fisiológicas. 

 

 

Interacciones

 

En el tren hay distintos tipos de vagones, pero la categoría más típica es la segunda clase con literas. Se trata de compartimentos para 6 personas, abiertos al pasillo, que durante el día son asientos y por la noche, justamente, se convierten en literas.

 

Con tantas horas compartiendo viaje es normal que se establezcan relaciones entre los pasajeros, en cualquier parte sería relativamente normal, pero con la capacidad de interacción social de los indios, aquí esta interacción, digamos que está incluida en el billete.

Lo que comienza como un diálogo casual muy frecuentemente termina en un intercambio de comida o haciéndose una foto todos juntos.

 

Por supuesto, entre los mismos indios se generan situaciones de este tipo, pero si uno es extranjero se convierte automáticamente en un imán para las miradas, las preguntas típicas (“¿De dónde eres?”; “¿Te gusta la India?”) y, como decía, la foto con los hijos de la familia, pues les encanta retratarse con un occidental, también llamado “hombre blanco”, lo cual me da risa porque mi color de piel no es precisamente claro.

 

En cierta ocasión llegué a compartir un compartimiento con una familia de 16 miembros, que si bien dormían desperdigados por el tren, a la hora de la tertulia habían optado por “mi” vagón como su cuartel general.

 

Depende el día, estoy  más dispuesto a entablar estas interacciones; muchas veces, cansado de contestar las mismas preguntas miro insistentemente por la ventanilla, con la mayor indiferencia posible para con mis compañeros de compartimiento. Sin embargo, es difícil; un mínimo descuido, una media sonrisa o un cruce de miradas ya es suficiente para que nuestros acompañantes inicien un nuevo diálogo.

 

Con el tiempo me voy dando cuenta de que es mejor no resistirse, que si hay algo que hay que tener en la India es flexibilidad, tolerancia y paciencia.

Mi viaje, del sur hacia el norte, recién empezaba, y también las lecciones de aprendizaje. 

Puri

 

Después de un viaje de diez horas me encontraba en Puri, una ciudad pequeña a orillas de la Bahía de Bengala en el estado de Orissa. Puri es una de las cuatro Moradas Divinas del Hinduismo, ya que allí se encuentra el famoso templo de Jagannath.

En este templo, como en muchos otros de la India, la entrada a los no hindúes está prohibida.

 

Según el Hinduismo, ser de la religión hindú no es una cuestión de decisión sino una cuestión de nacimiento, y por ende no es posible convertirse al hinduismo. Este dogma, que tiene su relación con el sistema social de castas, no es seguido a rajatabla por todos los maestros espirituales, pues las enseñanzas espirituales esenciales están disponibles para todos, más allá de la religión de nacimiento.

 

De todos modos, en el templo de Jagannath Puri no hay relativismo que valga, la entrada para un extranjero es imposible.

 

Es por eso que alrededor del templo hay personas ofreciendo la opción de subir al techo de alguna terraza vecina para al menos tomarse una fotografía con el inaccesible templo.

Después de regatear el precio, un acompañante indio me sacó un par de fotos desde una terraza de la que no se veía demasiado y, la verdad, fue más para tener la prueba de haber estado allí que por el placer de ver el templo.

 

De hecho, la única razón de mi visita a Puri era visitar el samadhi (la tumba) de Swami Sri Yukteswar, el querido Gurú del famoso Paramahansa Yogananda.

Recordatorio: Paramahansa Yogananda es el autor de aquel libro que tan fuertemente introdujo a mi tío y a mis padres en la filosofía espiritual de la India. Además, Yogananda fue uno de los grandes difusores de esa filosofía espiritual y del yoga en Occidente.

Su Gurú, Swami Sri Yukteswar, está hermosamente retratado en las páginas de sus escritos y mi deseo de ver el escenario de tantas anécdotas de la juventud de Yogananda me llevaron a detenerme en esta ciudad.

Una vez llegado, y luego de varias vueltas encontré un buen hotel, barato y limpio, a dos calles del mar.

Aquí, como en Chennai y en la mayoría de la India, la gente va a la playa vestida. En algunas playas de la India, en zonas de turismo extranjero, se pueden ver a occidentales con bañadores y bikinis, pero en el resto del país el pudor tradicional se extiende hasta las playas.

Los hombres tienen más flexibilidad en esto y puede que se los vea con el torso desnudo estando en el agua, pero las mujeres van envueltas en sus saris (largas telas que se enroscan de abajo a arriba del cuerpo e diversos estilos) y se me hace extraño ver a las personas pasearse a la orilla del mar con atuendos que son más bien de calle. Da como la sensación que deben tener calor.

 

Puri, además de una ciudad sagrada, es también un puesto turístico muy visitado por los indios. Esto les da la posibilidad de combinar el viaje religioso con el paseo turístico.

Este hecho motiva que los vendedores estén al acecho constante de los turistas, con mucha más razón si son occidentales.

 

Este recibimiento no era de mi agrado, pues yo no quería comprar ni negociar nada. Por ende, andar por las calles podía ser un martirio, pues debía negarme continuamente a todo tipo de ofertas.

 

Los más insistentes son los moto-taxis, llamados rickshaws, una especie de motocicleta de tres ruedas con un carro detrás con espacio para tres o cuatro personas.

 

 

 

 

También hay ciclo-rickshaws, es decir una bicicleta que tira una especie de carroza pequeña. De hecho, me sentí un poco culpable de ir así como un gran señor, mientras el conductor, un menudo indio, pedaleaba.

Luego pensé que ese era su trabajo y era mejor para ellos que la gente los use. Tiempo después me enteré que Gandhi estaba en contra de ese sistema.

 

De todos modos, en uno de los viajes el hombre se bajó a empujar un par de veces, como si estuviera muy cansado para pedalear. Sin embargo, los otros ciclo-rickshaws pasaban a nuestro lado nuestro cargando tres personas sin problema alguno.

