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Los asura y la pretensión de tenerlo todo controlado

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La naturaleza de la creación material es dual y la evolución es generalmente el resultado de la interacción entre dos fuerzas opuestas, lo cual otorga equilibrio al mundo. Día y noche, hombre y mujer o verano e invierno representan los dos polos de la manifestación y son igual de necesarios e importantes para el funcionamiento del cosmos. En la tradición mitológica hindú tenemos a los devas y los asuras, a veces traducido como “dioses” y “demonios”, para representar el bien y el mal, pero esa interpretación puede ser demasiado simplista, ya que ambos bandos son hijos de un mismo sabio legendario, tienen poderes sobrenaturales y, en muchos casos, grandes virtudes.

De hecho, la palabra sánscrita asura está relacionada etimológicamente con el aire vital y podría traducirse como “incorpóreo” o incluso “espiritual”. A veces se traduce como “titanes” buscando equipararlos con la mitología griega o se los compara con los “ángeles caídos” de la tradición cristiana. La palabra deva, por su parte, quiere decir “brillante”.

De esta forma, la palabra asura se utiliza para referirse de forma genérica a estos seres de origen divino pero que hacen de contraparte a los devas en el desarrollo del orden cósmico. Dentro de la categoría de asuras se engloban, generalmente, diferentes tipos de seres divinos que se consideran enemigos de los devas, como los dānavas o los daityas, llegándose a incluir en ocasiones a seres considerados realmente maléficos como los rākṣasas, que son nocturnos y comen carne humana. Pero incluso en este caso extremo no se puede trazar una línea taxativa entre buenos y malos, porque el propio rey de los rākṣasas, Rāvaṇa, es de casta brahmán y gran devoto del Señor Śiva.

En realidad, la principal diferencia entre devas y asuras – en el sentido amplio del término – es que, en general, estos últimos sienten inclinación a actuar exclusivamente para su beneficio personal, sin pensar en el bien común. Eso no quita que puedan ser sabios, devotos y, sobre todo, muy determinados en su práctica ascética. De hecho, la literatura histórico-mitológica hindú está llena de relatos sobre estos asuras que realizan grandes actos de disciplina y austeridad, lo que se conoce como tapasyā, para lograr dones de los dioses. El hecho de que muchos asuras fueran grandes practicantes del yoga ascético, con la sola intención de lograr beneficios materiales y sin una búsqueda trascendente, es ya una milenaria advertencia de que la práctica espiritual, para ser realmente útil, tiene que estar enraizada en valores éticos y fines elevados.

La cuestión es que cuando, después de miles de años de penitencias, llega un importante deva a ofrecer un don de recompensa, todos los asuras piden lo mismo:

“Quiero ser inmortal”.

La respuesta del deva, también sujeto a los cambiantes ciclos de lo relativo, es siempre la misma:

“La inmortalidad no se le puede otorgar a nadie. Ni siquiera yo soy inmortal. Pide otra cosa”.

Entonces, el asura elige el don que, para él, es lo más parecido a la inmortalidad, es decir aquellas condiciones en que, según él, podrá tener todas las variables cubiertas.

Veamos un ejemplo clásico: Rāvaṇa, rey de los rākṣasas y demonio de diez cabezas, pasó diez mil años con la(s) cabeza(s) hacia abajo y los pies hacia arriba y al final de cada milenio inmolaba una cabeza en el fuego. Cuando estaba punto de ofrecer la última cabeza apareció Brahmā, el dios encargado de la creación, y a falta de inmortalidad le concedió el don de que ni los devas ni los asuras pudieran matarle. Rāvaṇa era tan soberbio que ni se le ocurrió incluir a los débiles humanos en su pedido.

Con su renovado poder, Rāvaṇa se convirtió en un tirano invencible y entonces Viṣṇu, el dios que preserva el orden del cosmos, decidió encarnarse en la Tierra en forma humana como el impecable príncipe Rāma que, después de varias vicisitudes, le da muerte en la batalla. Esta historia se narra en el Rāmāyaṇa, un famoso texto épico, amoroso y espiritual hindú.

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Ravana, a los pies de Shiva (obra clásica de Raja Ravi Sharma)

Otro ejemplo: Cuando, debido a sus muchos años de penitencias, los devas le ofrecieron un don, el asura Tarāka pidió ser muerto únicamente por un hijo del dios Śiva, lo cual era muy improbable ya que un asceta como Śiva, rey de los yoguis que se pasa todo el día en meditación y practicando austeridades en las montañas jamás, se supone, pondría sus sentidos al servicio del acto de procrear. Una vez obtenida su virtual invulnerabilidad, Tarāka comenzó a sembrar el caos en los tres mundos.

Ante esta situación los devas emplearon diferentes estratagemas para convertir a Śiva en un hombre casado, incluyendo el envío furtivo de Kamadeva, el dios de amor, a los Himalaya. La historia es larga para contarla aquí pero el resultado final es que, contra todo pronóstico, Śiva se casó y engendró un hijo que, a la sazón, destruiría al asura.