¿Pesaré más que tres indios? o ¿era puro teatro para darme lástima y que le pague más? Por ese entonces, me incliné a pensar lo segundo.

 

Y es que debo admitir que mi humor no era el mejor; una vez más me sentía abrumado por el acoso comercial de los indios y hubiera preferido andar sin ser perturbado por nadie.

 

Paradójicamente yo debía preguntar a cada paso para encontrar el ashram donde estaba el Samadhi de Sri Yukteswar. Lo curioso es siendo un pueblo tan pequeño nadie supiera nada o al máximo me daban informaciones contradictorias.

Los rickshaws me ofrecieron llevarme a mil lugares distintos asegurando que sabían la dirección pero nunca era adonde yo quería.

 

Finalmente desistí de la búsqueda.

 

Llanto al atardecer

 

La cuestión es que el día terminó y me sentía intranquilo y desamparado.

Subí a la terraza del hotel con la intención de sentarme un rato a meditar, entonces mientras miraba el atardecer me largué a llorar de angustia. No soy de llorar mucho pero esa tarde lloré copiosamente.

No sólo por no haber encontrado el ashram, razón de mi viaje, sino porque mi forma de ser me estaba arruinando el viaje y la vida.

 

Esa tesitura huraña que me impedía socializar y disfrutar de las particularidades de una cultura diferente, me estaba arruinando los días.

Lloraba por lo que puedo ser.

Y mientras lloraba también le pedía a Sri Yukteswar que me guiara hasta su samadhi.

 

El llanto sirvió de descarga y al día siguiente salí renovado a seguir mi búsqueda. Recuerdo que fui a un cyber-café a chequear mis e-mails y encontré unos cuantos mensajes de buenos amigos que se alegraban de mi viaje y me daban aliento. Recuerdo eso porque fue un momento bisagra en cuanto a mi consideración de la amistad. Me pareció increíble que unas cariñosas líneas desde la distancia pudieran traer tanto alivio y alegría.

 

Desde entonces he tratado de nunca menospreciar la amistad.

 

En cuanto a mi excursión, seguí los datos del conserje de mi hotel, caminé al rayo del sol, pregunté más de una vez, y finalmente, en pleno centro de la ciudad, escondido en una callejuela, di con el pequeño Karar Ashram. 

Le agradecí al conserje, claro, pero sobre todo a las bendiciones de Sri Yukteswar, que me habían dado una ayuda en la búsqueda de algo que estaba tan cerca, tan a la mano, y que nadie había sabido indicarme.

 

Pienso ahora que quizás con aquel estado de intolerancia del día anterior no era adecuado llegar a un lugar santo; sólo después de la descarga del llanto, con el ánimo en paz, me fueron dadas las coordenadas correctas.

Fue así como visité el samadhi de Sri Yukteswar, medité un rato y le agradecí su guía.

Esa misma noche, con mi misión en Puri ya cumplida, abandoné la ciudad con la intención de empezar a cambiar mi forma de ser; entonces partí, lleno de ilsuiones, hacia la famosa ciudad de Calcuta.

Swami Premananda dice que antes de elegir un Gurú o una enseñanza espiritual es bueno conocer otras opciones para poder comparar y así elegir la que más nos convenza y la que más se adapte a nuestra personalidad. Una vez hecha la elección, dice Swami, es mejor adherirse a ella y no cambiar constantemente, por el bien de nuestro camino espiritual. 

 

En medio de mi período de búsqueda, es decir en mi primer viaje a la India, decidí hacer un viaje en solitario hacia el norte del país en plan turístico-espiritual, combinando el encuentro con personas santas y la visita a lugares sagrados.

Se trataba de una excursión de tres semanas, un tiempo realmente muy corto para la gran extensión de la India y, sobre todo, para todo lo que yo tenía planeado recorrer y ver.

 

 

Dipavali

 

Mi primer escala fue Chennai, la cuarta aglomeración urbana más populosa de la India (7,5 millones de habitantes) y la ciudad más destacada del sur.

 

Justamente por esa época se celebraba la fiesta de Dipavali, que es tan significativa para los indios como la Navidad en Occidente. Todos se hacen regalos, especialmente ropas nuevas, y hay una gran cantidad de fuegos artificiales y petardos. Esto se debe principalmente a que Dipavali representa el triunfo de la luz sobre la oscuridad.

Durante mi estadía en Chennai no dejé nunca de escuchar explosiones festivas. La noche de la festividad estuvo marcada, de comienzo a fin, por el incesante resonar de los estallidos. De todos modos, lo que más me preocupaba era andar por las calles, que en ocasiones podía ser arriesgado, pues los festejantes lanzaban sus petardos sin tener demasiada consideración de los transeúntes.

 

La razón principal de mi visita a Chennai era conocer a Shakte Vadivel, un maestro espiritual con el que ya habían estado mis padres algunos años atrás, y que me habían recomendado conocer.

 

La noche anterior a verle, apenas llegado a la ciudad, llamé a la casa de Vadivel para solicitar una audiencia y una mujer me dijo que llamara el día siguiente. Así lo hice, pero ese día, Dipavalli, el teléfono estaba fuera de servicio, seguramente debido a la festividad.

 

Desahuciado, lo que hice entonces fue telefonear a mi madre (sí, ya lo sé, nene de mamá, pero más de uno hubiera hecho lo mismo…); mi madre, campeona olímpica de ir más allá de los límites de la vergüenza, me incitó a ir directamente a la casa del santo.

Sin dudar demasiado, entonces, tomé un autobús para trasladarme a una de las zonas más lindas de la ciudad en busca de la dirección que tenía apuntada en mi maltrecho cuaderno azul.

 

 

Impertinencia

 

Debo admitir que lo mío fue una impertinencia, pues imaginen que les caiga a su casa un desconocido el mismo día de, por ejemplo, Navidad.