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Karttikeya, hijo de Shiva (obra clásica de Raja Ravi Sharma)

Un ejemplo más, que estas historias son atrapantes: Hiraṇyakaśipu pertenecía a una prominente familia de asuras y gracias a sus penitencias había obtenido el rebuscado don de no ser matado “ni de día ni de noche, ni dentro ni fuera, ni por asuras ni devas ni hombres ni animales, ni en el cielo ni en la tierra, ni por un arma animada ni tampoco inanimada”. Con su deseo concedido Hiraṇyakaśipu se convirtió en un azote para el universo, aunque el destino quiso que uno de sus hijos, el joven Prahlāda, le saliera muy devoto del dios Viṣṇu por haber escuchado las enseñanzas de un sabio cuando estaba todavía en el vientre materno.

¿Qué peor tormento puede haber para un asura que su propio hijo sea piadoso? Teniendo en cuenta que su hijo avergonzaba el linaje familiar, Hiraṇyakaśipu se dedicó de forma implacable a convertirlo en un demonio hecho y derecho, pero el único interés de Prahlāda era adorar a Viṣṇu. Esto enfureció tanto a su padre que lo intentó matar de diferentes y crueles maneras, aunque protegido por la gracia divina el muchacho siempre salía indemne. Finalmente, harto de su hijo, el demonio señaló una columna preguntando si “su Señor”, que es tan poderoso y omnipresente, también estaba en ese objeto inanimado. Prahlāda respondió afirmativamente, lo cual desató la ira absoluta del asura y en ese momento, de la columna, surgió Narasiṃha, una encarnación divina del propio Viṣṇu, que es mitad hombre y mitad león, una opción que Hiraṇyakaśipu no había contemplado.

Narasiṃha entonces agarró al asura justo en el umbral de la casa – “ni dentro ni fuera” -; exactamente en el momento del crepúsculo – “ni día ni noche” -; lo colocó en sus rodillas – “ni en la tierra ni en el aire” -; y con sus garras, que no son exactamente un arma y además no están ni vivas ni muertas, le desgarró las entrañas y lo mató.

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Narasimha matando a Hiranyakashipu (obra clásica de Raja Ravi Sharma)

La conclusión más obvia de todos estos relatos es que puedes usar cremas antiarrugas, criogenizarte, hacer mucho yoga o tomar zumos de col kale cada día, pero no podrás escapar a la muerte física. Hilando más fino, la moraleja que más me interesa hoy tiene que ver con esa difundida ambición que todos tenemos por controlarlo todo. Y controlarlo todo no significa únicamente decirle a los demás qué tienen que hacer, sino querer cubrir todas las variables. Por eso las compañías de seguros son tan prósperas.

“Cuando acabe este proyecto, entonces estaré satisfecho”. “Si gano más dinero, entonces estaré tranquilo”. “En cuanto se me pase este resfriado empezaré a disfrutar”. “Cuando llegue el verano descansaré”. Vivimos con la ilusión de que cuando todo esté acomodado según nuestros intereses, entonces todo estará bien. Sin embargo, los hechos nos muestran, una y otra vez, que nuestros planes individuales son apenas unos bosquejos que la vida va reescribiendo a cada paso. Sin duda, una de las principales causas de sufrimiento de todas las personas es que las cosas no salgan como queremos. Aceptar que las cosas pueden salir diferente es una cualidad de los devas. No aceptarlo es de asuras.

La gran enseñanza de la Bhagavad Gītā es, dicho con mis palabras, que uno debe siempre hacer lo mejor que puede, a la vez que soltando la intención de controlar el resultado. Si nos focalizamos en los resultados siempre vamos a sufrir porque, como ya hemos experimentado muchas veces, la realidad en general no condice con nuestros deseos o expectativas. La aceptación (que no resignación), la flexibilidad mental y la confianza en cierto ordenamiento cósmico son todo lo contrario de la vana pretensión de querer controlarlo todo.

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Antes de irnos, una historia más: el asura en cuestión se llamaba Bhasmāsura, que significa “el de las cenizas”, pues el don que le pidió al dios Śiva fue el de reducir a cenizas a cualquier ser que él tocará en la cabeza con su mano. Al darse cuenta de su poder y ser capaz de aniquilar cualquier entidad viviente, Bhasmāsura se vio tentado a tocar la cabeza del propio Śiva y así tomar su lugar en los planos celestiales. La historia cuenta que Śiva tuvo que escapar hasta llegar a la morada de Viṣṇu para pedir ayuda.