Yo no estuve conciente de este hecho hasta que llegué a la casa, y a través de la valla, vi a toda la familia reunida y festejando en el patio. Se encontraban, por supuesto, tirando petardos y encendiendo fuegos de artificio.

 

En la puerta fui recibido por un hombre calvo que resultó ser el tío de Shakti Vadivel, al que luego se unió un segundo hombre más joven. Titubeante yo pregunté por Vadivel, y los hombres sonrieron, el tío casi sorprendido me señaló al hombre más joven, diciendo “Aquí está”.

Yo había visto una foto de algunos años atrás en la que Vadivel llevaba bigote y ahora al verlo afeitado no logré reconocerlo. Fue un poco embarazoso el no reconocerlo y por un rato me sentí avergonzado, vergüenza que se sumaba a la de llegar sin avisar y en un día festivo.

 

De todos modos, Shakte Vadivel me recibió muy afectuosamente y me invitó a pasar. Inmediatamente me dieron agua fría para beber y pusieron en mi mano una “estrellita de color” o “bengala”, para que jugara.

Me encontraba recordando mi niñez cuando me fue ofrecido el honor de encender una, así llamada, “metralla” de diez metros de largo!! Yo estaba realmente emocionado y nervioso; para no fallar dejé el fósforo demasiado tiempo en la mecha, pero como la mecha era muy corta, la “metralla” empezó a estallar a mi lado y entre todos me sacaron a los tirones de entre los chispazos. Mi susto tardó en pasarse lo mismo que duró la explosión, es decir, algunos minutos.

 

Luego de los petardos, el tío me llevo al templo particular de la casa, una amplio salón con un altar y algunas fotos, principalmente del padre de Shakte Vadivel que fue también un gran santo, pero del cual yo desconocía todo.

El tío se postró ante el altar que estaba precedido por las padukas (pies de bronce o madera, símbolo de los pies del maestro espiritual) del padre de Vadivel, y yo lo imité sintiéndome un poco raro pues no conocía a ese hombre.

 

Sólo ahora, algunos años después, entiendo que toda persona santa merece reverencia independientemente de si uno la conoce o no. No sólo por lo que representa esa persona y por lo que ha logrado, sino además porque la santidad en sí misma colabora para que este mundo siga girando y para que más personas se beneficien de la espiritualidad, ya que un hombre santo emite vibraciones espirituales hacia toda la humanidad, aunque esta no sea consciente de ello.

 

Por otra parte, es bueno aclarar que un santo puede incluso estar casado, como en esta familia en cuestión; es una forma de demostrar que la realización espiritual se puede también lograr siendo un padre de familia, y no solamente a través de la renunciación total externa.

 

 

Entrevista

 

Luego del reconocimiento por los alrededores, Shakte Vadivel me invitó a pasar a una habitación, donde me dieron algunos dulces para comer.

Luego de un rato, el santo llegó y se sentó junto a su tía, que hacía de traductora del tamil (el dialecto del estado de Tamil Nadu) al inglés.

 

Ya he dicho que cada maestro espiritual tiene un modo particular de enseñar, además de un tipo de práctica en la que hace hincapié. Además, los maestros pueden utilizar diversas maneras de mostrar su poder espiritual de manera externa, a través de milagros y acciones extraordinarias.

 

En el caso de Shakte Vadivel su cualidad particular es la de hacer vaticinios sobre el futuro.

 

Yo sabía de esto pues me había sido dicho. Mi tío Murali había estado con Vadivel muchos años antes y el santo le había anunciado su casamiento y sus dos hijas, por ejemplo.

Durante mi entrevista personal, el santo me preguntó si deseaba saber algo.

 

Debido a que yo ya consideraba a Swami Premananda como mi Gurú, había pensado que para evitar confusiones en mi mente era mejor no pedir más que bendiciones y no inquirir sobre mi futuro.

Así fue como pedí bendiciones para finalizar mis estudios universitarios y para el resto de mi viaje por el norte de India.

La intérprete, no pudiendo creer yo no hiciera uso de mi gran posibilidad, insistió. Yo tenia mi decisión tomada y no pregunté nada sobre mi futuro, del cual realmente no me intrigaba nada en aquel momento. 

 

Ahora que escribo estas líneas, escasas por ahora de sucesos prodigiosos, me arrepiento un poco de haber rechazado una oferta que podría haberle dado más sabor al relato.

Por otro lado, sin embargo, estoy más convencido ahora que entonces, de que es mejor para mí el seguir los consejos de un solo maestro.

 

No obstante no haberme llevado sucesos “milagrosos”, sí me quedé con otros regalos:

 

Por supuesto, le pedí al santo que perdonara mi llegada tan inoportuna, a lo que él me respondió: “Dios siempre envía a la persona correcta en el momento correcto”.

Esa enseñanza aún me hace reflexionar.

 

Luego agregó: “Gracias por venir”; y yo respondí: “No, gracias a Usted por recibirme”; entonces sonriendo concluyó: “Tú eres mi hermano”.

 

Me regaló dos lindas fotos y me dio sus bendiciones; para después pedirme permiso para retirarse a descansar!!

Yo debo haber dicho gracias cuarenta y tres veces en toda la entrevista, y ya a punto de marcharse el santo me dio un abrazo tan fraternal y amoroso que me emocionó y, claro, le di las gracias otra vez.

 

Fue realmente encantador conocer a Sri Shakte Vadivel, me gustó mucho y me dejó un hermoso recuerdo. Sobre todo porque, en un día tan íntimo, me recibió como a un hermano, a mí que era un extraño.

De todo corazón espero, algún día, poder igualar su maravilloso ejemplo.