El dios Viṣṇu, experto en mantener el equilibrio del mundo, tomó la forma de Mohinī, una encantadora y sensual mujer, cuya divina belleza dejó embelesado al demonio. Entonces Mohinī comenzó a bailar, instando a Bhasmāsura a seguir sus movimientos y cuentan que el demonio, preso de la lujuria, se contorneaba dócilmente, imitando los sugerentes pasos de la mujer. En un momento dado Mohinī llevó las manos al cielo y después de dibujar unos arabescos en el aire con sus muñecas, se tocó delicadamente la cabeza con su mano derecha. Bhasmāsura, con la mente obnubilada por el deseo, también llevó la mano hacia su cabeza y, en ese mismo instante, se convirtió en ceniza.

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Bhasmasura bailando con Mohini  (obra clásica de Raja Ravi Sharma)

Aquél que quería controlarlo todo fue, a la sazón, la causa de su propia muerte. Aquellos que son capaces de soltar, en cambio, están más cerca de la libertad. Que es lo mismo que la inmortalidad.


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El maestro, la saṅgha y los tiempos modernos

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En 1968, John Lennon compuso su conocida canción Across the universe, que algunos críticos musicales calificaron de “infantil y aburrida” y que, además de estar llena de referencias a sus viajes lisérgicos, incluye una frase sánscrita tomada de Maharishi Mahesh Yogi, el gurú indio difusor de la Meditación Transcendental que llevó a The Beatles a Rishikesh. La frase o mantra en cuestión es:

jai guru deva om

O sea:

“Viva el divino maestro om

Si bien el movimiento de Meditación Trascendental no puede ser considerado ortodoxo desde el punto de vista hindú, el mantra jai guru deva om hacía referencia al propio guru de Maharishi Mahesh, que sí era un shankaracharya ortodoxo, es decir la figura principal de los monasterios (math) tradicionales hindúes. En medio de la efervescencia ideológica y espiritual de los 1960’s, Lennon mezcla LSD con mantras al gurú, dejando así patente que el enfoque occidental sobre el rol del maestro espiritual traería variaciones respecto a la antigua tradición hindú.

Como sabemos, la relación guru-śiṣya, es decir “maestro-discípulo”, es básica en la visión hindú, en la que el conocimiento espiritual siempre se ha transmitido directamente, en una relación cara a cara, y en la que la enseñanza oral tiene gran importancia, pero todavía mucha más la enseñanza silenciosa que consiste en la transmisión psíquica o energética que un maestro puede otorgar solo con su presencia física (este documental en inglés es un gran ejemplo). En Occidente, con la popularización del Yoga y la filosofía hindú, esta relación personal, y sobre todo jerárquica, fue perdiendo vigencia.

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Mirando atrás vemos que este fenómeno ya comenzó en los años 1920’s, cuando los primeros gurús indios llegaron a Estados Unidos, y para difundir sus enseñanzas utilizaron el entonces popular método de “lecciones por correspondencia”. El mismo Paramahansa Yogananda, quizás el maestro indio más influyente en la difusión de la filosofía espiritual india en Occidente en la primera parte del siglo XX, y su organización (Self-Realization Fellowship) enseñaron e iniciaron por correo a miles de personas en todo el mundo y todavía lo hacen (aunque ahora la iniciación formal se hace de manera presencial).

Sobre estos cursos por carta, el estudioso Mark Singleton dice que podemos tomarlo como una “fase intermedia en el pasaje de un modelo exclusivamente basado en la relación guru-discípulo, hacia el modelo de autoayuda que predomina hoy”.

Modelo de autoayuda significaría que, por un lado, uno no requiere necesariamente de un maestro, ya que la información está más disponible que nunca y, por otro lado, que uno puede ir tomando lo mejor de cada método o maestro y así armarse su propio camino personal. Por tanto, en la actualidad pocas personas están interesadas en tener un compromiso formal con un “maestro”, aunque eso no niega que todos tengamos, de una u otra manera, personas que nos inspiran y de las que tomamos enseñanzas.

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La modernidad, que es el tiempo en el que los sociólogos dicen que vivimos, es una época paradójica porque, por un parte, se han derrumbado las grandes ideologías colectivas y todo parece haberse centrado en el individualismo y el hedonismo. Al mismo tiempo, esta importancia que ha cobrado el individuo tiene aspectos positivos en la supuesta igualdad de derechos universales que tenemos todas las personas. Las jerarquías tradicionales han perdido fuerza y hay una tendencia hacia la horizontalidad. Justamente, y en contra de este individualismo extremo, cada vez más se puede ver un fenómeno de unión social a diversos niveles, como son las cooperativas, las asambleas, los proyectos de financiación colectiva, las plataformas de intercambio de casas o de compartir coches.

El mensaje actual, tanto a nivel publicitario como a nivel espiritual, es que uno puede hacer “todo por sí mismo”, “puede construirse su futuro” y “alcanzar todos sus sueños”. Para mí está claro que ese mensaje es un arma de doble filo y, especialmente en el plano del autoconocimiento, hay que analizar bien si para uno es suficiente con ser su propio maestro o necesita de un tercero.

Esta tendencia a prescindir de un maestro externo se puede ver en muchos lados, pero me llamó especialmente la atención cuando escuché la “traducción” del mantra jai guru deva om por parte de un conocido devoto de Sri Sri Ravi Shankar, a su vez discípulo del ya citado Maharishi Mahesh. La traducción que hace es:

“Saludo a lo más hermoso que hay en ti”.

Yo soy tradicionalista y me gusta la idea de tener gurú, pero también he notado este fenómeno de horizontalidad y me pregunto si los tiempos están cambiando. Como ejemplo, me vienen al dedillo estas palabras del escritor y filósofo español Vicente Merlo, hablando de lo que él llama la “espiritualidad transreligiosa”:

“Cada vez me gusta menos emplear el término ‘maestro’ en el campo de la espiritualidad. Y no porque crea que no hay personas que merecen ese calificativo en su más alto sentido, sino porque genera casi inevitablemente una distancia y un sentimiento de minusvalía ante la persona a la que se tiende a idealizar y deshumanizar subiéndola al pedestal y lanzando multitud de proyecciones sobre ella. Creo que no es necesario recordar los muchos aspectos positivos de la relación maestro-discípulo, cuando esta es sana y fecunda, un impulso para el crecimiento auténtico, pero no quiero ignorar los aspectos menos positivos, que a menudo se activan ante el simple hecho de llamar a alguien ‘maestro’.
Prefiero, más bien el término ‘amigo espiritual’, que sin ser tan rimbombante y aunque sea más ambiguo, puede recoger perfectamente el valor de una relación que en la forma llama a la horizontalidad y la comunicación entre iguales, aunque en el fondo estimule sobre todo la profundidad y el ascenso vertical, propiciando una relación inter-personal que se convierte en transpersonal”.

Es un tema para reflexionar y que genera polémica entre la visión tradicional y la moderna. A veces el problema simplemente radica en la palabra que se usa, pues a muchas personas modernas no le gusta usar gurú o maestro, aunque la función de la relación sea similar.

Al mismo tiempo, de acuerdo con este paradigma de la horizontalidad, además del “amigo maestro” es muy importante la comunidad de practicantes como sostén para el propio camino individual. Sobre todo si el maestro está lejos, o también porque con los demás practicantes tenemos total simetría relacional, la comunidad puede convertirse en una inspiración, un refugio y un acicate.

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Esto, en realidad, no es moderno. Ya hace más de dos mil años el Buddha creó las órdenes monásticas, que se conocen como saṅgha, y que, junto al rol del maestro y su enseñanza (dharma) son las “tres joyas” en las que toman refugio los practicantes budistas.

La palabra sánscrita saṅgha significa “asamblea, grupo, asociación, compañía, comunidad” y actualmente muchos buscadores espirituales, que no son budistas ni se comprometerían abiertamente con una religión o camino espiritual específico, destacan la saṅgha como sostén de su práctica.

Por supuesto, para que haya saṅgha tiene que haber enseñanza y tiene que haber un maestro que la imparta o haya impartido. En ese sentido, el gurú externo sigue siendo inevitable. La cuestión parece residir, entonces, en la importancia que hoy se le otorga y, especialmente, en la posición que asume dentro del creciente paradigma moderno de horizontalidad.

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Similitudes y diferencias entre mokṣa, kaivalya, nirvāṇa o samādhi

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En el curso presencial de Filosofía & Yoga que imparto en Barcelona surgió la pregunta de la diferencia entre varios conceptos sánscritos referentes al estado espiritual más elevado que puede alcanzar una persona, y que a veces llamamos “iluminación”. Como seres comunicacionales inevitablemente debemos usar las palabras para entendernos, a la vez que las palabras justamente nos pueden jugar en contra con conceptos tan sublimes que están más allá de lo que nuestra limitada mente analítica puede aprehender.

A la limitación lingüística hay que sumarle que cada escuela filosófica agrega su cosmovisión particular a los conceptos tradicionales y que, según quién los diga, su sentido puede verse modificado. En cualquier caso, a continuación hacemos una breve exposición de la terminología y su uso más difundido:

Mokṣa: También conocido como mukti. En ambos casos, el término viene de la raíz verbal √muc, que es “soltar, liberar”, y se suele traducir como “liberación”. De todos los conceptos referidos a la “salvación” mokṣa es probablemente el más usado, ya que es el más importante de lo que, en la tradición hindú, se conoce como los puruṣārtha, los cuatro “fines de la vida”. Según el hinduismo toda persona puede disfrutar de los placeres sensoriales (kāma) y procurarse bienestar material (artha) si lo hace con rectitud, siguiendo el deber social y moral (dharma). Eso sí, el fin último siempre es mokṣa, la liberación del saṁsāra, es decir la rueda de muerte y renacimiento, donde hay altibajos constantes y cuyo balance final siempre es el sufrimiento.

¿Qué pasa cuando uno alcanza mokṣa? Pues la respuesta varía grandemente según la escuela filosófica que responda, pero la declaración unánime es que se trata de un estado de plenitud en el que no hay más sufrimiento ni condicionamientos.