(Continúa de la semana pasada)

 

Protesta

 

Ante el torrente incesante de ofertas comerciales que me asaltaba en las calles de Puttaparthi mi reacción fue la de recluirme en el ashram, sin salir a la calle por algunos días. Nada me faltaba, porque dentro del ashram, de tan grande, hay una cantina y también hay tiendas que satisfacen las necesidades básicas y más.

 

Mi reclusión fue más bien una protesta contra la vorágine comercial; me parecía ridículo viajar miles de kilómetros en un plan espiritual hasta la India, tierra sagrada, para terminar regateando vestidos con los lugareños.

 

Lo que hice, en cambio, fue dedicarme lo más que pude a la práctica espiritual; es decir, a estar más tiempo en silencio, a repetir mantras, y a meditar, o mejor dicho, a sentarme con las piernas cruzadas y los ojos cerrados para tratar de concentrar la atención en un solo punto.

El cambio surtió efecto, pues al quedarme dentro del ashram tuve un poco más de armonía y sentado simplemente en el balcón de nuestro pabellón, repitiendo un mantra, me sentí satisfecho.

 

 

 

 

Por la misma época, supe de una actividad para los hispanohablantes que se llevaba a cabo promovida por el ashram. Se trataba de charlas a cargo de un discípulo cercano de Baba. Un hombre bastante anciano, muy menudo, con barba no muy larga y un gorro redondo, similar al que utilizan los musulmanes. Sus respuestas eran el fiel reflejo de las enseñanzas espirituales de su maestro, al que citaba constantemente, sin ninguna intención de llevarse el mérito por lo dicho.

Este hombrecito sabio irradiaba mucha calma, a la vez que fortaleza, y no tenía reparos en ser tajante o duro con las respuestas si era el caso, aunque siempre de buena manera.

 

En una charla yo le pregunté sobre la utilización del mala, que vendría a ser un rosario hindú, es decir un collar cuentas para la repetición de mantras; él me explicó lo que representaba cada dedo de la mano y cuales, según Sai Baba, debían ser usados - pulgar, índice y mayor dijo - para el mejor resultado.

Teniendo en cuenta que yo había leído que para los rituales los dedos indicados era el anular y el meñique, planteé mi duda. Lo primero que el hombrecito me respondió con total serenidad, sin nada de rencor, fue:

“Quizás algunos sacerdotes usan otros dedos, yo sólo digo lo que me enseño Baba. Si dudas o no, es tu problema”.

 

Entonces yo quise hacer algunas aclaraciones, insistí en el tema y el hombrecito me cortó en seco: “Mantén la mente clara”.

 

Fue una de esas frases de parábola mística oriental que para satisfacer el imaginario debería haber estado acompañada por una brisa que hiciera caer tres flores de la planta de jazmín, o por un guijarro cayendo en el plácido estanque, ahora lleno de ondas.

 

Nada de eso sucedió, sin embargo, y mi primera reacción antes ese comentario fue negativa. Digamos que me chocó porque yo estaba allí debido a que creía en Sai Baba, no porque dudara. A la vez me lo tomé personal, pensando “quién es este hombre para juzgar la calma de mi mente”.

 

Después de pensar en el tema unas horas, me pareció que algo de razón tenía este hombre, ya que tener un maestro espiritual implica confiar en sus palabras y en mi caso yo no estaba cien por ciento convencido en esta cuestión particular. El hombrecito, discípulo fiel de Baba, confiaba tanto que no se preocupaba en discutir otros puntos de vista.

 

Todos los maestros espirituales dicen que no es bueno seguir al mismo tiempo las enseñanzas de distintos maestros, ya que si bien la esencia puede ser siempre la misma, las formas pueden variar y por ende eso puede generar confusión y malentendidos.

 

La figura que se usa habitualmente es la de “No tener un pie en cada barca, pues puedes caer al agua”.

 

Una vez que mi ego herido se hubo aliviado, me reconcilié con la situación.

Yo hacía un tiempo que sentía a Swami Premananda como mi maestro espiritual y el evento, a priori ingrato, de ser reprendido por el viejo discípulo me hizo reflexionar más profundamente sobre este tema y terminar de darme cuenta que mi maestro espiritual no era Sai Baba, más allá de todo lo bueno que él tenía; lo cual no significaba menospreciar o desvalorizar a Baba, sino aclarar mi mente sobre la cuestión de a quien iba a seguir con determinación.

 

 

Despedida

 

Antes de marcharnos hubo, por supuesto, un momento de comedia de enredos típico de mi padre y su desconocimiento de la lengua inglesa.

 

En la cantina, a la hora de las comidas, hay siempre algunas mujeres que sirven los platos según el pedido de cada uno. En un momento dado mi padre agarró una rodaja de pan sin pedirla y la mujer le dijo unas palabras en inglés al tiempo que señalaba la canasta del pan con una pinza de metal.

Mi padre, que quizás en esto sea heredero de los grandes cómicos del cine mudo, decidió agarrar otra rodaja pues su interpretación de la situación había sido “No sea tímido, tome otra rodaja”.

 

La señora, ya estricta de por sí, al ver la impertinencia de este hombre le pegó con la pinza en la mano como escarmiento. De manera instantánea, entonces sí, mi papá empezó a entender algo de inglés.

 

Después de la experiencia con Amma, desde la llegada al ashram de Sai Baba el lugar me pareció demasiado poblado y el trato muy impersonal. Al estar esos días sin salir, más focalizado en mi interior, me sentí más cómodo y experimenté bastante paz interior. Mi opinión sobre Prashanti Nilayam fue cambiando y las charlas con el hombrecito sabio me habían dejado reflexionando sanamente.

 

Al momento de partir yo sentía que era el momento justo para seguir el camino y que mi experiencia con Sai Baba y su ashram había sido satisfactoria, ya que a pesar de todo el barullo externo había logrado un cierto contacto con mi interior, y con que otro propósito, sino, estaba yo en la India.

Dejando atrás el clima tropical del estado de Kerala nos adentramos al más árido y rocoso terreno de Andra Pradesh. En el camino, y por motivos logísticos, nos detenemos en Bangalore, la 6º aglomeración urbana más populosa de la India, meca de las tecnologías de la información, al punto de ser llamada la Sillicon Valley del país.

Una vez más el contraste: por un lado la más alta tecnología de punta y por otro la confusión de autobuses repletos, el pulular de vendedores ambulantes y la inmunidad de las vacas, que sentadas plácidamente en medio de los bulevares, detienen el tráfico.

 

Desde allí, por rutas polvorientas, nos dirigimos en autobús hacia el pequeño pueblo de Puttaparthi, lugar de nacimiento y residencia de otro conocido santo: Sathya Sai Baba.

Son 150 km. los que nos separan del pueblo en cuestión pero el viaje toma más de cuatro horas, tiempos indios en lo que respecta al traslado, tiempos a los que uno se empieza a acostumbrar.

 

Puttaparthi, un pueblo de 10.000 habitantes, sólo debe su espectacular crecimiento a la presencia de Sai Baba, pues de lo contrario sería una aldea más en lo profundo del sur de la India. Debido a la gran cantidad de personas que acuden a ver al santo, con los años el pueblo ha ido creciendo, y hay incluso un pequeño aeropuerto, ya que mucha gente prefiere volar directamente hasta aquí para evitar los trastornos por tierra que antes citaba.

Lo dicho, el pueblo de Puttaparthi gira entorno pura y exclusivamente a Sai Baba. Entre otras cosas, hay un hospital de última generación con especialización en oftalmología y en cirugía de cardio-vascular, una universidad y varias escuelas. Todo esto llevado a cabo por la misión de Sai Baba con las donaciones que recibe de todo el mundo. Por supuesto, todo es gratuito.

 

 

Prashanti Nilayam

 

El ashram en sí se encuentra en el centro del pueblo aunque es un recinto cerrado, independiente del mundo exterior. Se trata de un gran ashram, con miles de personas transitándolo cada día. Su nombre es Prashanti Nilayam, es decir, la Morada de la Paz Suprema.

La actividad principal para un visitante aquí es el darshan de Sai Baba. Darshan es la palabra sánscrita  para “visión” y hace referencia al hecho de “ver lo Divino”. Cada día se reúnen miles de personas en el mandir o templo para ver a Sai Baba, que es sin dudas el santo vivo más conocido de la India y probablemente del mundo.

 

En algunas ocasiones, sobre todo ceremonias oficiales, el santo da discursos públicos; pero por lo general, en la vida diaria del ashram, Sai Baba arriba al mandir y permanece allí escuchando las canciones devocionales a cargo de los músicos, mientras los devotos pueden tener su visión. Cada tanto se pasea entre las filas de devotos, rigurosamente sentados en el suelo, para recibir cartas o bendecir a alguien.

Debido a la cantidad de personas que lo siguen es imposible que Baba tenga un contacto personalizado con cada uno, y después de haber estado con Amma por ejemplo (ver post anterior), es inevitable sentirse un poco lejos y ver al santo como inalcanzable.

 

Desde sus inicios en la vida pública Baba fue conocido por sus milagros, sobre todo la materialización de objetos y de vibhuti, la ceniza sagrada que es usada para rituales y que los hindúes llevan como símbolo de pertenencia religiosa. Estos prodigios lógicamente atrajeron a miles de personas hacia Sai Baba, a algunos por curiosidad, a otros con escepticismo, a otros con interés por las enseñanzas espirituales que subyacían a esas materializaciones.

Sai Baba ha siempre dicho, justamente, que esas demostraciones no son más que una forma sencilla de atraer a las personas para que luego se interesen en lo que él tiene realmente para dar, o sea,  enseñanzas espirituales.

 

Como es de esperar, la vida de Baba nunca estuvo exenta de polémicas, pues siempre ha habido personas que han puesto en duda su veracidad a diversos niveles, ya sea de manera científica como de formas más personales.

En cuanto a los milagros, si, como también sostienen los científicos, todo en este universo es energía y la materia no es otra cosa que energía condensada, alguien que tiene control sobre esa energía universal merced a haber alcanzado contacto directo con su propia fuente esencial (su alma, digamos), no tendría dificultades en manipular esa energía a piacere. Esta conclusión es desde el punto de vista de que cada alma es parte de esa única energía universal.

En lo que respecta al sentido personal, Baba ha recibido horribles acusaciones de parte incluso de antiguos devotos, que van desde índole monetaria hasta referidas a abuso sexual.

 

Yo no tengo conocimiento profundo ni experiencia directa sobre estos aspectos de la vida de Sai Baba, aunque lo creo un verdadero maestro espiritual.

En un viaje anterior, tanto mis padres como mi hermano estuvieron con Sai Baba, se entrevistaron personalmente con él y vieron de cerca las materializaciones (de hecho mi hermano recibió un anillo); este precedente acrecentó mi creencia, por supuesto, si bien no cuenta tanto como la experiencia en carne propia.

 

Vorágine Comercial

 

Hace ya algunos años que Sai Baba realiza cada vez menos milagros públicos, focalizándose en sus enseñanzas espirituales; por ende el flujo de personas que lo visitan, que si bien sigue siendo enorme, ha disminuido. El santo, al parecer, dice que este cambio hará quedarse cerca a los verdaderos interesados en la espiritualidad, y alejará a quienes están solamente atraídos por el “show”.

 

 

De todos modos, la atracción de otrora creó en el pueblo de alrededor del ashram una atmósfera que no es, según mi punto de vista, propiamente espiritual. Lo que se respira en las callejuelas de Puttaparthi es más bien un espíritu comercial, típico la mayoría de las ciudades de la India, que aquí se ve acrecentado por el extraordinario número de visitantes y lo pequeño del lugar.