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Kaivalya: Es el término que usan las filosofías Sāṁkhya y Yoga, entendiendo esta última como la escuela basada en los Yogasūtras de Patañjali. Viene de la palabra kevala, que significa “solo, exclusivo, aislado, sin mezcla” y se traduce como “aislamiento”.

La idea puede sonar mal, pero hay que entender que se refiere a la desidentificación entre el espíritu (puruṣa) y la materia (prakṛti), de manera de separar o “aislar” aquello que realmente somos y nunca cambia – espíritu – de lo que está en cambio constante y, por tanto, nos hace sufrir. No se trata de un rechazo a la materia sino más bien de desidentificarse de sus modificaciones que, a la larga, siempre llevan a la enfermedad, la vejez y la muerte físicas. Esta diferenciación se logra mediante el aquietamiento de la mente (nirodha) y el conocimiento discernidor (viveka khyāti). Según se explica, en el estado de kaivalya no hay placer ni dolor sino una paz imperturbable.

Una de las posibles traducciones de la polisémica palabra yoga es “unión” y actualmente la definición más popular de Yoga como disciplina es “unión de mente, cuerpo y espíritu” o quizás “unión de lo individual con lo Supremo”. Es paradójico que la meta final de la filosofía Yoga de hace dos mil años haya sido, no tanto la “unión”, como la “separación” de la consciencia que siempre está observando respecto a la mente que, en realidad, es el objeto de observación.

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Nirvāṇa: Viene del sánscrito √ que es “soplar” y que con el prefijo privativo nir podría ser “sin soplido” o incluso “apagar soplando”, ya que refiere a un elemento – quizás una vela – que se “extingue”. Refiere a un estado de cesación y calma, donde incluso sin soplar el viento la llama de la vela es consumida, como símbolo de la extinción de todos los deseos que nos llevan a crear karma que es, su vez, lo que nos lleva a renacer.

Nirvāṇa (en lengua pali es nibbāna) es el término utilizado por excelencia en el budismo, sobre todo más antiguo, para referirse a la meta de la vida, que no es otra cosa que la liberación de la rueda del saṁsāra. Como en muchos otros casos, el cruce de influencias entre budismo e hinduismo es obvio. La misma palabra nirvāṇa aparece como el fin último en el Mahābhārata, la gran épica hindú. De todos modos, es un concepto preferentemente asociado al budismo.

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Samādhi: Su etimología es sam + ādhā, “poner en conjunto”, pero hacer una buena traducción a la altura de este difundido concepto es ardua tarea. Es en la filosofía del Yoga de Patañjali donde más se trata este concepto y allí se presenta tanto como parte del método de ocho elementos (aṣṭāṅga yoga) como su misma meta. Como técnica meditativa, samādhi refiere al estado más refinado de concentración mental en que, aquietando su actividad mental, el sujeto meditador se funde con el objeto de meditación y, en consecuencia, toma consciencia de ser algo separado de su propia mente. Para complicarlo más, Patañjali distingue diferentes tipos de samādhi según los procesos mentales que ocurren durante la meditación.

Entre las posibles traducciones tenemos: contemplación, interiorización completa, absorción, concentración, éxtasis o, como dice Mircea Eliade, énstasis, ya que la experiencia yóguica no va hacia afuera (ex) sino hacia dentro (ens). Para mí la mejor opción es no traducir la palabra, como hacemos con muchos otros términos sánscritos.

En cualquier caso, la naturaleza del samādhi final también es motivo de debate porque, siendo un tipo de concentración mental, algunos estudiosos limitan su experiencia al ámbito de la meditación. Otros, en cambio, consideran que, una vez alcanzado, ese estado se puede mantener en el día a día cotidiano.

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Como conclusión personal, creo que los diferentes términos son diferentes formas de expresar lo que, en esencia, es una misma experiencia. Por supuesto, los métodos para llegar a esa experiencia varían según cada escuela e incluso lo que sucede en ese estado de “liberación” es presentado de forma diversa según cada caso. Dependiendo de nuestra personalidad y tendencias un camino o un concepto pueden ajustarse mejor que otros.

Ojalá todos encontremos el que nos corresponde y ojalá, sobre todo, tengamos la determinación de seguirlo.


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La técnica de los 5’ de reflexión al final del día

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Entre la serie de encuentros que tuvimos para Pūraka Project, el proyecto de entrevistas audiovisuales a personas inspiradoras, tuvimos la fortuna de estar cara a cara con el Brahmacari Shubámrita Chaitanya, discípulo monástico de Amma, la maestra india famosa por dar abrazos a millones de personas. Shubámrita ha vivido con Amma durante décadas y, además de ser uno de sus traductores, es uno de los principales difusores de su enseñanza, viajando por el mundo, dando charlas y retiros.

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En los valiosos minutos que nos dedicó le pedimos que compartiera una práctica que cualquier persona puede utilizar para estar más feliz o calmada, para sentirse más compasiva o centrada. El Brahmacari nos habló de una técnica que le ha enseñado su maestra y que consiste en pasar cinco minutos en reflexión al final del día y contemplar las acciones que uno ha realizado. Este autoanálisis cotidiano se basa en tres ejes: tiempo, emociones, actitud.

Para investigar lo primero uno puede preguntarse: “¿He utilizado hoy mi tiempo de manera fructífera? ¿Las acciones que he hecho hoy me acercan a mi meta? ¿O me alejan?”.

La segunda pregunta es: “¿Cuán maduro he sido hoy con mis emociones? ¿He herido a alguien con mis palabras y acciones? ¿Qué ha sido el detonante de esas cosas?”.

La tercera cuestión sería indagar sobre: “¿He pasado todo el día viviendo sólo para mí mismo? ¿O también he hecho algo por el bien de los demás? ¿He compartido cosas con otros?”.

Una vez hecho el análisis, justo antes de ir a dormir, el Brahamacari nos recomienda tomar ciertas resoluciones para el día siguiente. Por ejemplo, “si hoy he estado muy disperso y no me he concentrado en mi meta, mañana intentaré pasar más tiempo tratando de alcanzar lo que siento que es importante para mí en la vida”.

En cuanto a las emociones, si has estado enfadado o envidioso, entonces dices “mañana intentaré evitar estas emociones, intentaré estar consciente de ello todo lo posible”.

Y sobre mi actitud frente a los demás, comprometerme a, mañana, hacer algo de mi parte para ayudar a otros, por pequeño que sea mi acto.

Esta técnica nos ofrece una visión directa de cómo estamos viviendo y nos da la posibilidad de hacer sutiles modificaciones. Uno se pone un pequeño reto como no quejarse de nada por un día, no mirar demasiado el móvil o ayudar a alguien aunque sea sosteniéndole la puerta del ascensor y cumpliendo esos propósitos uno obtiene satisfacción interior y fuerza para ir a por más.

Esto es un resumen de la técnica completa explicada por el Brahmacari en el vídeo de Pūraka Project, que comparto a continuación para beneficio de todos.

 

Lanzamos Pūraka Project: Inspiración y práctica

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Hace unos dos años tuve el deseo de empezar a grabar largas entrevistas audiovisuales a personas que yo consideraba inspiradoras en el camino del autoconocimiento, con la pretenciosa intención de hacer preguntas más interesantes de las que se suelen hacer. Después de darle vueltas resolví, con más instinto que otra cosa, que las entrevistas debían ser breves, adaptadas a estos tiempos rápidos y que, en realidad, mis preguntas interesantes no eran tantas. La cantidad de información que tenemos a disposición es grandísima, incluso excesiva, por lo que consideré mejor priorizar el aspecto cualitativo. Por ello las preguntas serían solo dos. Siempre las mismas para todos.

La pregunta básica sería, ¿qué inspira o qué ha inspirado a esas personas en su camino? Si los entrevistados son personas inspiradoras para nosotros, conocer esto puede inspirarnos de alguna forma. La inspiración es fundamental pero también necesitamos ponerla en acción, y por ello la segunda pregunta estaría relacionada con compartir una técnica que cualquiera de nosotros pudiera aplicar para ser más compasivos, más felices o estar más calmos. Por tanto, nuestro cuestionario se limita a dos cuestiones: inspiración y práctica.

El proyecto no tiene fines de lucro y su intención es difundir estos mensajes inspiradores con la esperanza de que sean útiles para otras personas que, como nosotros, están buscando respuestas efectivas a los constantes desafíos de la vida. El nombre que le dimos es Pūraka Project, pues la palabra sánscrita pūraka significa “llenado” o “satisfacción” y como término técnico de haṭha yoga remite a la acción de “inhalar”. Es jugando con estas acepciones que pūraka nos pareció un nombre adecuado para un proyecto que desea generar “inspiración”, a la vez que ser “inspirado”.

logo_grande_largoEn agosto de 2016 grabamos la primera entrevista y, desde entonces, han pasado muchos meses de lento trabajo de equipo. Yo solo nunca hubiera podido con esto y tuve la fortuna de que, en el camino, se sumarán otras personas, que además son sensibles, dedicadas y yoguis. En la parte técnica de grabar y editar las entrevistas tenemos un siempre sonriente profesional como Ismael Joyera, y en la parte del diseño de la imagen, el logo y la web a la muy fiable Tere Castillo.

Hoy, después de un año y medio de preparación, podemos lanzar la web de Pūraka Project en español e inglés, con cuatro entrevistas que también están en los dos idiomas. Tenemos más entrevistas ya preparadas que iremos publicando en las próximas semanas y, a la vez, tenemos planes de hacer nuevas entrevistas. Nuestro ámbito de interés es el Yoga, la espiritualidad y el autoconocimiento y aunque tenemos cierta debilidad por la India, también estamos abiertos a ser inspirados por otros territorios y otras disciplinas. Se aceptan sugerencias.