 

Es verdad que cuando uno está en un retiro espiritual lleva una vida de relativa austeridad y por un lado es normal que necesite satisfacer también algo de las necesidades materiales a las que estamos acostumbrados, pues es muy difícil pasar de un modo de vida a otro sin escalas.

Después de estar muchas horas sentado esperando al santo, después de levantarse muy temprano, mantener silencio, no ver televisión ni escuchar radio, entonces es lógico que uno tenga el deseo de salir un rato a la calle a comprar ropa típica o incienso, por ejemplo.

 

Sin embargo, el choque entre la tranquilidad del retiro y el mundo exterior puede ser más fuerte que la necesidad de comprar. Esto es lo que me pasó a mí después de tres días. El hecho de salir a la calle y verme asaltado por niños ofreciendo tambores, jóvenes vendiendo pañuelos, señores señalando joyas y mujeres voceando frutas, me cansó.

Yo simplemente quería ir hasta el cybercafé para enviar un e-mail a mis amigos o mirar sin prisa los Cd’s de música india, lo cual era imposible, o al menos sólo era posible después de sortear muchas insistentes ofertas.

 

De hecho, debido a que los primeros devotos de Sai Baba en llegar en masa fueron de origen italiano, la mayoría de los comerciantes hablan italiano!! Lo básico para empezar una venta, digamos. Muy bizarro era entonces ver un indio de rasgos marcados aparecer sonriendo por detrás de la cortina de su negocio para decir “Buonasera, amico”.

 

Este exceso de estímulos comerciales era una introducción a uno de los aspectos de la cultura de la India que menos me atraen. Con el pasar de los viajes tuve que aprender a lidiar con ello, a veces saliendo airoso, muchas otras agotado.

 

(Continúa la semana próxima…)

Advertencia: Generalmente trato de cuidarme y no ser demasiado cursi, sin embargo el tema que voy a tratar me lleva a tocar lugares comunes, a decir muchas veces la palabra “amor” (en el sentido divino del término) y a poner un tono meloso. A pesar de mis pruritos, creo que esta vez es totalmente legítimo.

 

Como ya he dicho, en la India hay muchos santos vivientes, algunos de ellos casi desconocidos, otros seguidos por miles de personas. Entre estos últimos se encuentra Mata Amritananda Moyi, conocida por el familiar apodo de Amma, que significa Madre.

 

La fama de esta deslumbrante mujer es mundial debido a sus enseñanzas espirituales, sus obras de caridad, su contribución a los derechos de la mujer, sus giras y, sobre todo, su infinito amor.

En el año 2002, Amma fue galardonada en Ginebra con el premio “Gandhi-King a la No-violencia” que había sido otorgado anteriormente a Kofi Annan y Nelson Mandela, entre otros.

 

El signo distintivo de Amma es que abraza a todos aquellos que llegan a verla; “Y Gratis!” como se sorprendían en un programa televisivo norteamericano que cubría su gira por aquel país.

En cada uno de sus programas espirituales miles de personas, literalmente, van a verla para esperar pacientemente por su abrazo.

Sin embargo, no se trata sólo del abrazo, sino de la mera presencia de Amma que es realmente una constante radiación de armonía y amor. Por ello no es casualidad que miles de personas en diferentes partes del mundo se reúnan simplemente para verla.

Cada año ella realiza una gira mundial y no se queda quieta un minuto. Sus programas son utilizados al máximo y es normal que se pase 16 horas abrazando personas, teniendo por supuesto que hacerlo incluso durante toda la noche.

Al día de hoy he visto a Amma varias veces y todavía me parece extraordinario observar como se mantiene radiante por horas, después de haber apretado contra su pecho a, por ejemplo, 10.000 personas, mostrando el mismo amor tanto por el primero como por el último.

 

Fueron mis padres quienes visitaron a Amma en su ashram de la India en el año 1997; mientras que yo tuve mi primer contacto con ella en 1998, pero no en la India sino en Francia., donde ella estaba haciendo su gira europea. Por aquel entonces la cantidad de personas que la seguían no era tan ingente y había una relativa intimidad en su entorno.

Sin demasiada convicción, y empujado por la insistencia de mi madre, fui al encuentro de Amma. Hice la cola, bastante corta por cierto, y recibí mi abrazo.

He leído y escuchado historias de personas que la primera vez que vieron a Amma o recibieron sus abrazo, o bien se largaron a llorar por días, o bien entendieron cual era su destino en esta vida.

En concordancia con mi camino espiritual, gradual y sin grandes puntos destacados, después del abrazo me dirigí, un poco desilusionado, a buscar una cabina telefónica, llamé a mi madre en Argentina y con tono de reproche le dije: “¿Eso era todo? ¡No sentí nada!”.

Sin embargo, después de ver a Amma un par de veces más mi sensación comenzó a cambiar. De hecho la seguí hasta Bélgica en aquella misma época, y al partir me sentí ligado con ella de manera muy fuerte.

 

Si tienen la oportunidad, recomiendo mucho ir a ver a Amma, más allá de si uno cree o no en Dios o en “entes superiores”. De hecho, para los que están en Europa, ella viene por lo general cada octobre/noviembre (Barcelona, London, Milano, entre otros sitios); y para los que están en Argentina deberían chequearlo porque se habla de que hará su primera visita muy pronto.

 

 

 

 

Amritapuri

 

Amritapuri - La Ciudad del Néctar Inmortal - es el nombre del ashram principal de Amma, que se encuentra en la costa suroeste de India; situado concretamente en el estado de Kerala, a orillas del Mar Arábigo, rodeado de palmeras y brazos de mar de extraordinaria belleza. El ashram está en una pequeña aldea de pesadores y para llegar a él es necesario cruzar en barca.

 

Durante quince días, en el año 2003,  viví con mis padres en este paradisíaco lugar, impregnado de gran vibración espiritual. La expansión que ha tenido el ashram desde sus orígenes es fabulosa, habiendo hoy, incluso, altos edificios para albergar a los innumerables visitantes.