Quiero dar profundas gracias a todos los entrevistados por su disponibilidad y también pedirles perdón por el tiempo que finalmente hemos tardado en lanzar este proyecto. Gracias a ellos, y a todos los intermediarios para lograr las entrevistas, por la confianza en un proyecto que, al inicio, no tenía ni nombre, ni web, ni futuro cierto. Gracias también a quienes participaron de alguna manera en gestar esta idea, especialmente a mi esposa Hansika y al fotógrafo y yogui Fabio Filippi.

Para conmemorar esta fecha quiero compartir con ustedes la primera entrevista que hicimos, al yogui y maestro Sri Andrei Ram, que fue la primera persona en confiar en este proyecto:

Todas las entrevistas se encuentran en la web de Pūraka Project y también en el canal de YouTube de Pūraka Project. Deseo que les gusten e inspiren y que las compartan con otras personas.

Mahāśivarātri 2018 y la energía de regresar

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Se acerca la luna nueva del mes hindú de Phālguna y otra vez llega “la gran noche del Śiva (Shiva)”; esa fecha señalada del año en febrero en que, dice la tradición hindú, la energía del Señor Śiva está más disponible que nunca. Tradicionalmente esta noche se celebra en ayunas y sin dormir, meditando, repitiendo el sagrado mantra Om namaḥ śivāya y realizando rituales de adoración al śivaliṅga, el símbolo sin forma de Śiva.

Si bien en la tradición popular basada en los Purāṇa – los textos histórico-mitológicos del hinduismo – Śiva es generalmente presentado como un yogui huraño que vive en los Himalaya, su manifestación más venerada es el śivaliṅga, que suele ser una piedra de forma oval o cilíndrica que representa lo eterno y absoluto sin forma.

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Si lo Absoluto es infinito, inefable e inmutable es, entonces, imposible de expresar con el lenguaje articulado humano. En su lucidez, los sabios de la antigüedad descubrieron que para hablar de ese Absoluto era más sensato quitar que poner, y vieron que, de manera imperfecta pero aproximada, el símbolo básico de un huevo (vida), o de un falo (creación), o de una columna (trascendencia) o de una elipse (expansión) representaba a Śiva.

Este símbolo minimalista, sin rasgos antropomórficos, sin siquiera referencias explícitas a una cultura particular, nos permite observarlo con cierta pureza y evocar tanto el punto mínimo de latente energía universal, como el vacío total o la chispa interna que brilla en el centro del pecho.

En la tradición puránica, que sustenta el hinduismo popular moderno, Śiva es presentado como la tercera parte de una triada divina, en que ejerce el rol de destructor del universo, mientras que Brahmā es el creador y Viṣṇu el preservador. Esta idea está en consonancia con la visión hindú de que todo fenómeno material es cíclico, ya sea la reencarnación de las almas, las periódicas disoluciones del cosmos o la salida y puesta del Sol cada día.

Si bien esta presentación es válida y tiene su mensaje, deja a Śiva un poco mal parado como si fuera el malo de la película y, como nadie quiere ser destruido, todos lo miran de reojo. En realidad, muchas corrientes shivaítas consideran a Śiva como el encargado de las tres etapas del ciclo completo y, asimismo, la palabra Śiva es usada por algunas importantes escuelas filosóficas hindúes como sinónimo del Absoluto.

En este último sentido, Śiva ya no hace referencia a un asceta aniquilador sino, como dice David Frawley, a “ese poder de regreso y transformación eternos”. Si todo es cíclico, el ātman puro que somos debe regresar a la fuente de quietud que ya éramos antes de que nos invadiera el olvido. En el medio hay una manifestación, hay altibajos, hay incluso placeres y hay muerte.

La energía de Śiva es la que cierra el ciclo material de un cuerpo físico o de una galaxia, pero sobre todo es la energía que, en todo momento, nos puede ayudar a “transformar” nuestros percepciones y hábitos automáticos para llevarnos de “regreso” a nuestra esencia. Ese espacio incondicionado de silencio y quietud, que para algunas personas puede sonar a muerte pero para los yoguis es una definición de plenitud.

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En la auspiciosa noche de Mahāśivarātri, que este año 2018 va del martes 13 al miércoles 14 de febrero, todos tenemos la oportunidad de experimentar la energía de Śiva. Quienes no se pueden quedar despiertos toda la noche, también pueden conectar con esa energía durante el día, especialmente al atardecer del 13 y amanecer del 14.

Para quienes lean este texto más tarde, no se preocupen, pues el poder de transformación y regreso, que algunas personas llamamos Śiva, siempre está disponible para quien lo busca. Todos los días.

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Annapūrṇā y una oración para antes de comer

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Śiva, la pura Conciencia que todo lo ilumina, le dijo un día a Pārvatī, su consorte, que todo el universo fenoménico no es más que māyā, una “ilusión” cósmica, pues en realidad solo existe el Ser. Pārvatī, que es quien, con su śakti, su energía divina, manifiesta y mueve el mundo, se sintió ofendida, naturalmente. Como escarmiento para su marido dejó de actuar y desapareció voluntariamente. La consecuencia fue un mundo de cartón piedra, vacío, y sin la abundancia de la naturaleza. Los seres vivos sufrieron de diferentes formas la ausencia de la Madre cósmica, pero especialmente echaron de menos el alimento.

Entonces, Śiva se dio cuenta de su error, no hay Conciencia sin Energía, Śiva sin Śakti, y salió a buscar desesperadamente a su media naranja. Supo que se había manifestado en Kashi, la antigua ciudad de Varanasi, bajo la forma de Annapūrṇā, la diosa del alimento. Humildemente, Śiva se acercó a la Diosa con su bol de mendicante para pedirle un poco del arroz con leche que lleva en una de sus manos. La Diosa aceptó y su gesto de nutrir a Śiva se extendió a todos los seres, a quienes alimenta de forma permanente. De allí su nombre sánscrito: anna, “comida” o “grano”, y pūrṇā, “completa”, que se podría traducir literalmente como “llena de alimento” o quizás más bonito “la que nutre”.

Esta historia nos dice muchas cosas, entre ellas que lo Divino está en todo, incluyendo el alimento, pues, para empezar, nos mantiene vivos. Por ello, para la cosmovisión hindú “el alimento es Dios” (annam brahma) y, como en muchas otras tradiciones, no se debe tratar de forma irrespetuosa ni malgastar. Asimismo, al tratarse de un elemento que nos es proveído por la Madre no deberíamos darlo por descontado, sino más bien agradecerlo.

Para la tradición yóguica comer sin conciencia de esta relación de dependencia con la Naturaleza es una forma de “robar” pues, por más que hayamos pagado nuestra comida, estamos ignorando que el alimento llega a nosotros gracias al esfuerzo y la generosidad de la Tierra.

Todo esto es la simple introducción a una tradicional oración hindú que se recita antes de comer, como forma de bendecir los alimentos. Hay muchas oraciones hindúes para este propósito y hace años publiqué un post con una de las más difundidas, que se puede leer aquí. Recitar una no excluye recitar otra, aunque según la escuela que uno siga hay una tendencia definida. La oración de hoy tiene relación con las líneas que siguen a Śiva y a Śakti como aspectos supremos. La veamos:

annapūrṇe sadāpūrṇe śaṅkara prāṇa vallabhe /
jñāna vairāgya siddhyarthaṁ bhikṣāṁ dehi ca pārvatī //

La traducción literal posible sería:

“Oh querida Annapūrṇā, siempre completa, eres la vida de Śiva /
Oh Pārvatī, dame limosnas para obtener conocimiento y desapego.”

La palabra bhikṣā es la que se utiliza para referirse a las “limosnas” o dádivas que reciben los ascetas o monjes indios, que tradicionalmente son en forma de alimentos. De hecho, a los monjes budistas se los llama bhikkhus (en pali) o bhikṣus (en sánscrito) porque se caracterizaban, justamente, por ir con su cuenco por la mañana, de casa en casa, esperando recibir algo para comer. En el contexto de la oración que analizamos la palabra es adecuada porque Śiva mismo tuvo que “mendigar” su comida.

Lo más interesante de la oración es lo que se pide en ella. En lugar de alimentos que meramente nutran su cuerpo, el devoto pide que esa comida le otorgue dos de los grandes propósitos de la búsqueda espiritual: conocimiento y desapego. El conocimiento no refiere al saber intelectual sino al conocimiento de nuestra verdadera naturaleza. Para ello es imprescindible el desapego, es decir la indiferencia hacia todos los elementos o distracciones que nos alejen de ese camino de conocimiento interior.

Bendecir la mesa no es una actividad especialmente popular en la actualidad. En casa de mis padres no siempre lo hicimos, aunque ellos ya conocían un mantra pertinente del capítulo IV de la Bhagavad Gītā. En algunos ashrams indios, antes de comer, recitan por entero ese capítulo, lo cual puede llevar unos diez minutos. Por supuesto, no era el caso de mi familia.

Eso sí, en un momento dado empezamos a bendecir la mesa usando una larga oración traducida al español y originalmente creada por Paramahansa Yogananda. Yo llevé ese hábito cuando nos fuimos a vivir juntos con Hansika, pero con la llegada de nuestras hijas la simplificamos con la repetición tres veces del mantra hari om.

Hace poco yo he recuperado el verso de la Gītā y le hemos agregado la oración de hoy, que está teniendo éxito con las nenas y nos parece muy bonito.

Para escucharlo recitado:

Para quien tenga 10’ y quiera escuchar el capítulo IV de la Bhagavad Gītā:

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