También en este ashram la vida empieza temprano, con el recitado de los 1008 nombres sagrados de la Madre Divina.

Para el Hinduismo el aspecto femenino de la divinidad es tan importante como el masculino; la Madre Divina es el aspecto femenino del Absoluto, que es masculino; se trata de dos partes inseparables del mismo todo. La analogía típica es la que compara el poder creativo con el sol (aspecto masculino) y la acción dinámica con los rayos (aspecto femenino); una parte no puede existir sin la otra.

En este sentido yo siento, al igual que mucha otra gente, que Amma es la personificación de la Madre Divina, pues estar en su presencia es fuente de paz, y sobre todo por el amor que ella irradia.

 

Cuando Amma está en su ashram, lo cual ocurre cada vez menos, debido a sus incesantes actividades y giras, la vida allí toma un color diferente. Por aquel entonces, por ejemplo, dos veces por semana ella daba una charla espiritual pública y luego nos entregaba a cada uno un plato con el almuerzo.

En cada charla un monje le sostenía el micrófono para que impartiera sus valiosas enseñanzas en el dialecto malayalam, que eran traducidas instantáneamente al inglés. En una oportunidad, ningún monje estaba cerca y el discurso había comenzado; mi padre, que había logrado llegar al lado de Amma, con total intrepidez tomó el micrófono y lo sostuvo durante toda la charla. Imaginen mi sorpresa cuando entre cientos de personas apareció él haciendo de microfonista, como si fuera lo más natural del mundo.

 

Debido a que se aproximaba el 50º cumpleaños de Amma el ashram tenía muchos visitantes y estaba lleno de actividades. Cada atardecer, Amma se presentaba en el auditorio y cantaba canciones devocionales con su especial estilo, que según lo que uno puede comprender es una especie de éxtasis divino.

Recuerdo que había una canción que cada día era cantaba en un idioma distinto, ya sea francés, español, japonés, inglés, sueco, hebreo, etc. Amma debía pasarse algunas horas estudiando para poder pronunciar con corrección. Y no sólo Amma sino todos sus acompañantes musicales, es decir monjes y discípulos que realmente forman un grupo de música muy profesional. Con los años Amma ha ido agregando más traducciones a su repertorio con el fin de acercarse más a los diversos tipos de personas que la siguen, ya que es siempre ella la que está haciendo esfuerzos para hacernos sentir queridos.

 

Después de los cantos, Amma se dirigía a su habitación, pero en el camino siempre tenía tiempo para jugar con Ram, su mascota preferida que es un…¡elefante!

Así es, un elefante de tres años pero que es tan alto como un basquetbolista. Sin embargo, es un niño en sus modales y se divierte comiendo galletas que Amma le da en la boca, o lanzando agua con su trompa a los divertidísimos espectadores. Más de una vez mi papá (otra vez protagonista) terminó empapado y muerto de risa.

 

 

 

Abrazos

 

Durante nuestra estadía en Amritapuri los tres hicimos servicio: Mi madre, fiel a su costumbre, ayudaba a preparar el desayuno a las 6:00am; mi padre por su parte ayudaba en la recolección de la basura, junto con un alemán de nombre Merlín, y como mi padre apenas habla inglés (y nada de alemán) era muy gracioso ver como en su particular lenguaje se las ingeniaban para comunicarse y organizarse.

 

De todos modos, esta carencia lingüística no siempre era saldada sin problemas. En una ocasión yo acompañé a mi padre en la ronda de recolección de residuos y al llegar a la sección de la cantina de los zumos, la señora a cargo se nos acercó con una pequeña bolsa llena de vidrios rotos; mi padre agarró uno y se lo metió con avidez en la boca, para inmediatamente escupirlo diciendo “Esto no es azúcar cande” (Un tipo de azúcar formado por cristales transparentes y grandes, obtenidos por evaporación lenta de un jarabe). Cuando le pregunté por qué había hecho eso, me dijo que como venía tan cansado pensó que la señora gentilmente le ofrecía azúcar para recuperarse.

En verdad, el trabajo de recolector de basuras era realmente muy pesado, así que después de unos días le dieron otras tareas más livianas.

 

Por mi parte, colaboré en el lavado de las grandes ollas que servían para preparar la cena. Y cuando digo grandes ollas me refiero a un tamaño industrial, ya que los cientos de personas que comen diariamente en ese ashram hacen necesaria una organización y una logística a gran escala.

En mi vida doméstica, más bien por pereza y ajeno a la practicidad, tiendo a colar los spaghettis sin usar colador, sólo con la tapa de la olla. He llegado a hacer lo mismo con el arroz, ya que me da mucha pereza limpiar los coladores en general. Pues bien, en aquellas noches de lavado industrial me tocó más de una vez un colador “gigante”, el que de hecho se usaba para colar el arroz de cada día, y cada uno de los agujeros siempre tenía algún resto que ser limpiado. Se ve que aunque uno quiera escapar de  las pequeñas molestias, la vida se encarga de ponérnoslas de nuevo allí, para que tengamos que enfrentarlas y superarlas. La lección me sirvió a medias porque todavía hoy escapo del colador si tengo la chance.

 

Sin dudas, lo más lindo de la estadía en Amritapuri fueron los abrazos casi diarios que nos dio Amma. No es fácil explicarlo pero ella te toma con tanto amor y entrega, murmurando al oído “Querido hijo mío”, que uno no puede evitar sentirse protegido.

Es muy conocida la historia de cuando un leproso totalmente hediondo y supurando llegó a ver a Amma, y ella lo recibió literalmente con los brazos abiertos y lamió cada una de sus heridas con todo amor, como si fueran helados.

Más allá de la impresión que esta imagen nos puede causar, es un claro ejemplo del amor de Amma. He discutido este tema con distintas personas y muchos dicen que no es gran mérito abrazar durante horas, casi todos los días de tu vida, a miles de personas, es decir, que cualquiera puede hacerlo.

Incluso si dejamos de lado la cuestión física, el esfuerzo que supone estar horas y horas abrazando gente, el gran mérito de Amma, que no creo muchos otros puedan alcanzar, es el de abrazar a cualquiera que se le ponga delante, pero no abrazarlo sin sentimiento, sino que lo hace con verdadero amor, y eso se puede ver.

Además, a medida que pasan las horas, que avanza la noche, que las personas pasan por su regazo, en lugar de ella lucir fatigada o distante, su aura es siempre más radiante y personalmente no dejo nunca de admirarme, y no dudo por un segundo de su divinidad.

 

Cada vez que Amma abraza a alguien le da un caramelo. En el último día de nuestra visita a Amritapuri y sabiendo de nuestra partida nos dio en la boca ricos bombones y nos regaló puñados de caramelos.

 

Luego de cruzar en la barca el pequeño brazo de mar que separa Amritapuri de la tierra firme, partiendo hacia la estación de tren, una sensación de vacío me invadió, pero era más fuerte el sentimiento de amor y agradecimiento que me envolvía, pues la bendita presencia de Amma estaba en mi corazón para acompañarme el resto del viaje.

Aquella experiencia de servicio en 2003 fue una introducción a lo que vendría, pues en mi segunda visita al Ashram, en el año 2006, volví a dedicarme a los pinceles, bueno, más bien a las brochas.

 

Cada año en el mes de febrero/marzo, dependiendo del calendario lunar, en la India se celebra la noche de Shiva, una de las principales deidades del Hinduismo. Para esta celebración siempre llegan muchas personas al Sri Premananda Ashram, y por lo tanto para alojar a estos visitantes es necesario poner a punto algunas instalaciones que el resto del año no son utilizadas al ciento por ciento.

 

En 2006 pinté varios baños, que se tratan en realidad de estancias sin techo, con un grifo y espacio suficiente para verterse el agua de los baldes con algún recipiente, además de para lavar la ropa y para colgarla.

También ayudé a pintar las fachadas de un par de edificios pequeños y además contribuí a pintar el techo de lo que sería una habitación para meditación; en este caso la tarea tuve que realizarla mirando hacia arriba, y con la pintura cayendo sobre mis ojos sentí lo que sintiera Michelangelo al pintar la Capilla Sixtina, aunque con un resultado más modesto, que sea dicho.

 

No todo el servicio es pintar, sin embargo; cuando el calor es agobiante los trabajos de oficina son útiles y siempre hace falta alguna traducción castellano-inglés o simplemente me dedico a ensobrar alguna de las cientos de cartas que el Ashram envía a sus miembros y amigos espirituales.

 

Vacaciones perfectas

 

En rigor de verdad, estas visitas al ashram son para mí las vacaciones perfectas, pues estoy en un ambiente espiritual, y como mi servicio es voluntario yo soy mi propio jefe, digamos. En ese sentido puedo decidir cuando detener la faena para beber, comer, dormir, etc. o incluso puedo decidir no trabajar un día si no tengo ganas. Evidentemente uno cumple con el compromiso adquirido pero sin presiones excesivas y al propio ritmo.

 

Si hasta este punto se trata de las vacaciones perfectas, imagínense cuando descubrí un nuevo rol con los chicos del orfanato: Profesor de fútbol.

Resulta que un residente del ashram, con sangre india pero criado en Holanda, había instaurado el fútbol como parte del entretenimiento de los niños. En la India el fútbol no es un deporte popular, totalmente eclipsado por el cricket, el hockey sobre césped e incluso el volleyball. Sin embargo, para los niños del orfanato no es realmente importante lo que se juegue sino el jugar en sí mismo, y sobre todo cuando hay terceros que se interesan por ellos, ya que es evidente que lo que más necesitan es afecto.

 

En concordancia con la vida del ashram, los niños se levantan a las 4:30am y se bañan con el agua que sacan de las bombas de mano. Cada uno tiene su propio balde, jabón y toalla. Si a alguien le parece un poco duro este modo de vida, basta con ver la alegría con la que los chicos realizan su higiene matinal para cambiar de opinión. Somos únicamente los visitantes, los que todavía en estado de duermevela, nos movemos taciturnos a esas horas.

Como es sabido, en la India la pobreza es mucho más flagrante que en los países occidentales; el sólo hecho de tener un lugar que los cobije, hace de estos niños unos privilegiados. Más aún, teniendo en cuenta que se trata de un ámbito puramente espiritual.

 

A la hora de las comidas se pueden ver largas colas de infantes, plato de lata en mano, dirigiéndose hacia el comedor. Diariamente, 290 kilos de arroz y 185 kilos de verduras son cocinados en la nueva cocina del ashram.

 

Los niños pasan gran parte del tiempo en la escuela, y entre sus actividades diarias han de lavar su propia ropa y ayudar una hora por día (½ hora por la mañana y ½ hora por la tarde) en el mantenimiento del ashram, que viene a ser su casa. Entonces se pueden ver barrendera/os, jardinera/os, lavandero/as, etc., todos ellos en tamaño de bolsillo, y con una gran sonrisa. Y esto no es un adorno literario, es estrictamente veraz.

Los indios en general son sonrientes, a pesar de las condiciones externas adversas que muchas veces les toca enfrentar. Mucho más sonrientes son los niños que, como en todos lados, llevan la pureza y la alegría como estandarte.

 

Por supuesto, también hay tiempo para jugar y al igual que en todo el mundo, los chicos se vuelven locos por una pelota.

 

El paraíso del futbolista espiritual

 

Mi padre es un muy buen jugador de fútbol y ya, en un viaje anterior, había sentado altos precedentes en el campo de juego del ashram.